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Editorial II

Cambio de guardia en China

Opinión

Xi Jinping podrá imponer un estilo nuevo, pero difícilmente grandes reformas en un país donde las libertades y los derechos humanos no gozan de garantías

Después de toda una década en el poder, Hu Jintao ha dejado ya de tener en sus manos el timón político de China. Durante su gestión, China pasó de ser la sexta economía del mundo a ser la segunda, hoy superada solamente por la de los Estados Unidos. En ese mismo período, el ingreso per cápita de la población del país aumentó más de tres veces, hasta ubicarse en un promedio anual del orden de los 5000 dólares. Y las reservas del país pasaron de unos 287.000 millones de dólares a unos asombrosos 3,3 billones.

Al progreso económico se agregaron cambios estructurales. Al comienzo de la era de Hu Jintao, la población urbana china representaba el 38% del total; al cierre de ella, conforma la mitad. En esa misma década, los chinos que estaban comunicados a través de Internet pasaron de apenas unos 45 millones a más de 600 millones.

Hu Jintao logró redireccionar los flujos de inversión hasta entonces limitados sustancialmente a la franja costera del país hacia el postergado interior, dinamizando su crecimiento y disminuyendo las grandes diferencias de ingresos que existían entre el mundo urbano y el rural. A ello agregó la baja de la elevada presión impositiva que pesaba sobre el campo y el comienzo de la estructuración, desde la nada, de un sistema de seguridad social.

Más allá de los éxitos en materia económica, la transferencia del poder político y económico a las nuevas autoridades, ahora encabezadas por Xi Jinping, ha sido absolutamente opaca. Sigue siendo un país dominado férreamente por un partido único, como el fosilizado Partido Comunista. La corrupción es un fenómeno extendido, el medio ambiente sigue sufriendo una degradación notoria y las protestas sociales se han extendido por todo el país.

En materia económica se espera ahora un cambio que consista en privilegiar el consumo, desacelerando algo el ritmo de la inversión. En seis años entonces, el consumo chino, entonado, debería llegar a ser del orden del 45% del PBI, mientras que la inversión debería caer al 36% del PBI.

Con un Comité Ejecutivo del Politburó reducido ahora a sólo siete miembros, China busca mayor ejecutividad en la tarea de gobernar al inmenso país. Xi Jinping, nacido en 1953, liderará la nueva cúpula de gobierno. Doctorado en economía marxista, administrará un sistema en el que el capitalismo juega un papel cada vez más trascendente. Li Keqiang, dos años más joven que Xi Jinping, que alguna vez fuera el gobernador más joven de China, será su primer ministro. Los acompañarán Zhang Gaoli, de 66 años, a quien se considera uno de los economistas más respetados del Partido Comunista; Liu Yunshan, que tendrá a su cargo la poco democrática cartera de propaganda y censura a los medios; el duro Zhang Dejiang, educado en economía en Corea del Norte, a quien se tiene por un enemigo de la inversión externa y del sector privado; Yu Zhengsheng, un líder proveniente de la dinámica Shanghai, y Wang Qishan, otro economista reconocido, a quien se asignó la responsabilidad principal de la lucha contra la corrupción.

Xi deberá edificar confianza para detener la fuga de capitales de los sectores de mayores ingresos, y deberá seguir tecnificando el aparato productivo de su país y haciendo crecer una infraestructura imprescindible, ya gigantesca. También deberá esforzarse por mantener el control sobre los poderosos líderes militares, de los que es ya el comandante en jefe.

También deberá tratar de reducir la creciente agresividad en materia de política exterior, en particular cuando se trata de tensiones fronterizas, alimentadas por un nacionalismo creciente. Más afable que el poco flexible Hu Jintao, Xi Jinping seguramente impondrá un nuevo estilo, aunque con pocos cambios profundos en la estrategia política doméstica y externa que, seguramente, se mantendrá al menos en lo esencial..

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