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Los métodos kirchneristas del antikirchnerismo

Opinión

Entretejer el derecho a huelga con piquetes y cortes de autopistas significa espejar el error de creer que los medios empleados en la acción se legitiman por la nobleza de los fines

Por   | Para LA NACION

 
 

Para quienes hoy se oponen al kirchnerismo -en líneas generales, más de la mitad de la población, según casi todas las encuestas- el paro nacional convocado por la CGT de Hugo Moyano y la CTA de Pablo Micheli representa a la vez una buena y una mala noticia. Buena porque doce días después de la mayor protesta sin líderes contra un gobierno constitucional el paro suma un clamor orgánico de matriz obrera a la tarea de conmover o siquiera lograr la atención de un gobierno presuntuoso, que se empecina en ejecutar verdades inapelables al amparo del 54 por ciento. Aquel reproche a los manifestantes del 8N relacionado con la falta de líderes y de propuestas que la Presidenta descargó antes de lanzarse discursivamente a seducir a una clase media de la que se proclamó miembro orgulloso no les calza a los huelguistas movilizados por viejos sindicatos.

El aire de sábado por la tarde, las avenidas porteñas semidesiertas y una importante proporción de las actividades económicas paralizadas demuestran que este paro contó con el apoyo tácito de sectores ajenos a las organizaciones convocantes. ¿Puede pedir algo más quien llama a una huelga? Aunque en público atribuya la amplia adhesión al miedo de quienes quisieron salir a trabajar y no se animaron, el Gobierno está en una trampa circular, porque declama su propia impotencia. Debería garantizar el derecho al trabajo, pero no tiene autoridad para correrlo a Moyano de la calle con la ley en la mano.

El paro suma un clamor orgánico de matriz obrera a la tarea de conmover o siquiera lograr la atención de un gobierno presuntuoso, que se empecina en ejecutar verdades inapelables al amparo del 54 por ciento

He aquí la mala noticia: el difuso frente antikirchnerista -sin fronteras precisas, es cierto, entre lo sindical y lo político- renueva los métodos ilegales del kirchnerismo al que pretende superar. Entretejer el derecho a huelga con piquetes y cortes de autopistas significa espejar el error de creer que los medios empleados en la acción se legitiman por la nobleza de los fines. Capítulo "no criminalizar la protesta" del dogma que el kirchnerismo boceteó sobre los escombros del setentismo.

"Calavera no chilla" escribieron antikirchneristas en las redes sociales al asumir que los mismos métodos que Moyano empleaba a favor del Gobierno ahora descolocan a funcionarios como Juan Manuel Abal Medina, flamante socio del club de indignados con el piqueterismo. "Que tomen de su propia medicina", resumió un usuario cibernético excitado con la eficacia de la revancha. Otros huelguistas pasivos repetían la ecuación que había hecho furor durante las largas temporadas en las que los piqueteros internacionales de Gualeguaychú se arrogaban el papel de policía fronteriza amparados por el gobierno nacional: "Estoy de acuerdo con las reivindicaciones -escindían- pero no con los métodos".

Por lo visto el kirchnerismo no terminó de enseñarnos que los métodos siempre mandan. Prevalecen porque forzar el orden legal en nombre de las causas justas tarde o temprano produce desbarajustes y discriminaciones. Piquetes buenos y piquetes malos. Huelgas genuinas y huelgas impuras.

El Gobierno está en una trampa circular, porque declama su propia impotencia. Debería garantizar el derecho al trabajo, pero no tiene autoridad para correrlo a Moyano de la calle con la ley en la mano

El problema no son las causas, el modelo, el proyecto, las medidas progresistas o lo que fuere -todo lo cual puede ser mejor o peor- sino la forma de imponerle al resto verdades blindadas. Podría decirse que el 8N se expresó justamente contra esa forma de gobernar (y no contra la Asistencia Universal por Hijo, como sugirió en su paleta de descalificaciones inagotables la Presidenta). Pero el 20N fue distinto. Vino con líderes experimentados, sí, pero esos líderes, no por casualidad entrenados en campamento kirchnerista, inocularon al antikirchnerismo el virus de la imposición.

A la postre, con el 8N Cristina Kirchner hizo algo parecido a lo que había hecho en 2009 con la derrota en las urnas: desconoció su existencia. Al día siguiente de la elección en la que perdiera por dos años el control de la Cámara de Diputados la Presidenta ofreció una inusual conferencia de prensa destinada a explicar por qué en realidad ella había ganado. Ahora finge desconocer que su gobierno, siempre atento a los récords que bate, inspiró la marcha inorgánica más grande de la historia argentina. Seguida del primer paro nacional efectivo de la era kirchnerista. El paro, también, más piqueteado que se recuerde, otro récord.

Moyano, que cambió radicalmente de opinión sobre el Gobierno pero no las mañas, encarna la gran paradoja: es el más coherente. Ni antes ni ahora se distinguió por el apego a las formas republicanas. Pero su eficacia para la lucha -que acaba de revalidar- parece constituir una tentación riesgosa para los amplios sectores que hoy dicen que es posible gobernar sin apretar a nadie. El dilema central se plantea por el momento entre dos plataformas distintas para la construcción de una alternativa política: la de los peticionantes acéfalos pero pacíficos del 8N o la de los veteranos quemadores de cubiertas del 20N..

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