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Los dueños de la verdad

El fracaso de la polémica

Opinión

Cuando en el debate prima el objetivo de aniquilar las razones del otro, todo termina en una guerra discursiva que destruye en lugar de construir. Este tipo de intercambio no debe confundirse con el diálogo, que siempre es superador de las antinomias

Por   | Para LA NACION

Siempre se creyó que polemizar era dialogar, pero en rigor no lo es. De hecho, la polémica como sistema de intercambio demuestra día tras día su ineficacia y su fracaso a la hora de generar frutos útiles y fecundos. Si la idea es generar opciones o sumar puntos de vista para enriquecer aquello acerca de lo que se está hablando, la polémica, a no dudarlo, no sirve para nada. La causa es sencilla: la polémica es el desarrollo de la guerra por medios discursivos más gentiles que las balaceras, pero beligerantes al fin.

Todo enfrentamiento polémico está lejos de ser una exposición de puntos de vista tendiente a que las cosas se esclarezcan más y mejor. Más bien, se apunta a ganar. Y ganar quiere decir doblegar al otro, verlo morder el polvo.

La asociación de la polémica a lo bélico no es un capricho, sino que se desprende de lo que dice el Diccionario de la Real Academia Española. Sin demasiado preámbulo, este esclarecedor libro dice que el término "polémica" significa "arte que enseña los ardides con que se debe ofender y defender cualquier plaza".

De hecho, dicen los que saben de etimologías que la palabra polémica proviene del ámbito militar y está emparentada con polemikós, que en griego significa "el arte de la guerra". Como se ve, la polémica ni cerca está de apuntar a acuerdos y sumatorias, algo que podemos comprobar a diario en nuestra cultura, tan dada a este tipo de pulseadas.

Asados beligerantes en los que los amigos dejan de serlo cuando asoma en la charla la actualidad política; discusiones respecto de las virtudes de Riquelme que, al rato, derivan en malasangre para todos y todas; tardes televisivas en las que los periodistas se reparten los roles para discutir los enredos derivados de la separación de algún prójimo famoso; grupos políticos que levantan el postulado de que los "otros" no merecen existir y que su existencia atenta contra la propia, con la necesaria conclusión de que lo mejor que podría pasar es que desaparezcan del mapa. Sin dudas, la polémica es guerra, pequeña o grande, y nada tiene que ver con la concordia. Pero tampoco con la inteligencia, sobre todo si llamamos inteligencia a una "eficacia existencial" que sirva al bien de todos y no sólo a algunos de manera mezquina.

Respecto de la polémica discursiva como, por ejemplo, la que se ve por televisión cuando confrontan dos adversarios políticos, el mito dice que de la pulseada de argumentos y razones pero también ardides, gritos tácticamente introducidos, refutaciones descalificatorias y otras yerbas por el estilo surgirá, magia mediante, la verdad más verdadera.

En general, este tipo de confrontación suele poner en evidencia que hay más voluntad de manipular para aplastar al otro que deseo de esclarecer la verdad de las cosas sumando perspectivas genuinas.

En ningún ámbito humano resulta aconsejable esta matriz de intercambio basada en la victoria sobre el otro y no en el desarrollo compartido de perspectivas diferentes que incluyan esas "semillas de verdad" que habitan en todo lo que existe. Sin embargo, esta manera de "guerrear" es particularmente nociva en dos ámbitos específicos: el ámbito familiar (en especial el de la pareja) y el de la vida política.

Así entendida, la polémica fracasa cuando se trata de construir realidades colectivas tanto como tiene éxito a la hora de halagar los egos. Y resulta un instrumento eficaz para aquellos que aspiran a la dominación antes que a la experiencia de compartir y nutrir de perspectivas distintas las cuestiones de la vida.

