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Entrelíneas

Cuando el cine es una fiesta

Espectáculos

A juicio de Jeremy Thomas, uno de los productores cinematográficos europeos más relevantes de los últimos 25 años, los programadores de los festivales son hoy más importantes que cualquier jefe de estudio. El hombre que estuvo detrás de algunos de los grandes títulos de Bernardo Bertolucci ( El último emperador ), David Cronenberg ( Un método peligroso ) y Wim Wenders ( Pina ), entre muchos otros, jamás ignoraría el peso esencial, decisivo e irreemplazable ejercido desde Hollywood y un sinnúmero de compañías independientes instaladas a lo largo y a lo ancho del globo en la decisión de hacer una película. Pero sabe al mismo tiempo que, al fin y al cabo, sin la vidriera de un festival importante sólo ese puñado de producciones que descansa en la popularidad global de ciertos astros y estrellas encontraría sin inconvenientes su lugar en el mundo. Y lo que es más importante, su propio público.

Sin la ayuda de los dichos de Thomas sería difícil encontrar con rapidez una explicación a la velocidad supersónica con la que crecieron los festivales de cine en todo el planeta durante los últimos años. No se ha llegado a un consenso que permita establecer de un modo exhaustivo qué cantidad de ellos tiene el calendario global en todo un año. Algunas evaluaciones moderadas hablan de 2500. Otros arriesgan, convencidos, cifras todavía más altas: 4000, 5000. Una primera conclusión, lógica y elemental, nos dice que los requisitos para integrarse en este amplísimo catálogo son mínimos: alcanza con definir algún tipo de categoría, agrupamiento o identificación temática e incluir dentro de ella, mediante principios básicos de organización y estructura, a un grupo de títulos que responda a ese denominador común.

El juego se abrió a tantos y tan variados participantes que naturalmente se impuso la necesidad de aceptar y reconocer una jerarquía ya decantada por la dinámica del hecho cinematográfico y aceptada por la mayoría de sus actores. Venecia conserva el respeto, la elegancia y el señorío de la historia en su condición de decano; San Sebastián mezcla informalidad y exigencia en lo más alto de las muestras organizadas desde países hispanohablantes; Toronto, su indiscutida condición de "festival de festivales" como cierre de las muestras europeas y a la vez punto de partida de la temporada de premios que conduce al Oscar en el hemisferio norte haciendo equilibrio perfecto entre las grandes figuras y el espíritu más independiente.

El toque Cannes

Queda en ese selecto grupo la mención insoslayable de Cannes con su glamour , esa exigencia que a priori siempre exhibe desde la selección de los títulos en concurso y, sobre todo, el hecho de haber alcanzado el mayor título nobiliario entre sus pares: para cualquier espectador de cine más o menos informado, la palabra "festival" y la ciudad símbolo de la Costa Azul francesa son la misma cosa.

Como ocurre cada año para esta fecha, el hombre fuerte de Cannes llegará mañana a Ezeiza. Sin descansar ni un minuto, Thierry Fremaux se encontrará ese mismo día con las personalidades más importantes del cine local, concederá algunas entrevistas, se instalará en el microcine del Incaa para descubrir algo de la producción local que quizás haga punta en Cannes 2013 y, lo más importante en relación con estas líneas, comenzará a sellar con su firma un nuevo aporte esencial al capítulo argentino de los festivales de cine, cada vez más prolífico y trascendente.

En su equipaje, Fremaux trae cinco títulos que figuran entre lo más destacado del recorrido de los grandes festivales durante este año y conforman el programa que eligió para la Cuarta Semana de Cine Europeo. El propio director general de Cannes abrirá pasado mañana una muestra que ilustra como pocas la trascendencia que adquiere entre nosotros un calendario de festivales pletórico de nombres y títulos para disfrutar. Y que, de paso, también por cuarta vez, abrió las puertas de una colaboración que sus artífices imaginan de ida y vuelta permanente entre Cannes y Buenos Aires hoy afirmada con el título de Ventana Sur, vidriera y mercado que parece responder en su inspiración al espíritu de las palabras citadas al comienzo.

