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La incomodidad de los moderados

Opinión

La crisis de 2001 pareció enseñarnos algunas cosas. Y sobre esos aprendizajes colectivos nos entusiasmamos, creyendo que podíamos construir nuevos consensos. Los monumentales costos -económicos, sociales, políticos y emocionales- que ocasionan la pérdida de soberanía, la impunidad y la ausencia del Estado eran parte sustancial de esas lecciones. Néstor Kirchner eligió esas cuestiones para definir su gobierno por la negativa: su administración no sería ninguna de esas falencias. Precisamente en esa premisa se apoyaron sus medidas más significativas. La renegociación de la deuda, la no actualización de tarifas a compañías de servicios públicos de propiedad extranjera y el pago anticipado al FMI reinstalaron el poder de un gobierno soberano. La renovación de la Corte Suprema y la bandera de los derechos humanos pretendían representar la justicia por sobre el olvido. El denuesto permanente de los años ´90 junto con el aumento del gasto público y las mayores regulaciones intentaron erigirse como un nuevo límite a la voracidad de los mercados permitida por el neoliberalismo que nos había llevado al cataclismo.

La renovación de la Corte Suprema y la bandera de los derechos humanos pretendían representar la justicia por sobre el olvido

La estrategia funcionó bien, en especial desde el punto de vista político. Tanto que Néstor Kirchner se dio el lujo de elegir a su sucesor, designando para ello a su esposa y senadora nacional. Habiendo dejado definitivamente detrás la crisis, la llegada de Cristina Fernández de Kirchner y el cambio de administración indicaban que la mesa estaba servida para dar un nuevo paso: definir por la positiva el proyecto kirchnerista cuya continuidad estaba garantizada. Es decir, identificarlo no por lo que no se desea representar sino por lo que realmente se pretende ser.

Sin embargo, ello no resultó así en estos cinco años. De hecho, el sentido pareció más bien el inverso. Nuestra soberanía, por ejemplo, se encuentra erosionada por la errante acción estatal. A pesar de haber reabierto el canje, ello no ha servido para que podamos elegir cuándo y cómo financiar las inversiones de largo plazo. Se expropió YPF, pero dependemos cada vez más de la importación de combustibles. La fragata Libertad continúa en Ghana; el juez Griesa ha vuelto a ser fuente de ansiedad. Por otro lado, la tragedia de Once, el affaire Boudou, los aumentos patrimoniales de diversos funcionarios, la actuación de jueces en causas emblemáticas, son algunas muestras de que la impunidad dista de ser cosa del pasado. Finalmente, la renovada presencia del Estado sólo se puede percibir al mirar las cifras de gasto público, ya que los problemas de inseguridad, infraestructura decrépita, deterioro de la educación, pobreza, inflación o baja calidad sanitaria demuestran una ineficacia récord.

La llegada de Cristina Fernández de Kirchner y el cambio de administración indicaban que la mesa estaba servida para dar un nuevo paso: definir por la positiva el proyecto kirchnerista cuya continuidad estaba garantizada

En el camino parece, además, que hemos perdido algunos acuerdos básicos, aquellas cosas que creímos haber entendido de la fatídica experiencia de una década atrás. En los meses previos a las primarias del 2011 una encuestadora uruguaya intentaba incursionar en el mercado político de nuestro país. Su titular se sorprendía con lo que revelaban sus investigaciones. Al comparar con la idiosincrasia charrúa, la argentina parecía una sociedad más de centro, menos propensa a los extremos: no había partido conservador ni izquierda electoralmente relevante. Pero a pesar de los matices acotados, exhibíamos una gran vehemencia al defender posiciones diferentes. En su diagnóstico, la Argentina era una sociedad artificialmente polarizada. Hoy, menos de dos años después, el cuadro sólo se ha agravado: no sólo discutimos por diferencias pequeñas sino que además son cada vez más profundos los temas que nos separan. Y los estilos de debate se han puesto tan irracionales que hay quienes hasta sienten temor a expresar sus desacuerdos.

Refiriéndome a lo difícil que era ser moderado en la Argentina, el 15 de junio de 2011 escribí en este espacio que " la virulencia entre ambos bandos es tan grande que ya ni prestamos atención a los argumentos que se esgrimen... Antes de atender al otro, nos precipitamos a etiquetarlo como K o anti-K para poder decidir a partir de ello si estamos o no de acuerdo con lo que dice". Y sugería que "un medio digital se anime a realizar el siguiente experimento: publicar una columna moderada, firmarla apócrifamente por un opositor y aguardar los comentarios de los foristas; sólo para proceder luego a cambiar la firma por la de un oficialista y ver entonces cómo varían las opiniones".

Los estilos de debate se han puesto tan irracionales que hay quienes hasta sienten temor a expresar sus desacuerdos

El ejercicio nunca fue llevado a cabo, pero sospecho que hoy la oscilación sería aún más abrupta. Los errores y excesos del oficialismo por un lado, y los cambios drásticos de lugar en la oposición -con alianzas contra natura y efímeras- por el otro deberían reafirmar la necesidad e importancia de un espacio intermedio. Por el contrario, las cuestiones que empiezan a ponerse en juego, los intereses involucrados, los gestos que se esgrimen y los modos de discusión tornan todo cada vez más extremo. Entre tanto griterío, hay un grupo numeroso, pero cuya voz no llega a ser audible. Son aquellos que pretenden que las reglas se apliquen para acabar con la arbitrariedad. Los que creen que los gobiernos deben ajustarse al espíritu de la Constitución y también que no debe haber grupos económicos que abusen de su situación dominante. Los que piensan que es tan extraño que el Poder Ejecutivo diseñe y centre la aplicación de una ley en torno a Clarín tanto como que éste incumpla in eternum con la normativa. Pero hoy estar en el medio sólo sirve para pasar desapercibido. Y para estar cada vez más incómodo..

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