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Un cuento apocalíptico: diario del último día

ADN Cultura

En el relato de su autoría incluido en Historias del fin del mundo, Martín Kohan se centra en un fotógrafo que atestigua, por escrito, el final de la Tierra. Aquí, un sugestivo fragmento

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1. ¿Amanece?

No es solamente el cielo, sino también, y sobre todo, el lago, lo que indica en este sitio que el día va a empezar. El cielo lo dice, por supuesto, y no está a su alcance callarlo, porque el día, cuando empieza, empieza justamente ahí. Es la regla en todos lados, y en torno del Llao Llao también. Pero es el lago, es decir todos estos lagos a los que resumiendo yo llamo el lago, quien lo dice antes y lo dice mejor. Porque el cielo, por lo común, es paulatino. Se enciende por un costado, con siluetas de montaña en contraste, pero a lo largo de su extensa curva merma, queda expectante, no se decide; en la otra punta, por lo demás, se guarda un poco más de noche por un rato. En cambio el lago se ilumina todo entero de un instante para otro, no existe y de pronto existe, es invisible y de repente es plateado, pero plateado por entero, con luz de un lado hasta el otro, ya en el día por completo.

Al verlo apago mi velador, como para evitar redundancias.

2. Amanece, sí, amanece

Los escritores llegaron ayer. Llegaron hablando entre ellos. Hablaban del fin del mundo, pero tan solo en procura de risa. Era eso, un intercambio de bromas, el modo en que se refirieron a la profecía en cuestión. ¿Se acaba el mundo? ¿Nos queda un día? Sus diferentes erudiciones mejoraron, en conjunto, el anuncio de los mayas de acuerdo con sus calendarios. Los escritores dijeron así: "Nos queda un día", pero sus risas nada forzadas daban la pauta de su escepticismo. No me vieron hasta que me presenté: "Soy el fotógrafo -les dije-, me llamo Veglio", y asintieron a estas palabras con distancia pensativa, como si también a mí me hubieran anunciado los mayas.

Sé muy bien qué los trae por aquí: los últimos rezagos del romanticismo de hace dos siglos. Los trae la presunción de que la inspiración en efecto existe, y los trae la persuasión de que la naturaleza inspira. Es probable que hayan venido como quien dice con la mente en blanco. Su esperanza es que el propio paisaje ponga algo en esa nada.

3. Termina de amanecer

Por suerte no me preguntaron qué fue lo que me pasó en el mentón. Llevo puesto un vendaje blanco que hoy por hoy hace las veces de barba. No preguntaron y acaso ni siquiera vieron, enfrascados como estaban en cotejos bíblicos y yucatanescos; en caso de que lo hicieran, sin embargo, tendría que haberles mentido. Porque lo cierto es que me lastimé en un choque de auto hace apenas dos o tres días. Clavé los frenos y aun así pegué con el frente de mi coche en la retaguardia del que me precedía, ajeno a su detención y al semáforo que la recomendaba. Me distraje, y viendo qué: un afiche callejero anunciando el nuevo libro de la Escritora. Debí parpadear y enderezar mi visión al frente; a cambio me demoré intentando discernir si eran verdes o celestes los ojos de la Escritora. Mi cara dio contra el volante.

Preparé una historia diferente por si acaso preguntaban, fraguada con un tropiezo impensado y un golpe en un borde de mesa. Pero no: no preguntaron. Siguieron conversando de sus cosas.

4. Ya es el día

En ciudades es más fácil descreer de vaticinios sobre el fin del mundo. Incluso en San Carlos de Bariloche, que es ciudad tentativamente, un juntarse en las laderas y un frenarse a orillas del lago, es más fácil descreer. Lo será tanto más en Buenos Aires, que es de donde los escritores vienen. Porque las ciudades se forjan siempre a fuerza de contingencias, imperan en ellas lo circunstancial y el irse convirtiendo cada cosa en una cosa distinta. En ese contexto, labrado en cambios, es difícil concebir un asunto tan amplio, tan concluyente, tan absoluto, tan definitivo, como es el fin del mundo. En las ciudades nada perdura, pero por eso mismo nada termina, y el mundo menos que menos.

