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Ser Puma

Revista

Ser Puma

Jorge Búsico y Alejandro Cloppet
(Ediciones Deldragón) 512 páginas

La camiseta del seleccionado argentino de rugby siempre ha estado rodeada de una mística muy especial. Estos dos periodistas especializados se sumergen en la historia, los protagonistas y el espíritu de los Pumas, con las estadísticas completas partido a partido. Aquí, un extracto del capítulo introductorio, titulado, justamente, Ser Puma.

El silencio es una religión. Nadie se atreve a la herejía de quebrarlo. Una sola mirada basta para entenderse. Los que llevan más batallas encima apelan a un par de gestos que a los más jóvenes les sirve para saber que están protegidos. Solo se escuchan los pasos y el ruido de los cubiertos a la hora del desayuno o del almuerzo liviano. Hay un mito que nace del mismo rugby, pero un grupo de hombres lo transformó en un fuego sagrado que jamás se apagará. La adrenalina va en aumento, brota por cada poro de quienes en cuestión de horas se calzarán, orgullosos, una camiseta celeste y blanca con un puma en el corazón. ¿O acaso alguien a esta altura de la vida puede decir que ese animal salvaje que sobresale en el escudo de la UAR es un yaguareté? Ellos están por cumplir el sueño de todo aquel que alguna vez agarró una pelota ovalada. Y no están dispuestos a traicionar ese sueño. Dejarán la vida, porque así lo indica el primer mandamiento. Allí, en el césped que en minutos van a pisar, esos jugadores, que ya se pusieron los pantalones blancos y las medias que también tienen los colores de la bandera argentina, están listos para construir decenas de momentos épicos. Tienen el corazón bien amateur, más allá de estos tiempos profesionales. Tienen la sangre caliente para tacklear a todo el que se ponga adelante. Tienen el coraje para aguantarse a quien sea. Tienen el hambre de gloria que se necesita para que los de enfrente los respeten. Tienen la mente encendida para resolver las situaciones difíciles de un deporte que, desde su génesis, exige estar preparado para afrontar todas las adversidades, como una pelota que no se sabe nunca dónde va a picar. No son quince. Son miles. Los empuja y los apuntala una historia escrita por valientes. Cada uno sabe que tiene un hermano, porque de un Puma siempre surge otro Puma. Este partido que está por comenzar no es para cualquiera. Es un partido para la leyenda. Es un partido para que lo jueguen Los Pumas.

Ahí aparece comandando la fila que ingresa a la cancha Oswald Saint-John Gebbie, el primer capitán argentino, aunque se haya tratado del hijo de un pastor de la iglesia de Escocia, el 12 de junio de 1910. Y detrás de él vienen, respetando la misma ceremonia, el resto de los capitanes. Ahí están Arturo Rodríguez Jurado (padre e hijo), Ricardo Giles, Jorge Sansot, el Gringo Guillermo Ehrman, Juan Manuel Belgrano, Jaime O'Farrell, Martín Aspiroz, Isidro Comas, Antonio Salinas, Bernardo Aitor Otaño, Héctor Pochola Silva, Adolfo Palomo Etchegaray, Hugo Miguens, el Negro Miguel Furia Iglesias, Eduardo Winnie Morgan, Hugo Porta, Jorge Georgi Allen, Pablo Garretón, el Tano Marcelo Loffreda, el Bebe Sebastián Salvat, Pedro Sporleder, Lisandro Arbizu, Gonzalo Longo, Agustín Pichot, el Corcho Juan Fernández Lobbe y Felipe Contepomi.

Pasó la emoción en el momento del himno, cantado hasta explotar los pechos, y quedó atrás el abrazo bien fuerte para darse unos a otros el último aliento. Y en el primer pique nomás, como si se tratase de una película de esas que ya están gastadas de tanto verlas y disfrutarlas, se revive la palomita de Marcelo Pascual, volando sobre el ingoal de los Junior Springboks en aquella memorable tarde del 19 de junio de 1965 en el Ellis Park de Johannesburgo. Y lo mismo hace Diego Albanese, aterrizando en propiedad irlandesa para el formidable triunfo en Lens, Francia, en el Mundial de 1999. Como aquel sprint hasta la eternidad de Ignacio Nani Corleto, la noche del maravilloso impacto ante Francia, en París, por el partido inaugural del Mundial de 2007. O esa diablura de Lucas González Amorosino en otra noche, esta vez en Wellington, para abrir el pasaje a los cuartos de final del Mundial de 2011, tras el dramático Test frente a Escocia. O ese vendaval del tucumano Julio Farías para marcale un try a los mismísimos All Blacks en el Eden Park.

(...) Ya se sabe: ser Puma es hereditario. Se lleva para toda la vida..

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