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1929- 2012

Carlos Alberto Floria: un influyente intelectual que hizo un culto de la moderación y el diálogo

Política

La casa de Carlos Alberto Floria y su mujer, Yuyi, con las vías del tren al fondo, en Juez Tedín, fue por muchos años un espacio de encuentros y reflexión entre intelectuales, políticos, periodistas, religiosos, empresarios, en los que se podía conversar. Llama la atención, incluso para quien esto escribe, que la posibilidad tan elemental de conversar, que es la disposición generosa, pero natural, con la cual se abre la primera de las instancias de convivencia social, las del diálogo e intercambio de ideas, impresiones, curiosidades, pueda resultar, según sean los tiempos, un rasgo fundamental en la vida de alguno de nuestros congéneres.

Los valores tienen el precio de la escasez. Ha de ser, pues, ésa la razón de que aquel dato tan notorio en la personalidad del historiador y politólogo que murió anteayer en Buenos Aires, y la de su mujer, que falleció años antes, sea retenida por quienes lo conocieron como una condición que debería parecer común, pero que asume estatura virtuosa cuando precisamente el diálogo es un gran excluido en la esfera pública de los argentinos. Eso lo incomodaba y proclamaba como un absurdo que deslegitima las democracias.

Floria fue un intelectual de ideas moderadas. Si en los años mozos pudo haber tenido cierta aproximación a los cenáculos donde prevalecía como pensamiento dominante el del nacionalismo católico, en la madurez de su trayectoria, tanto como catedrático y ensayista, fue un liberal asociado a compromisos de apertura y pluralismo que provenían igualmente de un ideario católico. Fue, por eso, no sólo una voz grata e influyente sobre los lectores de la vieja revista Criterio, sino también una voz escuchada por los sucesivos editores de la publicación. Y por los otros colaboradores de Criterio: Jaime Potenze, Fermín Fevre, Marcelo Montserrat, Pablo Capanna, Natalio Botana.

Los temas del poder hegemónico y la república, los de la sociedad civil y la sociedad militar tan dominante en sus años de enseñanza, y los no menos circunstanciados a su época de estudioso, como los de las transiciones de dictaduras a democracias, merecieron su tiempo y análisis. Sobre todos esos asuntos escribió y habló, pero acaso nada lo haya consagrado en igual medida que la sobresaliente y didáctica Historia de los Argentinos, que escribió junto con César García Belsunce. Clásico actualizado en sucesivas ediciones, que se toma como obra de indispensable consulta para consustanciarse con el pasado argentino sin caer en la fragua mistificadora de quienes, al escribir sobre la historia, lo subordinan todo -adecuando sucesos y figuras- a los requerimientos fugaces del presente.

Floria fue profesor de Historia y de Derecho Político en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. También ocupó cátedras en la Universidad de San Andrés. Entre 1969 y 1973 se desempeñó como decano de Ciencias Políticas en la Universidad del Salvador. Le tocó, pues, estar con su equilibrio a prueba entre los desbordes producidos, después del Concilio Vaticano II, por la llamada teología de la liberación, que se había hecho de numerosos adeptos en la congregación de la Compañía de Jesús y procuraba acelerar cambios, y la corriente eclesiástica afín a los criterios más ortodoxos de la Iglesia. Con los años, el Vaticano le reservó un sitial en la Comisión Pontificia Justicia y Paz.

Por las habituales tertulias estimuladas por los Floria pasaron algunas de las figuras más respetadas de la intelectualidad y la política del país. También extranjeros, como el jesuita Jean-Yves Calvez. Filósofo y economista, este sacerdote visitó con frecuencia la Argentina en años en que estaba concentrado en la interpretación política y cultural de los acontecimientos que sucedían en la Unión Soviética y los países sometidos a su órbita.

Con interlocutores como Yves Calvez, uno de los grandes eruditos en marxismo-leninismo de la Iglesia y que mantenía trato regular con los máximos dirigentes del comunismo europeo, las discusiones sobre política internacional en aquellos años de guerra fría se hacían sobre las bases exigentes apropiadas a un temperamento como el de Floria: que las conclusiones extraídas de la teoría política para su interpretación de los hechos de actualidad se hicieran con el conocimiento del carácter y de las pasiones de hombres concretos y de la evolución del medio al que pertenecían.

Sentimos en este diario la pérdida de quien por muchos años se desempeñó como uno de los colaboradores que examinaba la política nacional no desde la perspectiva inmediata del periodista que informa, sino con la percepción de una vasta cultura con la que se procura desentrañar tendencias en la proyección más amplia y profunda. Había colaborado también con El Cronista Comercial y ocupado un sitial en la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.

Entre 1954 y 1981 desempeñó su profesión de abogado y fue jefe del Departamento Jurídico del Banco de la Provincia de Buenos Aires. En 1996, el presidente Menem lo designó embajador ante la Unesco.

Sus restos recibieron sepultura ayer, en el cementerio Jardín de Paz. Había nacido en 1929 en la ciudad de Buenos Aires..

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