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Cincuenta kilómetros en los Andes chilenos

Sábado

Correr una ultramaratón de más de 11 horas, un desafío que pone a prueba el coraje

Por   | Para LA NACION

Por qué una ultramaratón? ¿No es demasiado?, fue la pregunta fulminante que espetó Alejandro, mi psicólogo. Y agregó: "Está bien. En realidad es lo que te gusta, lo que te motiva. Hacelo. Es como la vida: una carrera de fondo muy larga donde no importa la rapidez sino llegar. Es un buen momento para que lo intentes". Sus palabras resonaron durante días en mi cabeza. "¿Era una locura la que iba a cometer en Chile?", me preguntaba una y otra vez. Mentalmente sentía que podía soportar los 50 km en la montaña, pero con tan sólo dos meses por delante dudaba de estar en la forma física adecuada para semejante martirio. Porque, entre quienes corremos, hay bastante de masoquistas. Si una maratón (42 km, 195 m) implica un reto para muchos demencial, una ultramaratón es el doble o hasta el triple en tiempo y distancia. Una rápida consulta a mi entrenador Daniel Simbrón disipó la catarata de dudas. "Entrenaste todo el año. Si hacés cuatro fondos largos de 26 a 36 km, llegás bárbaro", fue su radiografía. Ese empujón motorizó el resto. La rutina de entrenamiento, el descanso, la comida, pero sin entrar en pánico, ya que los corredores populares suelen fanatizarse de tal manera que la vida pasa sólo por las pasadas, los fondos, las zapatillas y la ropa técnica.

La invitación a la ultramaratón de The North Face Endurance Challenge (se corrió el 20 de octubre pasado) en los Andes chilenos era seductora. Allí podría cumplir con una de las metas que me había trazado. Algo, en realidad, desterrado tras abandonar en el kilómetro 37 la maratón de Buenos Aires de 2011. Tenía en mi hoja de ruta tres maratones finalizadas y la cuarta, para la que más entrené, un duro abandono.

Más allá de todo, el sólo hecho de salir a correr me proporciona una sensación de absoluta libertad. Generalmente, al correr uno trata de sacarse el estrés laboral, la rutina diaria. Por un buen rato se olvidan los problemas cotidianos. Creo que por eso cada día hay más personas que practican esta saludable actividad. Y, en Chile, combinaba un poco de turismo y algo de trabajo para correr en medio de la naturaleza. Para quienes corremos en la ciudad, ir a la montaña implica un doble desafío. Primero, porque carecemos de los lugares adecuados para entrenar. Apenas la reserva ecológica en la Costanera Sur sirve como aliciente engañoso, dado que los escenarios de una carrera de montaña suelen sobrepasar cualquier previsión geográfica que se pueda tomar. Segundo, porque nada se asemeja a correr y entrenar en lugares similares a donde uno va a competir.

Cerro La Dehesa. El día comenzó antes de las 5. Arribamos a Chile la mañana anterior, sin tiempo de asistir a la charla técnica. Apenas, como excusa, unos minutos de atención como para mirar el circuito en un folleto. El frío de la mañana no atenuaba. Unos 8 o 9 grados. Parecía que iba a llover. El cielo, encapotado con algunos rayos de sol que, con escasa suerte, intentaban mostrarse. Eran poco más de las 7 y la hacienda Santa Martina, a unos 1400 metros sobre el nivel del mar (msnm) y a 20 km de Santiago, nos recibió con fogones y un cóctel cargado de ansiedad. Los 80 km habían comenzado a las 4. A las 8 era el turno de los 50 km (también hubo 21 y 10). Sin apuro, partí desde los últimos lugares. Total, nadie me apuraba. El único objetivo que abrazaba era pasar la meta. En el croquis mental estimaba unas nueve o diez horas de competencia. Apreciación errónea, repasé después. Un desliz poco feliz que casi me saca de la carrera. La mochila estaba sobrecargada con dos linternas, un impermeable, geles en cantidad, dos bananas, un litro y medio de agua y dos sándwiches. Desmedido y exagerado peso para llevar en los hombros, ya que en el recorrido había cinco puestos de control (PC). Algo así como verdaderas tiendas de campaña con médicos, voluntarios, comida y bebida a granel. La variedad abrumaba. Daba lo mismo ser de elite o el último en arribar. A cada uno se le consultaba por su estado, cómo venía, si sentía algún dolor, si precisaba que lo ayuden a elongar.

Arribé al PC Las Hualtatas en 43 minutos. Bebí un sorbo largo de agua, algo de Gatorade, marqué el tiempo con el chip que llevaba como pulsera y tomé unas cuantas frutas secas. El sendero se presentaba ameno para trotar, con subidas y bajadas leves, pero continuas hasta ascender a los 1600 msnm. En el kilómetro 14 un mallín humedecido me provocó una caída fuerte y dolorosa para ambas rodillas. Un par de magullones con un pequeño corte en la pierna derecha. Llevaba cerca de dos horas y media y apenas había transitado 15 kilómetros hasta acceder al PC El Durazno. El ánimo oscilaba. Por momentos, sentía un enorme hastío. En otros, estaba exultante. Unas dos horas después con varios corredores que se hacen fundamentales como grata compañía llegamos al PC Santuario I. Recién estaba en la mitad de la carrera. Comí un sándwich de jamón y queso y le convidé el restante a Débora Canales, una mendocina simpática a quien envidié por su estado completamente optimista. "¿Cómo hacés para estar así cuando todavía nos falta la mitad del camino?", le pregunté. Su respuesta, sencilla: "Estoy acá porque quiero y puedo. Entonces esto hay que disfrutarlo y pensar en positivo". Estaba con dolor abdominal y de cuádriceps. Un malestar que se hizo carne y se mantuvo durante el resto del día. En definitiva, la fatiga aparecía como un muro más por derrumbar. Busqué enfocarme en la chance que tenía de estar viviendo esa aventura. En el PC Santuario II hice la parada más extensa (unos quince o veinte minutos). A 2500 msnm afloraron los mareos y los autoreproches. La atención del doctor impidió que abandonara. "No tenés ningún problema de presión. Lo tuyo es cansancio", sentenció. "¡Y miedo!", agregué con los ojos llorosos. Iban siete horas de carrera y quedaba la subida más extensa y dura, donde la técnica es la principal herramienta para no quedar en el camino. Como pude, y a un ritmo pésimo, llegué al PC Vertiente. Era el último control. A partir de allí, había buen llano hacia la meta. El sol ya se había escondido detrás de la montaña y, con ello, una oscuridad poco amigable. En los 8 o 9 kilómetros finales intenté correr lo más que pude. Estaba absolutamente solo. Apenas di alcance a cuatro corredores. En ese ínterin distinguir la hacienda Santa Martina fue lo mejor que me podía suceder. Pasé la meta en 11h48m44s (el ganador, Naval Freitas, en 6h17m23s). Y con la medalla colgada sólo pretendía un baño y una cama para descansar.

El ejemplo de quienes se animan

Mike Foote fue el primer hombre en cruzar la meta de la prueba de 80k con un tiempo de 8h23m5s. Entre los 1800 corredores de las cuatro categorías (80, 50, 21 y 10 km), estuvo la ejemplar Diane van Deren, de 53 años, a quien hace unos años, le extrajeron parte del cerebro para superar sus ataques diarios de epilepsia..

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