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Reflexiones en torno a la biblioteca de Marilyn Monroe

Opinión

Todo parece susceptible de ser convertido en mercancía o en fetiche, incluso una actividad tan personal e íntima como la lectura. De un tiempo a esta parte se multiplican en Internet los sitios que recopilan fotos de mujeres leyendo, y que proponen al acto de leer como una actividad deseable. No seré yo quien niegue la sensualidad de algunas de esas imágenes ni, mucho menos, el placer de la lectura: el problema es que estos espacios proponen a la lectura como una tendencia, como una nueva moda. Llevan nombres como Reading is the new sexy, Women reading y The lady is still reading. Se trata, en general, de mujeres retratadas sin saberlo en lugares públicos, o posando con un libro en la mano (estas últimas siempre al borde del ridículo, como los escritores que fuman o impostan seriedad en la solapa de sus libros). Gente en general anónima, aunque entre las múltiples galerías siempre termine emergiendo un rostro conocido: la imagen de Marilyn Monroe leyendo (no sería extraño pensar, incluso, que fueran estas fotografías las que inspiraran muchas de estas páginas). Una rápida búsqueda y aparecen decenas de fotos de la actriz inmersa en la lectura: Marilyn leyendo a Heinrich Heine; Marilyn leyendo a quien sería su tercer marido, el dramaturgo Arthur Miller; Marilyn leyendo Hojas de hierba en la cama, En busca del tiempo perdido durante una pausa en una filmación, el Ulises en una plaza.

Todo parece susceptible de ser convertido en mercancía o en fetiche, incluso una actividad tan personal e íntima como la lectura

Hace un tiempo la editorial Seix Barral publicó Fragmentos. Poemas, notas personales y cartas, un libro con papeles encontrados de la actriz, ilustrado con muchas de estas fotografías y prologado por el escritor italiano Antonio Tabucchi: "Dentro de ese cuerpo, que en ciertos momentos de su vida Marilyn llevó como quien lleva una maleta, habitaba el alma de una intelectual y de una poeta que nadie sospechaba", escribe entusiasmado. Y agrega: "Marilyn, ahora lo sabemos, era una persona culta. No sólo escribió poesía, también leyó mucha poesía. En este libro aparecen numerosas fotos que la sorprenden con libros en la mano, o en compañía de grandes poetas de la lengua inglesa como Carl Sandburg o Edith Sitwell".

La aparición de una nueva biografía sobre la actriz, Marilyn: The Passion and The Paradox, volvió a reflotar una discusión que parece fascinar a los estadounidenses: ¿era Marilyn una persona verdaderamente inteligente? Se trata, por supuesto, de una pregunta retórica. Pero lo que puede asegurarse (más allá de los testimonios gráficos, que lo único que evidencian es que Norma Jean Mortenson pretendía desmarcarse de la enorme carga que conllevaba ser la maravillosa Marilyn Monroe) es que en apenas treinta y seis años Monroe había logrado conformar una biblioteca nada desdeñable. El Huffington Post publicó un artículo que mostraba algunos de los títulos que había en los estantes de su casa. Pero ésa es apenas una pequeña porción de los más de cuatrocientos volúmenes de filosofía, ciencias, religión, literatura, teatro y cocina que encontraron al momento de su muerte. De ellos, hay al menos 250 que fueron catalogados, y ahí figuran libros de Dostoievsky, Edmund Wilson, William Blake, Henry James, Graham Greene, Oscar Wilde, Gustave Flaubert, Stendhal, Emily Dickinson, Dorothy Parker, Malcolm Lowry, William Faulkner, Dylan Thomas, Samuel Beckett y Ernest Hemingway. No importa cuántos de ellos haya llegado a leer: en materia de literatura, la actriz no parecía estar desorientada.

Ahora: ¿era Marilyn Monroe una gran lectora? Sólo sabemos que, por placer o por inseguridad, le gustaba mostrarse como tal

Ahora: ¿era Marilyn Monroe una gran lectora? Sólo sabemos que, por placer o por inseguridad, le gustaba mostrarse como tal. Lo que tal vez no imaginó era que nada de eso hacía falta: la lectura no es alquímica, no convierte de por sí a una persona en alguien más inteligente o sensible (y ella lo era más allá de cualquier novela o ensayo). Asociar la lectura a la adquisición inmediata de cierta sabiduría u hondura intelectual implica otorgarle una funcionalidad, lo que reduce su potencia como acto. Claro que los libros pueden hacer mejor a una persona, o ayudarla a desarrollar una mirada propia sobre el mundo, pero sería demasiado ingenuo pensar que el solo hecho de multiplicar la cantidad de lecturas alcanza para convertir a cualquiera en un sabio. Es una creencia tan errónea como difundida (y es lo que sucede, por ejemplo, con los sitios mencionados más arriba). Otra prueba del mismo equívoco es el prólogo de Tabucchi, que pretende elevar a Marilyn Monroe a la categoría de poeta, cuando no hay nada en sus papeles que lo demuestre. Ese halago esconde, al mismo tiempo, un prejuicio intelectual: como si portar una belleza deslumbrante y ser una buena actriz no alcanzara, no tuviera valor, no fuera suficiente..

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