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El análisis

Se atomiza en las urnas un mismo reclamo

El Mundo

Por   | Para LA NACION

 
 

El 25 de noviembre de 2012 fue bautizado por la prensa española "25-N", con la pretensión de pasar a la historia como una fecha bisagra, capaz de señalar un antes y un después en el destino de Cataluña. Pero el golpe sufrido ayer por Artur Mas apenas la redujo a una elección entre tantas otras, con un viejo nuevo escenario donde, al menos desde el gobierno catalán, no parecen esperarse ya más declaraciones altisonantes ni anuncios de secesión o rebelión contra el gobierno de Mariano Rajoy.

La insuficiente y fatigosa victoria del presidente de la Generalitat, la menos celebrada por los seguidores de Convergencia y Unión (CiU) desde el retorno de la democracia, tiró por la borda la posibilidad de que Cataluña diera el primer paso concreto, desde las instituciones, para llevar adelante su independencia en el corto o mediano plazo.

La excepcional conjunción de factores que aportaba la debilidad extrema del gobierno nacional, la crítica situación de las finanzas catalanas y el sostenido sentimiento antiespañol se encontraron ayer con el peor de los frenos en su evolución: el de la atomización del sufragio.

Si bien esta tendencia al crecimiento de la causa separatista, que parece irreversible, se tradujo en casi 60% de los votos cuando se suma a todos los partidos que propiciaban el referéndum, el único proyecto soberanista existente y consistente quedó ayer prácticamente archivado.

Sin embargo, el dispar apoyo electoral al secesionismo, que matizan nacionalistas e independentistas desde sus diferencias de base, ya no puede ser soslayado.

A pesar de que esta fuerza soberanista se apoya en forma desordenada sobre cinco partidos, su crecimiento no sólo se ha vuelto irreversible, sino que se refleja mucho más allá del nervioso escrutinio de anoche.

Desde la última celebración de la Diada, que sí se hizo merecedora de pasar a la posteridad bajo el rótulo de 11-S, los balcones y ventanas de miles de casas y departamentos de la región no dejaron de vestirse con banderas "estelades" (independentistas), al mismo tiempo que los ciudadanos de a pie perdieron el miedo a incluirla en sus charlas como la panacea para curar los males que aquejan a la Cataluña de hoy. Que no son pocos: una economía rescatada por Madrid, una deuda que alcanza el 22% del PBI español, cerca de 860.000 desocupados y una multitud de fábricas y comercios que han despedido personal o cerrado desde la crisis de 2008.

Las ansias por plasmar el sueño de un país independiente y despojado de la tutela histórica de España también son exudadas por un entorno cultural en el que es difícil encontrar chicos menores de 10 años que hablen con soltura y claridad el castellano.

Ese cambio y esa tendencia, que perdió ayer un líder, pero está lejos de morir, son los que signarán a la actual y próxima generación de catalanes. Pero, por sobre todas las cosas, los que no deben ser ignorados ni subestimados por el Palacio de la Moncloa si el deseo es que Cataluña, como lo exige la Constitución, forme parte "indisoluble" de España..

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