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La Presidenta y Macri toman nota del 8-N

Opinión
 
 

La presidenta Cristina Fernández y el jefe de gobierno de la ciudad, Mauricio Macri, parecen haber acusado recibo de algunos de los fuertes mensajes que dejó parte de la sociedad el pasado jueves 8 de noviembre.

Lo hicieron cada uno de acuerdo con su carácter y su estilo. Sin embargo, en algo se parecieron, y mucho: empezaron a leer encuestas y les dieron la interpretación que prefirieron o con la que se sintieron más cómodos.

Esperar que Cristina Fernández saliera el 9 de noviembre a decir que se equivocó y que a partir de este momento terminará con la inseguridad, intentará bajar la inflación a un dígito, hará más transparentes las estadísticas del Indec, dejará a los jueces en paz y respetará la decisión de los tribunales aunque el fallo sea favorable a Clarín hubiese sido una ingenuidad. En vez de eso, escuchó a los encuestadores que sostienen que el humor de los argentinos es muy volátil y que la razón principal por la que cambian de opinión no es otra que su economía personal. Los sociólogos que adhieren a esta creencia, como Artemio López, entienden que muchos de los votos que habría perdido la Presidenta desde que ganó las últimas elecciones hasta ahora corresponden a argentinos de clase media y clase media alta desencantados. Luis D'Elía los llamaría tilingos y golpistas. Juan Manuel Abal Medina los caracterizaría como aquellos que están más preocupados por lo que pasa en Miami que por lo que sucede en San Juan. Nadie tiene estadísticas confiables. Pero todos coinciden en que fueron parte de los votos que le permitieron a Cristina Fernández ampliar su núcleo duro de fieles y conseguir una de las mejores elecciones de la historia argentina. Quizá son los mismos argentinos que en octubre del año pasado sintieron que debían darle otra oportunidad a una presidenta que terminaba de perder a su compañero y hablaba de paz, amor y unidad. Seguro que muchos estuvieron la semana pasada en el Obelisco y que incluso iniciaron su marcha de protesta desde las avenidas Santa Fe y Callao.

A ellos, o a una parte de ellos, ayer la Presidenta no les habló, pero les dio una señal positiva al anunciar que exceptuará el pago de Ganancias del aguinaldo para todos los argentinos registrados que ganen hasta 25.000 pesos por mes. El ex presidente Néstor Kirchner hubiera dicho, si estuviera vivo, algo que solía repetir para que sus ministros no se confundieran: "No hagan caso a lo que digo. Presten atención a lo que hago". Desde ahora hasta las próximas elecciones, la jefa del Estado hará decenas de anuncios como el de ayer. E incluso subirá en el momento oportuno el polémico mínimo no imponible, la bandera que Hugo Moyano sigue agitando, para contener a los trabajadores en blanco, pertenecientes a la clase media.

El martes, Macri hizo algo parecido a lo de Cristina Fernández, pero al revés. Desanduvo el camino que venía recorriendo, se sacudió el corsé ideológico, que a veces lo ata para tomar decisiones audaces, y anunció que se haría cargo del subte a partir del 1° de enero. ¿Por qué razón tomó la decisión? ¿Fue sólo porque de cualquier manera no tenía alternativa, como sostienen desde el ministerio de Florencio Randazzo? ¿Revisó con lupa el presupuesto y determinó que iba poder usar fondos para mantener y mejorar el servicio? ¿Está pergeñando un tarifazo y prefiere anunciarlo en enero, cuando una buena parte de los porteños están de vacaciones? Ninguno de esos motivos fueron los que lo terminaron de decidir. Lo que dio impulso a esa decisión fueron los trabajos cuantitativos y cualitativos que sus colaboradores se la pasan estudiando día tras día. De esos sondeos surge que la demanda hacia Macri -y hacia cualquiera que aspire a liderar la alternativa al proyecto del oficialismo- es que el candidato diga claramente cómo piensa gobernar. Y si lo puede traducir en hechos, mejor todavía. Ahora, el jefe de gobierno de la ciudad sueña con demostrar, antes de 2015, que en sus manos el subte va a ser, por lo menos, un poco mejor que hasta ahora. Y que esa demostración, junto con el ejemplo de la Policía Metropolitana y el cambio de estilo que una parte de la sociedad desea, le alcance para hacer la diferencia electoral que, según las encuestas, todavía no puede hacer.

El desafío de gestionar un servicio de subtes mejor es una buena prueba piloto para pensar si Macri está preparado para asumir la presidencia de la Nación. Salir airoso frente al acoso de los metrodelegados, el sindicato, las empresas y el gobierno nacional será una verdadera epopeya. La apuesta podría hacerlo más fuerte o lo podría dejar sin candidatura presidencial. Lo que parece que Macri empezó a tener más claro, después del 8-N, es que ya no tiene más margen para esperar hasta octubre de 2013 y comprobar si la caída de la economía general lo puede colocar en mejor posición.

Así como Cristina Fernández hace tiempo que está convencida de que sin el Grupo Clarín ella podría ser reelegida sin ningún inconveniente, Mauricio Macri ya no tiene dudas de que necesita imprimirle a la gestión un poco más de audacia si quiere neutralizar la campaña de los medios oficiales y paraoficiales que intentan instalar la imagen de que es un vago o un administrador que no se hace cargo de nada.

De cualquier manera, el líder de Pro considera que, aunque el próximo 7 de diciembre no pase nada, el uso y abuso que hace el gobierno nacional del sistema de medios es uno de los problemas más serios que tiene no sólo él, sino toda la oposición. Suele decir: "A cualquiera de nosotros los medios K nos hostigan con mucha agresividad y sin respiro. Del otro lado, los pocos medios independientes que quedan critican a todo el mundo, y es como tiene que ser. El problema es que no hay manera de equilibrar el sistema y así, si no pasa nada raro, cada vez va a ser más difícil, para quienes no queremos más de lo mismo, ganar una elección". Por eso, entre otras cosas, Macri estaba tan contento la noche del 8-N. Sintió que por una vez una movida novedosa, por fuera de los medios tradicionales, podía poner un límite a un gobierno con demasiado poder y muy pocos escrúpulos.

© LA NACION.

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