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El adiós a Carlos Floria

Política e historia bajo el signo del humanismo cristiano

Opinión
 
 

Una de las primeras imágenes que quedaron grabadas en la memoria de una larga amistad es la de un hombre en actitud de escuchar. Quien sabe escuchar es un incansable explorador de la atención que merece el prójimo. Curiosidad, empeño y respeto: Floria auscultó en el curso de su vida los signos políticos e históricos que se manifestaron en el siglo XX. Durante ese período, entre 1930 y 1983, la Argentina se internó en una crisis de legitimidad. Carlos percibió muy pronto ese destructivo fenómeno.

En medio de aquel torbellino de inestabilidad y violencia, Floria buscó siempre infundir sentido a un diálogo inscripto en el horizonte de la paz. El arte que combina la maestría del diálogo con los hallazgos de una intensa curiosidad intelectual fluía en él espontáneamente con la voz cordial del profesor, del divulgador y del animador de tertulias. Una voz suave, paciente, no exenta de humor y de una sobria percepción de la realidad. En un mundo adicto al énfasis y al grito de no pocos charlatanes, esta manera de discurrir y explicar sonaba por momentos a cosa extraordinaria.

Este estilo comenzó a cimentarlo su formación jurídica, atenta sobre todo al derecho político y constitucional, para abrirse de allí en más a las lecciones de la ciencia política y la historia. Sin haber obtenido un entrenamiento profesional, Floria fue pionero en transmitir una enseñanza que fusionaba ambas disciplinas. Lo hizo, en sus grandes líneas, mediante el cultivo de la historia política y la historia de las ideas. Ejemplos de ello son su Historia de los argentinos, escrita en colaboración con César García Belsunce, y su ajustado ensayo acerca de las Pasiones nacionalistas que brotaron en el mundo moderno y contemporáneo en relación con nuestro país.

Estos enfoques en torno de la historia y de la política no se acantonaron en el recinto académico. A través de la prensa, de innumerables conferencias y tomas de posición, Floria asumió resueltamente el rol del intelectual público que transformaba las materias que estudiaba e impartía desde su cátedra en la Facultad de Derecho de la UBA, en la Universidad del Salvador, la de Belgrano y la de San Andrés en piezas vivas, propias del campo más amplio de la opinión pública. Tal vez haya pretendido con ello emular a una pléyade de intelectuales en Europa y Estados Unidos a quienes conocía de primera mano y constantemente evocaba. Malraux, Aron, De Jouvenel, Sartori, Dahl, Grosser, Hofmann: la lista es larga tanto como su admiración a los que él llamaba sus maestros.

Mediador de esas inteligencias, Carlos pensó la política desde ese lugar de encuentro para procurar que en la Argentina se echaran las bases de lo que él llamaba un "régimen político legítimo" cuya "lógica interior" fuese capaz de dar a luz creencias compartidas por la ciudadanía hacia la reglas y principios de la democracia. De acuerdo con esta perspectiva, Floria impulsó como método político para salir del pantano del autoritarismo la estrategia de la transición política, según se desprendía de la experiencia que se puso en marcha en España luego de la muerte de Franco. Juzgaba que de la negociación, la deliberación y el consenso podría surgir el perfil de un régimen democrático con la virtud suficiente para superar los feroces antagonismos del pasado. Tal la historia que, por múltiples razones, no fructificó entre nosotros, a diferencia de la que después se desenvolvería en Uruguay, Brasil y Chile, nuestras repúblicas vecinas. Carlos atestiguó, pues, lo que pudo ser y al cabo no fue en la Argentina.

Para un testigo comprometido con los valores del humanismo cristiano, la esperanza raigal en una política hecha a la medida de la dignidad de la persona jamás abandonó su espíritu. En un libro que escribí en 2004 con Jean-Yves Calvez, El horizonte del nuevo siglo. Reflexiones sobre la justicia y la paz en el mundo, Calvez sostuvo que en este momento histórico "se necesita mucha reflexión, una reflexión continua y profunda, sobre lo que acontece en el hombre, en cada uno de nosotros, a causa de cualquier extensión de nuestro campo humano. Hay que descubrirlo dentro de sí mismo, recoger sus diversas experiencias, para creer en ello y enfrentar los riesgos. Y también comunicarlo". No hay, se me ocurre, mejor colofón para cerrar este testimonio que recuperar estas palabras de quien gozó, en las ricas conversaciones de Buenos Aires y París, de la amistad de Carlos Floria. Si bien los dos se han ido, ahora nos acompañan con la presencia del pensamiento.

© LA NACION.

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