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¿Cómo hacemos para que nos hagan caso? II

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PARA LA NACION
Sábado 24 de noviembre de 2012
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Vimos en mi columna anterior que para una adecuada puesta de límites a los más chiquitos, la mayoría de las veces hay dos pasos: primero, damos la orden, el aviso, expresamos lo que queremos, y luego, nos ocupamos de que eso ocurra, sin repetir las indicaciones. Así los padres logramos ser eficaces en la puesta de límites sin tantos enojos, y ellos se acostumbran a obedecer "por las buenas" (aunque, y es inevitable, ellos sí se enojan con nosotros).

A partir de los cinco o seis años, a medida que en los chicos se va organizando la conciencia moral, ya podemos agregar un tercer paso a nuestra puesta de límites: las consecuencias. Lo hacemos de este modo: 1) decimos lo que queremos que hagan ("andá a bañarte"); 2) anunciamos la consecuencia en el caso de que no lo hagan ("el que no está bañado a la hora de sentarse a la mesa se queda sin tele después de comer"); 3) cumplimos la consecuencia si fuera el caso ("no te bañaste, ahora vení a la mesa y después de comer te bañás y te vas directo a la cama"). Y ahora un ejemplo para hijos más grandes: 1) "No me dejes el auto sin nafta"; 2) "Si me lo dejás sin nafta, perdés por tres días el derecho de usarlo"; 3) "Te quedaste tres días sin auto porque me lo dejaste sin nafta".

Es central, para que el sistema funcione, que estemos dispuestos a no repetir la "amenaza" y a hacer cumplir la consecuencia sin hacer concesiones en el caso de que decidan no hacer lo que les solicitamos. Hasta que no estemos seguros y dispuestos a hacer cumplir la consecuencia, es preferible que no la enunciemos. Así ellos se acostumbran y saben que papá y mamá van en serio, que sus palabras no son palabras huecas, y así se alcanza en los mayores el mismo objetivo buscado en el sistema de dos pasos de los más chiquitos.

¿Cómo tendrían que ser las consecuencias? 1) cumplibles: si les digo que paren de pelear o los bajo del auto, alguno de nuestros hijos se va a reír sabiendo que no lo vamos a hacer y otro puede sentir pánico; 2) inmediatas: ahora, hoy o mañana, y no el fin de semana; 3) también cortas: una consecuencia que dura muchos días es difícil de sostener, hasta podríamos olvidarnos el motivo; 4) activas y reparadoras: cuando cometemos un error nos hace bien a todos reparar el daño hecho, ayuda a aliviar la culpa; 5) en lo posible proporcionadas y relacionadas con lo ocurrido, y si eso no fuera posible, podemos cancelar algún derecho (un día sin tele o sin celular, por ejemplo).

Sería deseable que resulten razonables, respetuosas y valiosas para aprender, es decir que no los llenen de odio, y digan: "¡Qué me importa!", o deseen vengarse, y entonces no la aprovechen para aprender para la próxima vez.

Un sistema de consecuencias claro, consistente y coherente los ayuda a organizarse, a saber a qué atenerse, a aprender a tomar decisiones y a ir haciéndose cargo de ellas, habilidades fundamentales a medida que crecen. Pero el sistema no se puede organizar de entrada y completo, lo iremos armando y perfeccionando con el correr del tiempo. y de los errores nuestros y de nuestros hijos.

Así como con los grandes a veces usamos el sistema en dos pasos, con los menores de seis también utilizamos las consecuencias: cuando después de impedir algo varias veces ("no le pegues a tu hermano", y me ocupo de que no lo haga), en algún momento me canso y paso a anunciar una consecuencia ("si lo tocás, te vas de la cocina"), y de ser necesario ¡la cumplo! También lo hacemos cuando no podemos impedir: si estoy sentada adelante en el auto, no puedo evitar que mi hijito de tres años se desate el cinturón de seguridad, entonces tendré que decir: "Si te desatás, paro el auto".

¿Por qué hablo de consecuencias en lugar de castigos o penitencias? Ése será el tema de mi próxima columna.

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