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Anticipo

La trama secreta del regreso del General

Enfoques

En Perón vuelve (Planeta), Román Lejtman reconstruye las intrigas políticas que rodearon el retorno del presidente al país, en 1972

Juan Domingo Perón se estiró el traje oscuro y avanzó sobre la salida del avión. Afuera llovía y el viento pegaba inclemente. Descendió por la escalerilla de Alitalia y saludó con un gesto a Juan Manuel Abal Medina y a José Ignacio Rucci, que esperaban abajo con la custodia asignada y los autos oficiales. Detrás se encolumnaron Isabelita, José López Rega y Héctor Cámpora, únicos autorizados a tocar tierra junto al General. La dictadura imponía sus reglas, y Perón no tenía otra alternativa que obedecerlas para cumplir su sueño personal. Había vuelto, tras 6268 días de exilio, y eso ya era una victoria política.

A ochocientos metros del charter habían quedado los trescientos invitados especiales que tenían autorización para esquivar las vallas, sortear los soldados armados para una guerra y evitar a las tanquetas desplegadas en el aeropuerto para recibir a Perón. Fue una picardía de la Junta de Comandantes que asumió la decisión arbitraria de cambiar la pista de aterrizaje para poner al General muy lejos de su comité de recepción.

Fuera de Ezeiza, más lejos aún, ancianos con mil batallas y jóvenes imberbes avanzaban hacia el aeropuerto internacional soportando las balas, el gas, los palos, la lluvia y el frío para rescatar a su líder. Con ellos flameaban las banderas, sonaba La Marchita , y aturdía el grito de guerra replicado en cada barrio: "¡Perón, Perón!"

No había espacio ni tiempo para traidores y temerosos.

Llegó el General.

Le había dado el cuero.

Perón, Isabel y Cámpora subieron a un Fairlane color crema, mientras tres helicópteros Alhouette de la Fuerza Aérea daban vueltas en círculo sobre la pista de aterrizaje. Cámpora al lado del chofer, Perón detrás de su delegado y junto a Isabelita, que estaba tiesa y se escondía detrás de sus anteojos oscuros. En la lejanía, mil seiscientos periodistas nacionales y extranjeros trataban de adivinar la escena, que Canal 7 transmitía en vivo y directo para todo el país.

El Fairlane claro de Perón fue flanqueado por tres Torinos oscuros, nueve motos de la Policía Federal y tres agentes a pie que cerraban la caravana. Justo detrás de Perón, Isabelita y Cámpora, se ubicaron Abal Medina y Rucci, que tenían su propio auto oficial. La marcha era lenta, llovía y el destino incierto.

-¡Pare!-, ordenó el General.

Hasta ese momento había agitado su mano derecha a través de la ventanilla, pero le pareció impropio no bajarse siquiera a saludar. Estaba justo enfrente del corralito que controlaba a sus trescientos invitados especiales. Descendió del auto para enfrentarse con la historia, para grabar una imagen que quedara hasta que el tiempo y sus circunstancias se traguen a la Argentina.

Rucci abrió el paraguas y sonrió como un niño. Perón apuntó con sus brazos al cielo y agradeció. Abal Medina se acordó de su hermano Fernando, muerto por la policía. La escena quedó para siempre: el General sin los militantes, flanqueado por López Rega a la derecha y un poco más lejos, Isabel Martínez.

Perón regresó al auto y tardó unos segundos hasta la entrada del hotel Internacional. Subió a sus habitaciones con Isabelita y le ordenó a Abal Medina que apurara las gestiones administrativas para llegar a su chalé de Gaspar Campos. Estaba cansado y no quería perder tiempo. Aún creía que estaba en el hotel como cortesía para evitar los trámites de aduana y migraciones en Ezeiza.

Horas antes de aterrizar la nave de Alitalia, Alejandro Agustín Lanusse había decidido forzar un encuentro con Perón para simular que su poder estaba intacto. El dictador quería imponer al General su agenda política y apeló a razones de seguridad para lograr sus pretensiones personales. Si Perón no estrechaba su mano frente a los fotógrafos, era incapaz de controlar a todos los miembros de las Fuerzas Armadas, sus familiares y sus amigos gorilas. Sin la foto en la tapa de los diarios, el General podía morir en una calle de Buenos Aires.

Cerca del mediodía, cuando Perón e Isabelita ya estaban instalados en la habitación 113, un helicóptero aterrizó en Ezeiza. Traía a Tomas Sánchez de Bustamante, un general amigo de Lanusse. El enviado del dictador convocó a una reunión en el tercer piso del aeropuerto. Cuando llegaron Cámpora, Abal Medina y Jorge Osinde, Sánchez de Bustamante ya había sido informado por el brigadier Salas sobre los últimos acontecimientos en Ezeiza. Al general Lanusse no le gustó que Perón bajara del auto y saludara a los 300 invitados especiales. Era un signo de debilidad de la dictadura, que no controlaba a su enemigo, y a la mañana siguiente sería la tapa de los diarios. (?)

A la hora del té, el General recibió a sus aliados políticos en la habitación 113. El panorama era patético: dos ex presidentes, Perón y Frondizi, derrocados en su tiempo por las Fuerzas Armadas, pretendían defender la transición democrática sentados sobre la ruidosa cama de un hotel rodeado por tropas del Ejército y la Fuerza Aérea. Pálidos, paralizados y mojados por el vendaval, los socios políticos del General finalmente aceptaron emitir un comunicado que lanzaba una nueva ofensiva contra la dictadura. En ese momento, Perón comprendió que estaba solo frente a Lanusse, las Fuerzas Armadas y su destino.

Al otro lado del campo de batalla, el dictador manipulaba a los medios oficialistas para exhibir su aparente tranquilidad política.

-Volvió Perón. ¿Qué piensa?-, preguntaron los periodistas a Lanusse, tras colocar la piedra fundacional de una petroquímica en Bahía Blanca.

-Qué esplendido día hace, ¿verdad?-, contestó con ironía.

En Ezeiza, donde Perón estaba detenido, llovía a cántaros..

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