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Herzog, Wiseman y un festival de cine del siglo XXI

Opinión

"Viajen a pie, el mundo se deja comprender para los que caminan. Esto tiene mucho más valor que pasar cuatro años en una escuela de cine. Manténganse alejados de los Estudios. La Academia es el enemigo. Va a matar sus instintos. En lugar de ir a la escuela trabajen como chofer de taxi o como guardaespaldas en un club porno, hagan lo que sea para ganar el dinero para hacer películas. Pero sobre todo lean. Tienen que leer. Lean y lean y lean. Pero no teoría del cine: lean poesía, libros que enseñen sobre la profundidad del mundo. Si no leen, nunca serán cineastas". Pasadas las diez de la mañana de ayer y desde Río de Janeiro, el director alemán Werner Herzog ofreció una Clase Magistral sobre el oficio de cineasta y acerca de su propia obra. Lo hizo en el marco del Festival de Cine Fundación Mapfre, que se desarrolla desde el 21 y hasta el 25 de noviembre en cinco ciudades en simultáneo: Río, Madrid, Ciudad de México, Bogotá y Buenos Aires. Las sedes centrales van rotando todos los años y esta vez le tocó a Brasil. Pero en Buenos Aires, las dieciséis películas del festival se proyectan en la Sala Leopoldo Lugones hasta el domingo.

"La frontera ética siempre tiene que existir. Sólo que no sé dónde está y no puedo enseñárselas yo: hay que encontrarla"

Estaba previsto que la charla con Herzog, autor de ficciones y documentales inolvidables como Fitzcarraldo, Aguirre. La cólera de Dios, Grizzly Man o Encuentros en el fin del mundo durara una hora y media. Pero el alemán, con su carisma habitual, habló bastante más de dos horas. La conferencia podía seguirse en directo en la Web, a través de la página del festival. Herzog contestaba todas las preguntas, y proyectaba fragmentos de sus películas para ejemplificar sus palabras. Tocó temas sensibles, como el de la ética a la hora de realizar documentales: "La frontera ética siempre tiene que existir. Sólo que no sé dónde está y no puedo enseñárselas yo: hay que encontrarla. Sé que jamás filmaría, por ejemplo, una ejecución, ni por todo el dinero del mundo. Y que en Internet hay cosas que no deberían aparecer, como decapitaciones o pornografía infantil". Polémico como siempre, agregó: "Algunas veces incluso estaría a favor de la censura. Sólo que el único censor en el que confío soy yo". "¿Qué busca a la hora de hacer documentales", preguntó alguien del público. "Intento articular un éxtasis de verdad, algo que nos ilumine. Hacer que la gente salga del cine con algo que haga su mundo más rico", dijo.

Al margen de la simultaneidad de las actividades, los organizadores tuvieron una idea verdaderamente inteligente: la de crear una sede virtual para el festival. Por dos dólares y medio cualquiera puede ver la película que quiera en su computadora, tablet o teléfono, y por unos doce adquirir el contenido completo de la programación. Entre esas películas se encuentra Crazy Horse (2011), la última obra del que tal vez sea, junto a Herzog, el mayor documentalista de la actualidad: Frederick Wiseman. Si Herzog atraviesa con sus opiniones (y hasta con su cuerpo) las historias que cuenta, Wiseman es el voyeur por excelencia: pasa meses trabajando sus temas hasta que se hace invisible para sus personajes, y es por eso que accede a escenas de una intimidad asombrosa. En sus más de treinta películas Wiseman filmó hospitales públicos, parques, escuelas secundarias, y puso su mirada sobre temas como la violencia doméstica y el mundo del boxeo. En 2009 dirigió un documental bellísimo, La Danse, sobre el cuerpo de baile del Teatro de la Opera de París. Ahora, en Crazy Horse, sin moverse de aquella ciudad, entrega un retrato sobre uno de los shows de desnudos más famosos del mundo, lo que podría ser una perfecta versión erótica de aquella película sobre ballet.

A Wiseman le fascina la danza en general, y la fantasía que ella puede genera, pero no se olvida de la maquinaria que hace que todo eso funcione, y cómo el dinero y los celos profesionales pueden destruir cualquier propuesta artística.

Pero lo que Wiseman nos muestra (además de una sucesión de desnudos maravillosos) es que las bailarinas del Crazy Horse son extremadamente pudorosas, tanto que evitan rozarse mientras bailan. Que son detallistas al extremo con su ropa y maquillaje, que además saben cantar, o que disfrutan de juntarse a ver videos de caídas, golpes y errores de bailarines de danza clásica. El espectador asiste con la cámara a la trastienda de la confección de la coreografía y los decorados de los espectáculos, de la iluminación, el vestuario, y hasta de las peleas internas entre el director creativo, los dueños y los accionistas del lugar. A Wiseman le fascina la danza en general, y la fantasía que ella puede generar (aquí registra los ensayos y hasta cuadros completos del show), pero no se olvida de la maquinaria que hace que todo eso funcione, y cómo el dinero y los celos profesionales pueden destruir cualquier propuesta artística.

Hay algo más que une las obras de Herzog y Wiseman, y es la dificultad que suele existir para acceder a buena parte de ellas. Sus seguidores tienen que buscar aquí y allá, y conocen sólo fragmentariamente esas extensas filmografías. Son problemas que, como vemos, en la actualidad pueden resolverse al menos en parte. Siempre y cuando haya alguien con una buena idea, como la que tuvieron los creadores de este festival..

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