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Estilo

La dama británica que no le teme al gran diablo de la moda

Sábado

A los 71 años, Grace Coddington, desde hace años mano derecha de Anna Wintour en la revista Vogue, y ella misma una celebridad, acaba de publicar sus memorias

NUEVA YORK.- "Nos soy buena con las palabras", dice Grace Coddington. La histórica directora creativa de Vogue pica una ensalada en su oficina del piso 12 del edificio Condé Nast, después de cerrar las cortinas para bloquear el sol de las primeras horas de la tarde. Entre otros temas, se refiere al temor que siente frente a la gira promocional de su nuevo libro de memorias, Grace. Se dice que Randon House le pagó 1,2 millones de dólares por el libro: es comprensible que la editorial busque proteger su inversión cómo sea. "Me entrenaron para enfrentar a los medios -dice Coddington-. Yo era un desastre. Me decían todo el tiempo: «¡No, no! ¡Eso no se puede decir! Es políticamente incorrecto. ¡Y no digas malas palabras!» Pero yo insulto como un camionero."

Coddington se disculpa mientras se saca un pedacito de espinaca de entre los dientes, y su asistente, Stella Greenspan, una atractiva sílfide de 1,85 de estatura con pollera de colegiala, ríe desde su escritorio, ubicado frente al de su jefa: un entorno diametralmente opuesto al que se vive frente a la oficina custodiada por inconmovibles centinelas de Anna Wintour, editora en jefe de la revista.

Por supuesto que la llaneza de vocabulario de Coddington y las diferencias que mantiene con su jefa fueron precisamente lo que cautivaron al público masivo hace tres años, cuando emergió como la inesperada estrella del documental sobre Vogue de R.J. Cutler, llamado The September Issue (La edición de septiembre). Con su férrea defensa de la ropa estrafalaria, su negativa a retocar digitalmente el prominente estómago de un camarógrafo y su modo de responderle a Anna Wintour como nadie osaría hacerlo, Coddington se ha convertido en una abanderada de la integridad estética en una industria cada vez más caprichosa, y en una feroz opositora del culto a las celebridades.

"Ironías de la vida, ¿no?", dijo Coddington, quien al principio de sus memorias describe la súbita y desconcertante sensación de afinidad con los Beatles y Paris Hilton que tuvo después del estreno de La edición de septiembre, cuando la gente empezó a fotografiarla con sus celulares mientras caminaba por la calle.

Pero Coddington a veces fantasea con escaparse y desaparecer por completo de ese escenario de sofisticación urbana. "Hay momentos en los que me gustaría que me teletransportaran a Devon o a Cornwall, en Inglaterra. Sería maravilloso, pero tendría que ser a algún pueblito, porque no podría vivir en el campo o en el medio de la nada."

Coddington señala que la que alguna vez fuera la pequeña y acogedora ciudad de la moda, se ha convertido en los últimos años en una megalópolis de neón que crece como un pulpo. Ahora, en los desfiles, es perseguida por periodistas, fotógrafos y advenedizos que le exigen un veredicto inmediato sobre las prendas que ella bosqueja diligentemente desde la primera fila, como una solitaria defensora de los viejos medios de comunicación en una era de tuiteros e "instagramadores". "Se creen que soy de propiedad de los demás -dijo Coddington-. Es como si una fuese de dominio público. Me parece espantoso."

Una estrella de rock

Entrevistada telefónicamente pocos días después, Wintour fue menos dura al referirse a los coletazos del estreno de la película. "Todos en la industria de la moda sabemos que ella es una verdadera estrella de rock -dijo de su colega-. Y ahora se ha convertido en una figura a nivel nacional e internacional. Creo que es maravilloso que obtenga tanta admiración y reconocimiento, pero eso es algo que ella jamás de los jamases buscó."

La sensación ambivalente de Coddington por su alto perfil actual es comprensible: por definición, su trabajo está detrás de escena, creando, produciendo y supervisando las sesiones de los más importantes fotógrafos de moda, como Arthur Elgort, Steven Meisel, Mario Testino y Annie Leibovitz. Sin embargo, no es la primera vez que los reflectores apuntan a Pamela Rosalind Grace Coddington, esta editora de modas nacida hace 71 años en Anglesey, una isla frente a las costas del norte de Gales.