No se piensa igual ese tema rodeado de cordilleras. Las montañas impasibles, los lagos irrefutables, las cumbres tocadas por nieves a las que se llama efectivamente eternas; todo eso, se supone, podría llevar a pensar en un puro para siempre. ¿Cómo habrían de acabarse tanta roca, tanta agua, tanto hielo? Pero no funciona así, funciona de manera contraria. El paisaje es tan inmenso como podría serlo el fin del mundo. Y es tan intemporal y tan irreversible, tan tajante y tan inapelable, como un fin del mundo lo sería. Acá faltan las veredas, los semáforos, los carteles de publicidad, acá faltan las sendas peatonales y los teléfonos públicos, los modestos aportes humanos. Todo esto que el hotel nos da a ver está tan cerca de la creación, escribiendo creación con mayúscula, que facilita la verosimilitud de un final, escribiendo final con mayúscula.

Los escritores parecen percibirlo en cierto modo. Porque hablan, como ayer, de los presagios de la civilización maya o de la perfección astronómica de los templos de Palenque; pero, a diferencia de ayer, ya se ríen poco o nada, desmejora su incredulidad, los noto un poco aprensivos, no levantan tanto la vista. Les veo mayor pesadumbre. Aunque también puede que se trate de ese cierto aturdimiento, mezcla pareja de mareo y somnolencia, que expuestos al aire muy puro padecen los que no tienen costumbre.

5. Media mañana

Es la hora de la foto grupal. La vamos a tomar en el parque, con el propio hotel de fondo, bajo la luz más clara del día. Pero hubo, según parece, un olvido o un malentendido, y lo cierto es que la Escritora no acude. Los otros en cambio sí vienen, forman, desforman, esperan, dispuestos a posar ante la Nikon no sé si con ilusión de fama o si con sueños de posteridad. No obstante habrá que postergar la foto, dejarla para la tarde o para mañana, porque alguien por lo visto se olvidó de dar aviso a la Escritora, o le dijo y ella confundió la hora acordada.

Soy apenas el fotógrafo, de mí no quedará más que imagen. Sin embargo me siento responsable de encontrar a la Escritora. Los otros ya se dispersan, se dejan llevar por la pendiente que desemboca en la ruta, por un lado, o en el campo de golf, por el otro; no habrá foto hasta después, como sea, y nadie se hace problema por eso. Pero yo me figuro un mandato, y además de un mandato una urgencia, de ubicar a la Escritora, de indagar qué es lo que ha pasado con ella.

En la recepción del hotel, propongo un sencillo intercambio: doy el nombre de la Escritora y me dan el número de la habitación que ella ocupa. Pero llamo y nadie responde, ni me van a responder aunque insista. Me fijo entre los sillones del bar y no está, me asomo al lugar del desayuno y no está. Entonces se me presenta una especie de revelación, que es en más de un sentido difusa pero a la vez, aunque difusa, verdadera sin lugar a dudas. La obedezco en un impulso y bajo hacia la pileta del hotel.

Voy siguiendo los carteles que en lugar de pileta dicen piscina. Cruzo pasillos de promesas de placer: cabinas de calor húmedo o seco, masajes liberadores del dolor, ficciones de ciclismo o caminata. Llego, por fin, veo la pileta. Estaba en lo cierto, porque ahí nada ahora mismo la Escritora. La reconozco y no sé bien cómo. Hay un extraño efecto en la luz, un brillo dorado en el agua, y la Escritora se desliza desde una punta hasta la otra como si ella misma fuese líquida. O mejor, como si el agua, tan brillante, la ayudara, en vez de ofrecerle resistencia. No hay espuma ni salpicadura, surca el agua sin necesidad de golpearla. Por momentos la veo completa, da la impresión de estar flotando en el aire más que en el agua, planeando más que nadando, y es un milagro de cuerpo ligero todo esto que se me ofrece a la vista. Por momentos, sin embargo, pasa lo opuesto, es decir, desaparece en el agua, se disuelve o se vuelve invisible, y esto otro que al mismo tiempo distingo me resulta un milagro también.

