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Antes cortesanas, ¿ahora qué?

Muchos siglos tuvieron que pasar para que la profesión de actor, autor, cantante, bailarín y director se convirtiera en una honorable y respetada forma de vida

PARA LA NACION
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Enrique Pinti
Domingo 25 de noviembre de 2012
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En épocas pretéritas llenas de prejuicios y tabúes, los actores y toda la gente perteneciente directa o indirectamente al teatro no tenía derecho a cristiana sepultura y por lo tanto no podían ser enterrados en campo santo. Ni siquiera la protección de algún noble señor, mecenas y hasta monarca garantizaba al cómico la paz de un sepulcro como a cualquier hijo de vecino le estaba permitido. Las razones esgrimidas por la Iglesia estaban sostenidas en la vida escandalosa que se suponía era la moneda corriente en esos pecadores. A tal punto llegaba el prejuicio que en Inglaterra no se permitía que ninguna mujer desempeñara el oficio de actriz ya que como representante de la virtud, sometida a todo tipo de segregaciones y mucho más proclive al pecado carnal por su naturaleza tentadora desde la manzana ofrecida al eternamente excitable Adán, podría arrastrar a los espectadores al desenfreno sexual interpretando a la sensual Cleopatra, la romántica Julieta o la perversa Lady Macbeth. El remedio para tales peligros era hacer interpretar a esas heroínas por mancebos dejando los roles de sirvientas, amas y comadres a viejos comicastros burdamente pintarrajeados. En la Francia de los Luises con Molière y Racine a la cabeza como autores de comedias y tragedia respectivamente, la liberalidad era mayor. La predilección de reyes y nobles por las actrices atractivas favoreció el florecimiento de cortesanas de vida fácil que, so pretexto de tener una profesión tan peculiar, no ofrecían la menor resistencia para revolcarse en los lechos reales. Los ingleses no se quedaron atrás. Para la segunda mitad del siglo XVII tenían su dorada cosecha de cómicas provocativas que en algunos casos podían conseguir algún viejo y decrépito noble. O algún condecito que las usara de pantalla para canalizar una homosexualidad penada con la muerte en caso de mantener una sospechosa y prolongada soltería. En ambos casos la comedianta adquiría un certificado de buena conducta en tanto y en cuanto abandonara tan deplorable actividad. El prejuicio era tal que se conocen casos de nobles con vocación de autor teatral que no podían firmar sus obras y se veían obligados a recurrir a pésimos autores, comicastros y demás ejemplares de tabernas y burdeles para que asumieran la autoría de sus creaciones a cambio de algunas monedas que garantizaban el pago de sus próximas borracheras.

Lo paradójico de tanta marginación era que tanto reyes, nobles y plebeyos gozaban de comedias, tragedias, bailes, pantomimas y canciones que protagonizaban esos demonios descarriados y esos poco confiables personajes. Atractivos, aplaudidos, endiosados y luego expulsados, perseguidos, difamados, juzgados y condenados. Y, tras morir en la mayor miseria, desterrados del cementerio.

Muchos siglos tuvieron que pasar para que la profesión de actor, autor, cantante, bailarín y director se convirtiera en un honorable modus vivendi.

Por eso es inaceptable que cualquier pelandrún y cualquier desubicada hoy en día intercambien insultos, agresiones, violencia verbal, desprecio absoluto y falta del más mínimo respeto. En esos intercambios se incluyen adjetivos como gato, prostituta, drogadicto, degenerado, sucia, basura humana, trepador, bruto, mal oliente y demás bellezas. Se haga lo que se haga y se cultive el género que se cultive, la dignidad humana es una sola. Esta profesión, sea cual sea nuestro talento, trayectoria, género o edad, debe ser ejercida con dignidad. La misma que se ganó luchando tantos siglos contra el prejuicio.

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