La menor pero la más alta de dos hermanas, Coddington creció durante la Segunda Guerra Mundial en el destartalado hotel del que eran dueños sus padres, navegando a vela y cociendo su propia ropa, una especie de Eloise varada en un paraje inhóspito y melancólico cuya atmósfera parece colarse en la puesta en página de la revista, páginas que también suelen incluir pizcas de humor: Stella Tennant zambulléndose en una pileta con pantalones de tweed y botas Wellington (Elgort, 1995), Natalia Vodianova, vestida de Alicia en el País de las Maravillas (Leibovitz, 2003), y Raquel Zimmermann, enfundada en una enorme y pesada bufanda (Craig McDean, 2007).

"Todo lo que hace tiene un sentido positivo -dijo Wintour-. Nunca elige las fotos por su carga de angustia o de preocupación. Siento que en su trabajo hay siempre algo liviano, esperanzado."

La madre de Grace pintaba, bordaba y acumulaba desorden. Su padre murió cuando ella tenía 11 años (no la dejaron asistir al funeral). Asistió a una estricta escuela religiosa, aunque las monjas a veces andaban en patines, con la cofia y todo.

Para escaparse de Anglesey, donde según cuenta en su libro "las opciones eran terminar trabajando en el bar o en la fábrica de relojes", se anotó en la escuela de modelaje Cherry Marshall, en Londres, fascinada por las imágenes que había visto en los ejemplares de la revista Vogue, que de tanto en tanto llegaban a la diminuta oficina de correos de su pueblo.

En la movida década del 60, la pálida y cobriza Coddington prosperó: iba de aquí para allá con su propio maletín de maquillaje y accesorios, y una que otra vez algún fotógrafo libidinoso le pidió que retozara desnuda. "El mundo del modelaje está muy cambiado -señaló-. Ahora se hace todo a gran velocidad. Supongo que se ha vuelto más profesional, pero también muy deshumanizado, y ha generado toda una masa de chicas que simplemente son descartables. En otros tiempos, cada chica tenía su personalidad y tenía tiempo de desarrollarla. Me parece que era más divertido."

Apodada "Cod" (apócope de su apellido y que también significa "bacalao", así como Jean Shrimpton alguna vez fue llamada "Shrimp", "camarón"), Coddington fue parte de todos los hitos de la moda de ese período y se dio todos los gustos: tuvo un romance con Mick Jagger (de quien se apartó para ponerse de novia con Albert Koski, un agente de fotógrafos), bailó en las discotecas de París luciendo lo último de la moda angular, y se hizo el corte "cinco puntas" de Vidal Sassoon.

"No era una gran modelo, pero siempre tuvo un gusto propio y muy particular", dijo el fotógrafo David Bailey, quien trabajó con ella de ambos lados de la cámara y que recuerda con cariño un tumultuoso viaje a Córcega con Coddington y Manolo Blahnik. Pero también pasó por situaciones traumáticas, en especial un accidente automovilístico en el que perdió parte de su párpado izquierdo. "Por suerte, encontraron mis pestañas", escribe fríamente Coddington, y agrega que a continuación atravesó cinco cirugías plásticas (sin rendirse, inventó una forma my elaborada de maquillarse los ojos).

En sus memorias también cuenta que perdió un embarazo avanzado un día después de que los hinchas del Chelsea destrozaran su auto y de haber descubierto que Kolski, su novio de entonces, mantenía un romance con Françoise Dorléac, la hermana de Catherine Deneuve.

Pero Coddington no es de las que se regodea en sus pérdidas. "Muchos me dijeron que para el golpe que había recibido, salí adelante demasiado pronto. Pero yo no voy a quedarme repitiendo: «Pobrecita yo, pobrecita yo»." Estuvo casada fugazmente con el restaurador Michael Chow (durante la luna de miel, Grace contrajo varicela, una señal muy poco auspiciosa), y también con el fotógrafo Willie Christie.

Después de superar la edad del modelaje, Coddington aceptó trabajo como estilista para la Vogue británica, que en aquel entonces era un emprendimiento mucho más informal y amateur que su contraparte estadounidense. "Todo era catalogado de «imposible de hacerse» o de «no, mejor no»," escribe Coddington en sus memorias, "y la solución para la mayoría de los problemas era "Hmm. mejor nos tomamos una buena taza de té'."

