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Una presentación celebratoria

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LA NACION
Viernes 23 de noviembre de 2012
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Las presentaciones de libros son (al menos para un contumaz desertor de esa clase de eventos) una de las circunstancias más desconcertantes de la vida cultural. Qué guía a alguien a socializar alrededor de un libro, o de su autor, debe haber sido ya materia de sesudos estudios sociológicos. Seguramente al asistente le interese el tema o la figura del escritor en cuestión, pero sólo hay una razón que justifica de manera concluyente el acontecimiento: que funcione como un acto celebratorio en que amistad y admiración se dan la mano.

El martes último ni el calor ni el paro general contra el Gobierno pudieron sofocar la concurrencia al Cceba de la calle Paraná, donde Hugo Beccacece presentó Pérfidas uñas de mujer , uno de esos libros que se fueron componiendo a través de los años, de artículo en artículo. Hugo fue, como es bien sabido, director del antiguo suplemento cultural de La Nacion y primer jefe de redacción de adncultura , y actualmente escribe semana a semana las Crónicas de la selva, vecinas de esta columna. Uno puede lamentar la falta cotidiana de las conversaciones que se daban hasta poco tiempo atrás, pero esa carencia quedó ampliamente compensada por su conversión en acto público, al alcance de todos.

El primer tramo del encuentro consistió en un diálogo con Magdalena Ruiz Guiñazú. Hugo, un entusiasta narrador de anécdotas, se explayó tanto sobre las juveniles inclinaciones políticas de Visconti como sobre las visitas que hizo a un depósito de ropa y sastrería teatral en las afueras de Roma (donde encontró el traje de baño que vistió a Tadzio en Muerte en Venecia ) y a la casa de la tía Léonie, en Illiers-Combray. La comparecencia a la presentación quedaba ampliamente justificada.

Pero más tarde ocurrió algo singular. Marilú Marini -con esa voz y dicción tan estupendas que convierte al resto de las voces en simples mortales- leyó el inédito con que culmina el volumen, el destilado exacto e imprevisto de las notas que lo preceden. El tono es el de una evocación proustiana, la del niño que intenta dormir y escucha (en su caso) las uñas maternas, pintadas de rojo brillante, que tamborilean sobre la mesa de luz. En los devaneos de su fantasía, surge algo para siempre ominoso. Bajo cuerda, sin que se lo cite, parece circular un famoso verso de Marina Tsvietáieva ("Todos los poetas son judíos"). Para escapar del espacio nocturno, no hay nada mejor, piensa el chico, que salir a la busca de los héroes de los cuentos que se cuenta a sí mismo. La soledad asumida es la condición de esa posibilidad. "Corría un riesgo: vivir esas vidas, como hasta entonces, vicariamente. Pero acaso, ¿contarlas no era un modo de iluminar aquella oscuridad y poblarla de palabras, como si esas palabras fueran mis acciones?" De esa certeza puede surgir la ficción. También, por qué no, el periodismo. Pero sobre todo lo que da peso específico a cada perfecta página de Pérfidas uñas de mujer .

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