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Un paliativo para la recesión, pero costoso

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LA NACION
Domingo 18 de noviembre de 2012
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Es lógico que en medio de una recesión el consumo caiga menos que la inversión. Una familia, por ejemplo, preferirá no cambiar el auto, o la casa o postergará reformas y ampliaciones muchos antes que reducir el gasto en alimentos. Lo mismo hacen las compañías. Algo de eso ocurre actualmente. Con la imposibilidad de ahorrar en valores que se mantengan frente a la inflación por la prohibición de atesorar en dólares, los que se quedan en pesos tratan de transformarlos en cosas antes de que aumenten. Y consumen.

Es una buena noticia porque la economía no cae tanto. Es mala porque profundiza el ciclo inflacionario. No hay ahorro de mediano plazo y, por lo tanto, escasea el financiamiento para invertir y ampliar la producción. La oferta no aumenta frente a una demanda que crece en algunos sectores, no en todos. No hay incentivo para aumentar el empleo privado y con las restricciones a las importaciones, el Gobierno reduce la oferta mientras estimula la demanda y vuelve a empujar la inflación.

El Estado no ahorra porque tiene déficit y comienza a quedarse con gran parte del poco crédito disponible, que podría comenzar a escasear para los privados.

La perspectiva no es buena. Porque además las medidas que estimulan a huir de los pesos generan distorsiones. Si parte del mercado inmobiliario se pesificó, en particular la construcción nueva, el resto ha caído en niveles abismales, causando serios daños a inmobiliarias y pymes relacionadas. Allí los afectados consumen menos no sólo por menor poder adquisitivo a causa de la inflación, sino también por la caída neta de los ingresos.

La inversión que falta también es inicialmente consumo. Para ampliar una planta productora de cemento, primero, hay que consumir más cemento. Pero una vez finalizada, aumenta la producción, la oferta y el empleo. El incremento actual de la demanda tiende a no dejar nada para más adelante.

El déficit de viviendas no se soluciona con un auge en el consumo de televisores planos, encima a precios internacionales muy caros. Y el encarecimiento de la tecnología a nivel local por las políticas proteccionistas del Estado es un problema para el futuro, no sólo respecto de países más desarrollados, sino también respecto de las economías de la región.

Una recesión también se puede enfrentar mejor con un incremento de las exportaciones, pero la Argentina está perdiendo la oportunidad. Entre otras cosas porque, por ejemplo, hace pocos años, estimuló el consumo local y desalentó la producción de ganado vacuno. Hoy, con demanda existente, pese a la crisis en Europa, pierde mercados y volúmenes a manos, por ejemplo, de Uruguay. El consumo que ayudó a que no fuera tan grave la gran recesión de 2008 y 2009 lo hizo a costa de un daño enorme a los sectores ganadero y frigorífico, con cierres de empresas y pérdidas de puestos de trabajo. También estimuló el consumo de energía y combustibles con un esquema irrazonable que privilegia la importación por sobre la producción local. Y hoy enfrenta desabastecimiento y colosales importaciones, que llevan a la escasez de divisas, al cepo cambiario y, otra vez, al círculo vicioso inflacionario.

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