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Crónica

Elixires del diablo

ADN Cultura

En una ecléctica serie de textos, entre ellos varias crónicas, Charlatanes presenta una extraordinaria galería de personajes que proclamaban diversos tipos de remedios y panaceas

Por   | Para LA NACION

La especial capacidad para escuchar una interjección -¡ay!- en la que confluyen todos los que "se están muriendo de dolor o de miseria" es lo que finalmente se subraya como virtud principal en el texto referido a Perdomo Neira, uno de los personajes más extraordinarios de esta serie reunida por Irina Podgorny en Charlatanes. Crónicas de remedios incurables. Antes y después de recalar en esa interjección, el autor de ese texto, un biógrafo esforzado, apela a todo el barroquismo del español decimonónico para enumerar las virtudes de aquel joven Perdomo que se internó a vivir entre las tribus feroces de los Andaquíes, al sur de Colombia, para volver ungido de los poderes curativos que guarda "el gran libro de la naturaleza" y dispuesto a desplegarlo entre los sufrientes de cualquier color y clase, como si en vez de una biografía hubiese tenido que escribir una apología. Y estaba en lo cierto: como "charlatán", ese personaje en el que se conjugaban el viajante proveedor de ungüentos y tónicos, el falso alquimista, el dentista sin anestesia y el cirujano sin licencia, el escenógrafo ambulante y el antecedente del stand-up comedian, Perdomo Neira fue resistido por las instituciones médicas y los círculos eruditos en general.

A veces, en la ecléctica serie de textos que conforman Charlatanes, la apología deriva en polémica frontal, como ocurre con la carta que Guido Bennati le escribe al cónsul italiano en Lima para defenderse frente a las acusaciones de que él no es ni médico ni viaja en nombre del Rey. Por cierto que él jamás viajaría en nombre de un sistema de gobierno perimido como la monarquía, asegura Bennati, y a partir de ahí basa toda su argumentación en su adhesión a la causa revolucionaria de Garibaldi, para pasar a resolver el tema de su profesión antecediendo su firma con "Dr." abreviatura que, gestiones mediante, hacía ya una década que usaba. Esta carta de Bennati no sólo es uno de los pocos textos escritos por los propios charlatanes sino también un ejemplo de destreza retórica que nos recuerda lo que solían ser las polémicas del siglo XIX. Pero no todo fue rechazo en el caso de Bennati, quien logró exponer su colección en Buenos Aires, a metros del Museo Público. Una edición de enero de 1883 del periódico La Patria Argentina que, como sabemos, no se destacaba por sus miradas complacientes, no solo habla loas de esa colección itinerante sino que además sugiere que el gobierno argentino debería comprarla para poder completar así lo que al Museo Antropológico fundado por Moreno le falta. El caso de Bennati revela muy claramente hasta qué punto fue oscilante la recepción que los charlatanes tuvieron en los lugares por los que pasaban, y hasta qué punto el recelo que a veces provocaban tenía que ver con su capacidad para funcionar como zonas del espejo en las que las instituciones que se iban consolidando no querían mirarse.

Charlatanes, volumen que se suma a la colección de crónicas dirigida por María Moreno, incluye además una carta de Sarmiento a su hija Ana Faustina en la que saca cuentas socarronas de la cantidad de pacientes que Bennati dice haber curado en San Juan. Y un aviso publicitario de 1875 en el diario La Esperanza, de Corrientes, en el que se promocionan las propiedades del "bálsamo milagroso de la hermana Teresa". Y las cartas al diario El País de Caracas en las que Telmo Romero se defiende de las acusaciones en su contra y explica cómo, basándose en el conocimiento que los indígenas tienen de la naturaleza, ha desarrollado un "tratamiento para curar a los locos". Y otra vez una crónica de La Patria Argentina en la que se cuenta, ironía mediante, las figuras de cera del Museo Anátomo-Patológico de Baernoum recién inaugurado en el foyer del Teatro Nacional de Buenos Aires. Y una crónica deliciosa de Valle Arizpe acerca de los parlamentos y el aceite mágico que un tal Doctor Meraulyock solía promocionar por las calles de México.

Y así. Los casos atractivos abundan en Charlatanes, pero eso no significa que el libro se plantee como una colección de pintoresquismos. Irina Podgorny despliega estos materiales y los pone a discutir, atenta a pensar hasta qué punto esos personajes que viajaron por distintas zonas de América Latina durante el siglo XIX son muestra de la hibridación de saberes, de los innumerables aunque no siempre reconocidos puntos de contacto entre las prácticas de charlatán de feria y los protocolos de la ciencia médica. En gran parte esa hibridación está vinculada, como lo señala en el prólogo, al carácter trashumante no sólo de los charlatanes sino también de los materiales con los que ellos trabajaban: al trayecto que muchas de esas pócimas y sustancias hicieron, via naturalistas viajeros, desde la América de la primera modernidad hacia Europa y luego en sentido contrario, y así sucesivamente. Pero no por eso Charlatanes intenta determinar un origen, y a partir de ahí una autenticidad, sino en cambio focalizar "la itinerancia como una de las características del conocimiento". Los charlatanes viajaban y no sólo dejaban huella en los cuerpos sino también en las discusiones intelectuales, en los saberes establecidos y en los textos no especializados. Como se vio en el caso de Bennati y como el resto de este volumen demuestra, fue menos lo que los charlatanes mismos escribieron que la escritura que fomentaron en otros: sólo con esa onda expansiva, a más de uno deben haber curado.

Charlatanes

 

Irina Podgorny (comp.)

Eterna Cadencia

352 páginas

$ 99.

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