Ya se ha hecho costumbre que Ventana Sur y sus versiones televisiva y animada cierren un calendario de festivales que a estas alturas casi no tiene casilleros libres. Allí está Mar del Plata con su amplia y múltiple oferta a la cabeza de una presencia fuerte en la materia desde la costa atlántica: allí pisan fuerte Pantalla Pinamar y el clásico Uncipar (el festival argentino de cortos por excelencia) de Villa Gesell.

Hay muestras de cada vez mayor visibilidad en Cosquín, San Miguel de Tucumán, Villa Carlos Paz, Cipolletti, Resistencia (Festival de los Pueblos Indígenas) y La Rioja (Imágenes sociales). La provincia de Buenos Aires celebra el cine en Tandil, Olavarría, Maipú, San Pedro (ambos con presencia fuerte del cortometraje) y Saladillo, donde el Cine con Vecinos cumplirá una década en 2013. Hay festivales de cine inusual, de celebración de las diversidades culturales, de derechos humanos, de ecología y medio ambiente, de cine político y migrante, de todo tipo de documentales y hasta de terror (el tradicional Buenos Aires Rojo Sangre).

Bafici, único en su tipo

Por sobre todos ellos, por extensión y reconocimiento internacional, aparece por supuesto el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (para todos, el Bafici), casi un milagro de continuidad e identidad que el año que viene presentará una nueva conducción, con Marcelo Panozzo al frente. Ese cambio de manos llega (a contramano de las tendencias autodestructivas que suelen caracterizarnos en esta materia) con la certeza de que una vez más las mejores expectativas quedarán satisfechas. También nos devuelve la sensación, intensa y agridulce, de que nunca nos quedará tiempo suficiente para responder a esta inabarcable y extraordinaria oferta de todo ese cine que está allí para ser descubierto, con ingredientes llegados desde todo el mundo.

Vivimos cada abril, cuando el Bafici empieza a instalarse entre nosotros, la percepción genuina de que gracias al cine las fronteras se achican y ese mundo cada vez más plano está por algunos breves días al alcance de la mano. Y es casi imposible no experimentar allí mismo una contradicción: la estimulante realidad de caminar de sala en sala como si estuviésemos en una virtuosa Babel hecha de imágenes y sonido junto con la certeza de que en el resto del año la misma ciudad se queda cada vez más huérfana de voces múltiples y variadas. Ese cine que habla tantos idiomas y que celebrábamos a pleno en Buenos Aires cuando había larguísimas filas sobre la avenida Corrientes para encontrarse con Kiarostami y El sabor de la cereza cada vez aparece en nuestra cartelera con menos frecuencia.

Por fortuna, aun en clave modesta y tan confinada en el tiempo como ocurre en el Bafici, allí están los festivales para compensar esa pérdida. Si algo caracteriza y distingue hoy nuestro calendario anual de muestras cinematográficas es la posibilidad de acceder, con el estímulo adicional de contar con valores muy convenientes en el precio de las entradas, a la mayoría de esos títulos de los que habla el mundo y que hoy, lamentablemente, solemos mirar de soslayo en las salas convencionales.

Es cierto que Internet puede ayudar a muchos a mitigar esas ausencias, pero quienes prefieran afirmarse en la eternamente inigualable costumbre de ver cine en el cine y evitar de paso cualquier riesgo de ilegalidad tienen a su disposición un magnífico mapa de preestrenos y novedades que cada año parece enriquecerse: el Festival 4 + 1 (ver página 3), Madrid Cine, Brasil Fest, el notable Festival de Cine Alemán, el BACI (muestra de cine italiano), la Semana del Cine Francés y espléndidos complementos integrados por títulos escandinavos, australianos, árabes e israelíes. De todo y para todos, como para darle la razón a Jeremy Thomas.

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