Suele decirse que existen muchas verdades. Esto genera confusión y promueve una idea que sugiere que esas distintas verdades están en permanente disputa. Así, el mundo sería un campo de batalla de egos que luchan por imponer esa verdad propia a la cual todos tendrían derecho. Con suerte, los beligerantes del caso estarían "tolerando" (y nunca valorando) la verdad ajena, a la que en el mejor de los casos "aguantan", al menos mientras la paciencia (un bien escaso) cierre las puertas del infierno.

Quizá valga la pena imaginar que, más que infinitas verdades "privadas", hay una verdad pública (en el sentido de "de todos") tan inabarcable que la humanidad se está tomando todo el tiempo de la historia para desentrañarla. Cada cual miraría la parte que le toca de cerca y -pensando de manera optimista- la pondría sobre la mesa común, al modo de un sistema colaborativo.

Es útil aquella metáfora conocida de los ciegos y el elefante, en la que cada ciego debía definir al animal y lo describía de acuerdo con la parte que le tocaba en suerte alcanzar con sus manos. Allí todos tienen parte de la verdad, si bien todos perciben algo diferente. Si compiten, se creará un escenario parecido, por ejemplo, al que tenemos en nuestro país cuando lo describimos o cuando pensamos alternativas sobre qué hacer en el terreno económico, político o social. Si, en cambio, los ciegos sienten alguna curiosidad por el otro y creen en su buena fe, podrán sumar las perspectivas para acercarse a lo que es, de manera más completa, un elefante. o un país.

Debatir no debiera ser siempre combatir. Sin embargo, como señala la lingüista Deborah Tannen en su imperdible libro La cultura de la polémica, las metáforas bélicas están a la orden del día, inclusive en boca de quienes dicen odiar a los ejércitos y las guerras e invaden el lenguaje cotidiano con imágenes de trinchera. "Luchadores", "batalladores", "guerreros" son parte de la galería de protagonistas de nuestra vida pública y logran prestigio con ese tipo de adjetivación en detrimento de aquellos que, tal como lo hace un jardinero, armonizan el jardín para que cada planta tenga su lugar en él y pueda crecer.

Según Tannen, esta utilización del lenguaje polémico y adversativo, patrimonio de todos los grupos sociales, tiene profundos efectos en nuestra cultura y hace a la matriz sobre la cual se organizan las ideas y las vivencias. Dice Tannen: "Si la guerra proporciona las metáforas necesarias mediante las cuales analizamos nuestro entorno además de a los seres que nos rodean, es natural que terminemos por vernos a nosotros mismos y a los demás como guerreros en combate".

¿Sirve combatir y sólo combatir, llamando diálogo a lo que es polemizar? Ciertamente, no. Sobre todo porque cuando se confunde el diálogo con la polémica, y quedan a la luz los efectos tan pobres de ésta, nos descorazonamos al adjudicar el fracaso al diálogo, cuando en verdad éste no ha tenido su oportunidad.

No podemos negar que vivimos en el tiempo de los polemizadores, de los expertos en ardides, de los sacerdotes de la desconfianza y la sospecha. Sin embargo, vale la pena ir esclareciendo las cosas mientras se espera el tiempo inexorable de la concordia. Sólo es cuestión de discernimiento y paciencia, ya que la humanidad, tras las batallas de los egos, tarde o temprano siempre apeló al reencuentro del sentido común, el sentido de todos.

Mientras que la polémica desgasta y roba energía, como lo hacen las guerras, el diálogo, el encuentro fecundo con la alteridad y el vínculo con lo diferente, genera sentido, ganas y entusiasmo.

Si así no fuera, hace tiempo nos habríamos extinguido porque todos estaríamos ocupados en guerrear, y nadie, en construir, cultivar, inventar, divertirse y generar vivencias significativas y entusiasmantes. Y en diversificar propuestas en clave de equipo.

Cada uno atiende a su juego, no hay problema con eso. Pero todos formamos parte de un juego mayor, más divertido e interesante que el que se juega al compás de los tambores de guerra ocultos tras la polémica y sus ardides, que hoy, sin dudas, han colonizado la escena de nuestra cotidianidad.

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