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Les Luthiers, el lado iluminado de la Luna

Opinión

Por   | Para LA NACION

 
 

ROSARIO.- El conjunto musical Les Luthiers ha cumplido hace poco 45 años. Vale la pena poner de relieve su perduración y su vigencia. El acompañamiento y el fervor de verdaderas multitudes. En eso, no ha existido intervalo. Tampoco fluctuaciones. En un país espasmódico, sin continuidad, oscilante, que ha sido atravesado en estos años por un millón de fiebres, la constancia de sus seguidores es una especie de excepción que confirma la regla.

La devoción por ellos no es un tema meramente musical. Excede y desborda el mundo del espectáculo. Ingresa en la sociología y en la política. En la política ancha, alta y honda. No en la discusión esquinera. Porque en los escenarios de esta casi mitad de siglo los componentes del conjunto han estado protagonizando ante nosotros algo muy superior a un espectáculo. Han estado mostrando que nuestro país puede ser mejor. Que la pulcritud existe. Que el talento tiene vigencia en su admirable humor.

Estos cinco juglares, aparte de su admirable capacidad musical y coral, exhiben ante la multitud que los mira una argentina distinta a la que -en general- leemos, vemos o padecemos. En estas décadas nunca han rebajado el nivel con el cual comenzaron. En la dicción, en la gesticulación, en las formidables parodias, se respira aire puro. No han hecho concesiones ni licencias indebidas. Observándolos, advertimos que nos respetan porque "se" respetan. Forman un pentágono benigno que, sabiéndolo o sin saber, nos educan con el ejemplo.

Les Luthiers son lo que la Argentina podría haber sido. O lo que tal vez, si somos optimistas, podemos volver a ser: mejores. Esta continuidad en la altura que significan como grupo sigue siendo en ellos lo que alguna vez protagonizó el país.

El impulso que nos levantó de la pampa hirsuta y deshabitada fue la obsesión por mejorar. Cuando una persona o un pueblo alienta ese deseo, ese estímulo tiñe su vida. Ese anhelo, esa ambición, consiguió la epopeya de fraguar, en las últimas décadas del siglo XIX, un país del primer mundo. El nudo paradojal, la dolorosa ironía, consiste en que en algunos aspectos lo continuamos siendo. La realidad, toda realidad, es compleja, múltiple, contradictoria. La de cada uno de nosotros y la de cada país.

La Argentina es, sin dudas, los costurones de pobreza de nuestro presente. Es el desaliño, la pereza, la típica avivada que siempre degrada; la pública, la privada, inmoralidad tolerada, aceptada, aplaudida y votada. Es la villa miseria alentada por una ausencia deliberada de política de frontera. Son muchos, demasiados pueblos desamparados de provincias rehenes de sus propios gobiernos. Pero también somos las ciudades testimoniales de una república que conserva el perfume de los constructores. Es Tres Arroyos, Junín, Pergamino, Rafaela, Casilda, San Rafael, Roque Sáenz Peña, Oberá, Villa María, Río IV. Esa república recóndita pero viva existe. Podríamos decir de ella lo que los noruegos dicen de la justicia: "A veces duerme, pero nunca muere".

No es afán demagógico exaltar en Les Luthiers nada desmesurado. Son testimoniales. Encarnan y ejemplifican lo que también hacen los premios nobeles de medicina argentinos. Lo que algunos deportistas, mujeres y hombres, personifican. La excelencia tiene, como la aristocracia, una carga. Lo espléndido -para ser admirable- debe traer pegado, como su piel, ciertos valores. Una idea perversa de la nobleza consiste en creer que es hereditaria. La nobleza, como la aristocracia, es siempre fundadora. Se puede ser hijo de un noble y ser patán y se puede ser noble siendo hijo de un patán. La síntesis pedagógica está en una máxima del escudo nobiliario de la familia Lara, en España: "Nos, no venimos de reyes; reyes vienen de nos".

El pecado mortal, la traición absoluta, consiste en adoctrinar al conjunto con la idea degradada de que la excelencia es elitismo indebido. La excelencia, el elitismo legítimo siempre han existido y siempre existirán. Y la duplicidad moral se manifiesta en que los populistas que sostienen la campaña antiexcelencia "saben" que Messi no juega al fútbol como cualquiera, "saben" que Favaloro, cuando existía, no era un cirujano cualquiera, y "saben" -aunque se hacen los burros- que no todos escriben como escribía Jorge Luis Borges.

Es una formidable ironía del destino que centenares de miles, millones llenen las canchas y los teatros y aplaudan la excelencia con las manos cuando con la cabeza elucubran teorías que la niegan. Tal vez y sin tal vez sean la venganza de la calidad sobre la ingratitud. La admiración es el tributo que pagan. Podríamos resumir diciendo que, sin saberlo, sin pretenderlo, se educan a pesar de ellos. En este aspecto Les Luthiers también son admirables. Porque no sólo son seguidos por aquellos que el común denomina educados, sino por todos. Porque la idea de que la inteligencia, el buen gusto, la impecable presencia es un producto para supuestos exquisitos es una idea profundamente reaccionaria. Tan reaccionaria como la actual idea puesta de moda por el oficialismo de turno de que la moral es otro atributo que está por encima o más allá del alcance del hombre o la mujer común.

Les Luthiers son una comprobación, por si eso fuera necesario, de que la excelencia educa y puede llegar a millones. Que no es necesaria la licencia indebida para hacerse entender. Que, como desde las épocas de Leonardo, el ostinato rigore es la madre, el padre y el espíritu santo de cualquier mejoramiento. Les Luthiers, hace 45 años, ejercitan con nobleza el milagro laico de nivelar por arriba.

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