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Opinión

El recuerdo de que existen límites

Política

La magnitud de la marcha del 8-N fue un indicador del grado de la exclusión discursiva que viven hoy amplios sectores de la sociedad. Esta expresión no significa que no se pueda hablar, sino que hay una importante cantidad de personas que no están siendo escuchadas ni registradas desde el poder. Esto podía ser intuido luego del 13-S y antes de la marcha. Pero las reacciones oficiales al evento del 8-N no han hecho más que profundizar lo anterior. En efecto, la reacción del Gobierno fue no comprender "hacia dónde va el mensaje". Esta reacción refractaria, esta segregación de la palabra de millones de argentinos, ahonda el cisma político y social que está viviendo el país.

A esta suerte de apartheid discursivo se le agregó, con la reacción, uno valorativo. Porque buena parte de las referencias a las personas que se manifestaron fueron peyorativas. La Presidenta reprochó a la clase media por actuar con "ingenuidad", y llamó a "pensar un poco y razonar". Es decir, instó a la gente a salir de su estado de puerilidad prerracional. "Aprendamos a mirar, no a que nos muestren." Hay condescendencia en estos mensajes, así como en sugerir a los que marchan que están siendo manipulados. Es confesar que se ve a esa gente como un rebaño, es traslucir que no se considera a esa gente como sujetos autónomos, con pensamiento y voluntad propios. Proyección perfecta de quienes acostumbran a concebir a las masas como algo que necesita conducción.

La incomodidad del 8-N fue no presentar un blanco concreto al cual golpear, dado que su rostro estaba difuminado. Por eso el recurso fue despreciarlo. Lo que no se entiende es que, entre otras cosas, se marchó contra ese desprecio. Y contra la belicosidad, que se ha convertido en el ruido de fondo de nuestra sociedad.

Nadie en la marcha pidió que se vaya el Gobierno, que tiene que terminar, como corresponde, en 2015. Pero los argentinos que salieron a manifestarse han notado que este gobierno pretende deglutir al Estado, destruir los controles que prevé la democracia para el ejercicio del poder, acallar las voces que disienten con sus políticas y quedar exento de la rendición de cuentas que se le debe a la población.

Ante el "vamos por todo", la masividad que tuvo la protesta del 8-N supuso el recuerdo de que existen los límites. Efectivamente, el espíritu de la protesta fue el de transmitir un fuerte contrapeso a la voluntad gubernamental de carecer de ellos.

El empecinamiento mental en una dirección, sin capacidad crítica para ponerla en duda, y sin la apertura necesaria para recolectar datos de la realidad que la retroalimenten y corrijan, es siempre una amenaza, tanto para la vida de una persona como para la vida de un país..

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