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Opinión

Occidente necesita una estrategia con menos desaciertos

El Mundo

Por   | Para LA NACION

Una de las dificultades mayores, y quizás el gran problema en el futuro, es la obstinada resistencia del Occidente desarrollado a aceptar la progresiva redistribución de poder de Oeste a Este y de Norte a Sur y la persistente difusión de influencia desde los Estados hacia actores no estatales.

Esa resistencia consiste, en esencia, en lo siguiente: obstaculizar la reforma de ámbitos clave de la política mundial; prescribir el rumbo de complejos procesos de cambio en cada región; cooptar selectivamente a países que se presumen semejantes con la promesa de permitirles una voz en ciertos asuntos globales; demandar de éstos un sentido de responsabilidad que se define por actuar en línea con intereses occidentales, y presumir que los valores propios son los únicos universales y, por lo tanto, aceptables internacionalmente.

El tratamiento de Occidente del masivo ataque de Israel a Gaza es uno más de los ejemplos de la bancarrota de su estrategia.

La asombrosa ausencia de crítica de Europa frente a los bombardeos de Benjamin Netanyahu en el marco de su propósito de reelección y el tardío viaje de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, a la zona se combinaron con el anuncio en Washington de que aumentará la asistencia militar a Israel, mientras se reimpulsa una resolución en el Senado norteamericano para retirar la asistencia a los palestinos si prospera en la Asamblea de la ONU la aceptación de Palestina como Estado observador.

Se trata de una mezcla de acciones e inacciones destinadas a validar el statu quo y, con ello, la degradante vorágine de violencia en el área. Hace tiempo que las fórmulas diseñadas por unos pocos países liderados por Estados Unidos en torno a la cuestión de Palestina y la paz entre israelíes y palestinos no muestran resultados positivos.

Pero esto es apenas un ejemplo de desaciertos. Garantizar el suministro de energía, contener con medidas de fuerza al islam militante, frenar la migración al mundo desarrollado, cambiar el régimen de Irán, mantener un reparto de influencia zonal de pocos poderes occidentales y evitar la proyección de las potencias emergentes -propósitos compartidos por europeos y estadounidenses- han tenido costos desproporcionados en términos humanos y de seguridad.

Los estropicios en Irak y Afganistán fueron significativos, así como la inestabilidad derivada del uso irresponsable del principio de "responsabilidad de proteger" a los civiles en Libia.

Objetivos cambiantes

La tragedia que padece Siria es interna, pero ha contado con el papel de múltiples participantes occidentales que desplegaron medios destinados a exacerbar todavía más el conflicto y que han reflejado la existencia de objetivos cambiantes y contradictorios.

El intento de Londres, París y Washington, en especial, de disciplinar el norte de África, Medio Oriente y Asia Central ha resultado un fiasco seguido de más turbulencia y más resentimiento. Las nuevas "guerra de drones" contra objetivos en Paquistán y Yemen prenuncian más confrontación. La tolerancia hacia la autocracia en Arabia Saudita es insostenible y peligrosa. La incapacidad para frenar la proliferación nuclear de la India, Paquistán, Israel y Corea del Norte ha sido ostensible. El poco competente manejo de la ambición nuclear de Irán bien puede terminar en otro gran descalabro.

El drama palestino, la seguridad israelí, el bienestar para los musulmanes, el control de la pugna entre sunnitas y chiitas y el avance del pluralismo en Medio Oriente serán metas alcanzables cuando Occidente abandone su presunción de preponderancia moral y política y permita la irrupción de voces diversas, con legítimos intereses, allí y en el escenario global..

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