Supongo que todo esto se debe a alguna especie de ilusión óptica, al modo en que se combinan a veces los reflejos y los brillos. Pero a poco de sopesarlo comprendo que así razono por deformación profesional. Me rindo a la evidencia, no es que me engañe la vista: la Escritora, nadadora, aparece y desaparece de verdad; no es que dé la sensación de lo invisible, de verdad deja de verse y vuelve cuando se le antoja. Y el agua se ha puesto así, del color de las cosas de oro, no porque la luz le caiga de tal o cual manera; el prodigio es verdadero, la pileta misma se encendió de luz. La prueba está en que, apenas la Escritora sale, apenas emerge y se despega subiendo por la escalerita de metal, el agua se apaga en agua, permanece azul: lo que se espera. Y yo tan pasmado quedo, mientras veo a la Escritora secarse con una toalla blanca, que ni a sacar una foto atino.

6. Se acaba la mañana

Bajo la pendiente hacia Puerto Pañuelo, buscando serenarme un poco. No estamos en temporada ni es horario de excursiones, no concibo mayor desolación que la de este puerto que así, sin gente, ni siquiera un puerto parece. Las casetas de venta de pasajes asumen tal aspecto de abandono, que cuesta pensar que funcionaron apenas ayer o que van a volver a funcionar probablemente esta misma tarde. Los barcos que van y vienen a las islas, llevando con monotonía cargamentos de turistas y una ristra de gaviotas voraces, ahora se dejan estar pegados a los precarios muelles, como si hubiesen encallado en lugar de amarrado, así de quietos y resignados están.

Es lógico que me sobresalte, en un sitio tan sin nadie, cuando alguien de pronto aparece y me habla con demasiada energía. El sereno, presumo, o un cuidador, o el encargado de la limpieza. Me explica que no hay excursiones por el momento. Le hago saber con un gesto que no es eso lo que busco, y por suerte no se interesa por averiguar qué es lo que sí. Me pregunta si es que soy un huésped del Hotel Llao Llao. Sí y no, digo confuso, y me siento obligado a explicar la visita de los escritores y mi función de ilustrar con fotos su estadía. [...]

7. Mediodía

El almuerzo lo destinan a cotejar variantes posibles de llegar el fin del mundo. Los criterios se dividen, a grandes rasgos, en desenlaces fríos o desenlaces ardientes. Algunos conciben escenas de congelamiento; el sol se apaga, el cielo languidece, el planeta es conquistado por feroces bloques de hielo. Hay versiones de un final signado por inundaciones, pero esas aguas se suponen heladas: adoptan la forma de olas gigantes, que avanzan como en un ataque aéreo y obligan a mirar para arriba, o bien consiguen invadir desde abajo, trepando desde las más profundas napas, y de a poco van cubriendo todo, tapando todo, ahogando todo; pero siempre en clave de frío, es decir como un progreso del frío.

Los que se muestran más permeables a la figuración del Apocalipsis bíblico o bien, ya en lo profano, a la más próxima actualidad, se inclinan por conclusiones hirvientes: ya sea un mundo entero que se prende fuego, ganado completamente por las llamas, se chamusca y se achicharra entre ahogos y sudoración; ya sea un brote colectivo de volcanes encrespados, que sueltan como en un coro rabioso sus respectivos rugidos y sus respectivas lavas, hasta inundar todo lo visible con capas y capas de ceniza amarillenta o gris, con esa capacidad incomparable que tienen las cenizas para meterse hasta en los rincones más apretados, con esa capacidad que tienen para ser símbolo de muerte.

Yo me encuentro entretanto pendiente de la opinión que podrá llegar a dar la Escritora, cuál de todas las posibilidades de extinción general más la convence o más la ilusiona. Pero ella se limita a escuchar lo que dicen sus colegas. A todos les concede la misma atención y la misma credulidad, ante todos asiente y sonríe con la misma aceptación generosa. No tiene una hipótesis personal sobre este tema, o prefiere en todo caso mantenerla en estricta reserva..

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