Pero fue allí que Coddington desarrolló su ecléctico método de manos a la obra que se convertiría en su sello personal: recorrer los mercados de pulgas de Kings Road, maquillar en una oportunidad al príncipe Carlos, desarrollar una devoción serial por diseñadores, como Yves Saint Laurent, Kenzo y Azzedine Alaïa, sin abandonar nunca la atención por los pequeños detalles y una tenacidad de perfil bajo.

"Era la gran dama de la Vogue británica", dijo Wintour, quien por entonces intentaba escalar posiciones en Harpers & Queen. "Yo era una empleada rasa." Demás está decir que esa jerarquía muy pronto iba a cambiar. Cuando Wintour se convirtió en la editora de la Vogue inglesa, Coddington, incómoda con la nueva gerencia, aceptó un empleo en Calvin Klein, cuya estética minimalista, por lo menos para los ojos de un lego, no podía ser más opuesta a la sensibilidad más bien florida de Coddington. (Tal vez su mejor trabajo para Calvin Klein haya sido la campaña de la fragancia Eternity, que contó con Richard Avedon como fotógrafo.) "Me sentía un poco atrapada", confesó.

Así que después de que Wintour fuera ascendida a la Vogue norteamericana, 1988, Coddington estaba lista para ocupar su lugar en una aristocracia de intimidantes personalidades, como André Leon Talley ("alguien más cercano a Wintour que cualquier marido", escribe Coddington) y Hamish Bowles, de quien recuerda que se "fue volando" de una sesión especialmente problemática con Annie Leibovitz.

Aunque en su libro Coddington insiste en que "me importa que la gente me quiera, desde el cartero hasta el tintorero", también se regodea al describir el enojo de Madonna cuando le pidieron que posara con una sombrero que parecía "una torta de crema". Y contra Leibovitz dispara, "La mayor parte del tiempo no es precisamente el alma de la fiesta". Sobre los vestidos de las "voguettes" en la gala del Metropolitan, escribe que "de lejos parecía una convención de prostitutas", y sobre Wintour que "con los hombres es muy seductora, aunque sean ciento por ciento homosexuales".

A lo largo de los años, ambas mujeres han desarrollado una especie de dinámica de yin y yang, crispada pero productiva, hasta en sus estilos para vestirse. En los últimos tiempos, Coddington tiende al anonimato del negro, un color que Wintour deplora al punto de haberles pedido más de una vez a sus invitados que no lo usaran en los eventos sociales en los que ella era anfitriona. Pero Coddington, toda enfundada en negro, dijo: "El negro es muy indulgente".

Wintour, cuya balanza parece estar clavada donde está, fomenta el uso de pieles y bisutería: Coddington aborrece ambas cosas. Una de las ex asistentes de Wintour es la autora de la novela en clave El diablo viste a la moda, y una de Coddington, Julie Kavanagh, escribió un panegírico para su nonagésimo cumpleaños en la revista More Intelligent Life. A Wintour le encanta sazonar su revista con celebridades. "Cada tanto tiene como un enamoramiento, ya sea con Ben Stiller, Puff Daddy o Roger Federer", escribe Coddington, quien tiende a desdeñar a los actores de Hollywood y su entorno de publicistas. (Aunque no tiene ningún problema en fantasear con quién querría que interpretase su papel en una película sobre su vida: "Todos dicen que Karen Elson, y Julianne Moore para mi edad adulta, ¡ése es mi sueño!").

Cutler, quien en su momento había comparado al actual staff de Vogue con un equipo de básquet de las estrellas, ante una consulta telefónica se animó a refinar aún más su metáfora. "Aunque no creo en absoluto que sean rivales, cuando pienso en la relación que tienen Anna y Grace me acuerdo de McEnroe cuando dijo que si Borg no se hubiera retirado tempranamente, habría sido mucho mejor tenista y mucho mejor ser humano", dijo Cutler. "Yo creo que estas dos mujeres se obligan mutuamente a superarse."

¿Cuál de las dos es McEnroe? "Coddington", responde Cutler.

Traducción: Jaime Arrambide .

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