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Las Islas Malvinas y los cruceros

Martes 27 de noviembre de 2012
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El aire se cortaba con un cuchillo el miércoles último en el cóctel de fin de año del Centro de Navegación, realizado en el Club House de un country de Pilar.

El ambiente marítimo no logra despertar de las pesadillas que sufrió este año. Comercialmente, el impacto de las trabas a las importaciones dejó heridas. Operativamente, la complicada relación y dependencia del servicio de remolque de los buques -tomado de hecho por un sindicato- ocasionó (y provoca aún) trastornos aparentemente inadvertidos por las autoridades. Es más fácil lograr un pronunciamiento de la comunidad marítima internacional en señal de repudio por los condicionamientos al remolque en los puertos argentinos que la contestación de una de las tantas cartas cursadas por la institución a ministros y secretarios argentinos.

La amargura, sin embargo, es un remolino que parece no tener fin. A escasas 24 horas de la inauguración oficial de la temporada de cruceros 2012-2013, que espera 162 buques sólo en Buenos Aires (un 15% más que en la temporada anterior), con medio millón de pasajeros, el sector recibió un duro golpe bajo: la agrupación Quebracho y el movimiento Gaucho Rivero irrumpieron en las oficinas de la agencia marítima Shipping Services, provocando destrozos en el edificio y reclamando la suspensión de la recalada de un crucero (el Aidacara, por el cual Carnival contrata a la agencia para cuestiones meramente operativas, no para la venta de pasajes) en las Islas Malvinas. La agencia se vio forzada a suspender, por carta, la recalada. Estos grupos quieren ahora que todas las agencias suspendan este tipo de servicios.

La noticia de la agresión activista llegó al exterior de la siguiente manera: la Argentina "ahorca" la economía de los isleños y "extorsiona" a Gran Bretaña. Tal como sucedió a principios de año con el Adonia de P&O y el Star Princess, que no pudieron recalar en Ushuaia, puerto que hace algunos años recibía apenas 15 cruceros, y que gracias al apoyo y la promoción de las líneas navieras hoy tiene 450 escalas.

La incoherencia y la orfandad política generan estas situaciones: cuestiones delicadas, y de Estado, navegan a la deriva. No se encontrará ni siquiera a un actor de la comunidad marítima naviera local que no defienda apasionadamente la recuperación de las Islas Malvinas. Pero por la vía diplomática, claro está, que es además la política oficial reconocida. Salvo que la heterodoxa diplomacia actual haya optado por recurrir a vías de amedrentamiento delegadas.

La industria de cruceros, el turismo receptivo, tiene un flanco desatendido: buque que vaya o vuelva de Malvinas no podrá tocar Ushuaia o Puerto Madryn por disposición aquellos grupos activistas. Aún cuando el Gobierno autorizó cada recalada y otorgó todos los permisos.

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