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Libros en agenda

El cuento de la realidad

Opinión

Por   | Para LA NACION

Empiezo por el final: la última frase de un cuento de Edgar Allan Poe, un autor al que siempre conviene volver. Y no elijo un relato fantástico de su producción más tenebrosa -que bien podría ilustrar algunos de los episodios de la realidad actual- sino uno de sus cuentos "del raciocinio". O sea, de los que combaten la argucia con la razón, el engaño con la sencilla evidencia.

El cuento, cuyo final en cuestión es de una actualidad espeluznante, inaugura el género policial en la historia de la literatura: "Los crímenes de la calle Morgue". Y con él aparece también el primer detective, el bibliófilo y amante de la noche Auguste Dupin. La última frase que éste le espeta al prefecto de la policía, luego de haber resuelto un caso verdaderamente inhumano, es una sutilísima denuncia de los discursos institucionales vacuos e insustanciales. De la euforia verbal que, como la maquinita de generar billetes, devalúa las palabras y se ampara en la negación sin otro objetivo ni logro que la justificación de su propia emisión y el enaltecimiento de lo que todavía ni siquiera adquirió una entidad digna de ser glorificada.

Dupin, este personaje de ficción que tan bien ilustra la realidad, establece una diferencia fundamental entre el ingenioso que avanza en la vida con promesas, fantasías y cálculos, basándose en creencias, y el razonador creativo, que sustenta su búsqueda en el análisis para luego, con la ayuda de la imaginación, inventar una solución. Todas palabras de Poe puestas en boca de su detective, que considera al poder "demasiado astuto para ser profundo". Pero Dupin va más allá del poder; también se ocupa del efecto del discurso en la gente, cuando la dificultad de discernir tiende a la cerrazón y ensancha así la brecha del entendimiento.

Por si no recuerdan la escena del crimen de este cuento genial, retomo el momento en que el detective recauda el testimonio de las personas que escucharon los terribles alaridos de las víctimas (madre e hija) y del bestial causante de las atroces muertes. O sea, estamos ahora del lado de los que escuchan. El problema es que la emisión confusa y manipuladora, como dije antes, suele despertar en la escucha un vendaval de prejuicios. Todos los testigos, inteligentemente elegidos por Poe de distintas nacionalidades, sospechan de la lengua que no es la propia. Así, un francés, sin entender lo que dice el supuesto culpable, está seguro de que no es francés, porque "tiene la impresión de que habla en español"; al inglés le parece que se trata de la voz de un alemán, aunque admite, a su vez, que no comprende el alemán; el italiano piensa que el culpable es un ruso y "confiesa que nunca habló con un nativo de Rusia". Más allá de quién es el autor del crimen, Poe demuestra que el que escucha es tan peligroso como el que habla cuando de acusación se trata. Por eso advierte sobre cierta forma de "gazmoñería" (vale aclarar que esta palabra, de la traducción que Cortázar hizo del cuento, significa "actitud de quien finge devoción y escrúpulos"). Con esto, arribo a la postergada frase final que prometí al principio. Luego de resolver el enigma y liberar a una inocente de la falsa acusación, Dupin señala (irónicamente, denuncia) el modo que tiene el prefecto "de negar lo que es y de explicar lo que no es". Explicar es una forma muy atenuada de admitir. © LA NACION.

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