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El medio es el mensaje

Respuestas críticas a preguntas oficialistas

Opinión

Me llegó un cuestionario de la revista Caras y Caretas que prefiero responder públicamente desde esta columna. Son cuatro preguntas en torno de la libertad de expresión que me hacen con la idea de incluir mis respuestas en su próxima edición.

La primera está formulada extrañamente desde la negativa: "¿Se puede afirmar que hoy no existe la libertad de expresión en la Argentina?"

Respuesta: si se la compara con la que no había en las dictaduras militares, el peor gobierno democrático saldría ganando. No es ninguna proeza sino más bien un autoinsulto pretender pasar por más bueno en relación con los períodos totalitarios. Cada etapa aportó lo suyo: durante la gestión de Raúl Alfonsín (1983-89), hubo gran difusión en torno de los juicios a los represores, pero sin un uso político como de 2003 para acá, y se puso fin a la censura en el cine y la TV. Con Carlos Menem (1989-99) surgieron los grandes multimedios, se derogó la figura del desacato y el periodismo de investigación tuvo un auge como nunca antes. Entre 1999 y 2003, los años de la recesión y de la crisis, se expandió el interés periodístico hacia nuevos fenómenos sociales, en formatos más urgentes y menos pasteurizados. El kirchnerismo (de 2003 a la actualidad) fomentó intensos debates (derechos humanos, minorías sexuales, pueblos originarios), derogó las figuras penales de calumnias e injurias y propició una mayor tolerancia hacia las protestas sociales.

Y, sin embargo, es manifiesto que hoy no gozamos de plena libertad de expresión en nuestro país, pese a que Cristina Kirchner se empeñe en repetir lo contrario. Es falaz cuando se afirma una y otra vez que cualquiera escribe o dice lo que quiere. En efecto, se leen o se escuchan muy severos análisis contra el Gobierno y a veces se alude públicamente a la figura presidencial de manera desafiante y hasta cáustica. Pero eso tiene un costo que vulnera de manera directa la libertad de expresión: quien expresa alguna crítica es automáticamente sospechado, hostigado o difamado por activos operadores desde la creciente cantidad de medios oficialistas, en las redes sociales o, cuando no, desde el propio estrado presidencial. Los medios que no aplauden al Gobierno son castigados con una restricción total o muy significativa de la pauta oficial y son perseguidos al propiciar en la Justicia causas contra ellos (ADN de los hijos de la dueña de Clarín, Papel Prensa, etc.). Tampoco se puede hablar de libertad de prensa plena cuando los funcionarios clave del Gobierno sólo atienden a los medios adictos o brindan restringidas conferencias de prensa donde no hay preguntas o son escasas y digitadas. ¿Qué libertad puede haber cuando el acceso a la información pública está cada vez más trabado y los organismos oficiales que deben emitir estadísticas fidedignas y actualizadas ya no lo hacen? Los funcionarios ocultan, distorsionan o maquillan las noticias negativas (ejemplo: el eufemístico "cambios tarifarios" para evitar la temida palabra "aumento"). La demonización permanente y obsesiva del periodismo tampoco es compatible con el ideal de libertad de expresión absoluta.

Segunda pregunta: "¿La Ley de Medios vulnera -como dicen algunos- el derecho a la libertad de expresión?"

Respuesta: en tanto dicha norma tiene como objetivo primordial desmantelar buena parte del principal grupo de comunicación del país (al menos eso es lo que repiten funcionarios y la abundante publicidad proselitista en Fútbol para Todos y los volantes que se entregan en la calle) vulnera los derechos de quienes voluntariamente consumen dichos contenidos si se les va a impedir seguir recibiéndolos. Las restricciones cruzadas y su excesiva burocratización buscan un sistema de medios más fragmentado, débil (por lo tanto, más fácil de digitar políticamente) y en peores condiciones para competir en el plano internacional en una época de grandes desafíos tecnológicos con onerosas inversiones. La vista gorda que se hace hacia otros grupos que no sean Clarín y que son más afines al Gobierno golpea de lleno la libertad de expresión.

Tercera pregunta: "La lucha por la libertad de expresión se mezcla con los intereses de las empresas periodísticas. La disputa entonces, ¿es por la libertad de prensa o por la libertad de empresa?"

Respuesta: siempre se ha tratado de instalar un falso antagonismo entre estos dos conceptos íntimamente ligados. En compañías privadas, ambos se complementan necesariamente. Si una empresa periodística cuenta con una cartera de anunciantes y negocios genuina y diversificada defiende mejor la libertad de prensa que si su continuidad dependiese de una exclusiva mano negra a la que le debiera obediencia. El interés primordial de una empresa de comunicación verdadera y no creada artificiosamente es aumentar su circulación. Si traiciona a su público es difícil que lo pueda lograr.

Última pregunta: "Hablando de límites a la libertad de expresión, el único aceptable -dicen algunos- es el de la autorregulación ética. ¿Qué pasa cuando un medio, privado o estatal, no practica esta autorregulación?"

Respuesta: pierde credibilidad, se expone a bochornos continuos, se vuelve tosco y poco sutil. El público le da la espalda..

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