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Opinión

Las banderas de un hombre genial

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La transgresión y el exceso fueron sus banderas. Las agitó en contra de las convenciones y los prejuicios de toda índole: sociales, sexuales, políticos, económicos, estéticos. Nada se salva de la mirada corrosiva -bajo la apariencia candorosa de un dibujo casi infantil y de una escritura disparatada- de Copi, uno de los más feroces observadores del siglo XX, sus contradicciones y sus ídolos perversos. Heredó (acaso sin saberlo, o sin darse cuenta) la noción esperpéntica del gallego genial, Valle-Inclán. Pero allí donde Valle imagina el reflejo de la realidad en los espejos deformantes de un parque de diversiones, Copi nos pone frente a un espejo común: y lo que vemos es algo que fluctúa entre el ridículo y el horror.

Tal vez más que en sus obras de teatro y en sus novelas -cuyo tema fundamental es siempre el machismo, esa lacra tradicional-, es en la tira de su personaje La Mujer Sentada donde Copi desarrolla más cabalmente su visión del mundo. Cínica e insoportable, esa mujer (con su pelo de estopa, de muñeca vieja, y su imposible nariz) es, simultáneamente, testigo y juez de su tiempo. Quienes la frecuentan -algo así como un pato, y una serpiente, y una chica, que podría ser su hija- sufren su tiranía, su egoísmo y su malhumor constante. Aflora, sin embargo, de vez en cuando, una suerte de oculta ternura, que alienta también hasta en las más mordaces observaciones de su creador.

Se necesitó mucho coraje (y genio) para ser Copi. Hasta se atrevió a burlarse de su propia muerte en Una visita inoportuna, última pirueta -y la más riesgosa- del payaso genial..

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