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¡Ganamos! ¡Ganamos!

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El televisor en la "Pecera" estaba en una oficina del fondo del tercer piso. Víctimas y victimarios, sentados en sillas o en el piso, discutían en pleno partido si el Beto Alonso debía jugar o no. "¡Vamos Kempes!", alentaba uno. "¡Dale Passarella!", seguía otro. Gritaron juntos los goles del 6-0 a Perú. En el otro extremo del tercer piso, en el sector denominado "Capucha", los partidos, a veces, se escuchaban por radio. Lucho, un joven suboficial, ponía al Gordo Muñoz. Los detenidos estaban acostados en "cuchas" formadas por tabiques de madera de baja altura, encapuchados, esposados y con grilletes en los pies. Así, muchos de ellos también gritaron los goles. "Lo recuerdo como un momento de libertad", me dijo uno de ellos. En el sótano, aún en pleno partido, tal vez el torturador seguía con su tarea. Todos escuchaban los gritos de gol que llegaban del Monumental. El día de la final, los presos de la Pecera, que eran usados como mano de obra esclava, vieron el partido sin la compañía de los represores. Apenas concretada la victoria contra Holanda, el "Tigre" Jorge Acosta, condenado en 2011 a prisión perpetua por sus crímenes como dueño de la vida y la muerte en la ESMA, llegó eufórico y con los brazos levantados. Dio la mano a cada uno de los hombres y un beso a las mujeres. "¡Ganamos! ¡Ganamos!", decía feliz.

La ESMA, el nombre del horror, abre hoy nuevas audiencias para juzgar a 67 imputados para reparar a casi 800 víctimas, dos tercios de las cuales fueron asesinadas, en la tercera parte de una megacausa en la que declararán más de mil testigos durante dos años. En abril del 78, sus autoridades decidieron que había que entrevistar a César Menotti. El teniente de navío Juan Carlos Rolón y el capitán de corbeta Alberto González Menotti partieron a José C. Paz junto con Raúl Cubas, el preso elegido para arrancarle al DT alguna declaración pro dictadura. Al entrar en la Fundación Natalio Salvatori, Cubas ve al mismo suboficial que también hacía guardia en Capucha. Y dentro del edificio estaba como anfitrión el suboficial Víctor Cardó, jefe de guardia de Capucha. Cubas se ubicó al costado izquierdo de la mesa de Menotti, con Rolón, oficial de inteligencia y torturador, sentado delante suyo. Quería que su familia supiera que estaba vivo. Una foto de la nacion al día siguiente registró la escena. Era un desaparecido en la conferencia de prensa del DT de la selección. "Estoy aquí -se decía-, pero en realidad no pertenezco a este mundo." Terminada la conferencia, pidió a Rolón que lo dejara acercarse solo a Menotti, le mostró al DT una credencial del Ministerio de Relaciones Exteriores y pidió hacerle unas preguntas. Le temblaban las piernas. En el bolsillo tenía una lista con los nombres de las veinte personas que estaban con él presas en la Pecera. No se animó a dársela. "No me hubiese creído, podía pensar que era un «servicio» y que le estaba poniendo un «peine»."

A Graciela Daleo, igual que a otros presos de la Pecera, la sacaron en auto para que viera con sus propios ojos la fiesta popular. El prefecto Héctor Antonio Febres, que murió en 2007, después de que la fiscalía pidió 25 años de prisión en su contra, autorizó a Daleo a asomarse por el techo corredizo. El Peugeot 504 no podía avanzar por la avenida Cabildo, bloqueada por un carnaval de gente, banderas y cantos. "Fue un momento de terrible soledad", me dijo hace tiempo Daleo. "Podría haber gritado como cuando me secuestraron, pero tuve la certeza, lloraba, de que si yo me ponía a gritar que era una desaparecida, nadie me daba pelota." Era imposible llegar siquiera a la calle Juramento y, en lugar de ir al Obelisco, Febres, alias "Selva", giró hacia una parrilla de Martínez. Los ojos tristes de La Negra, una compañera a la que le metieron kerosene en la nariz, entre otros tormentos, la miraban desde la silla de enfrente. En todas las mesas el ambiente era de puro festejo. Todos comían, saltaban, gritaban. "¡Argentina! ¡Argentina!" Daleo también. "Hasta que en un momento sentí que me moría y pedí permiso para ir al baño. Cerré la puerta, saqué el lápiz de labios y empecé a escribir en la pared: «Massera asesino, milicos asesinos, vivan los Montoneros». Sentí que seguía siendo una persona." Todos volvieron luego a la ESMA.

Cubas, fana de River, siempre tuvo en blanco qué hizo la noche de la final. Hasta que su madre le recordó que sus captores le dieron un fin de semana libre y que se fue a celebrar al Obelisco. Fue con sus padres en el Chevrolet 400. Subió a sus hombros a María José, hija de Georgina, uno de los dos hermanos que ya estaban desaparecidos. "Me quedé de una pieza cuando me lo dijo. Evidentemente -me contó una vez Cubas-, la memoria actúa guardando las cosas que uno no quiere recordar. Creo que como en ese momento estaba destruido y anulado políticamente se me liberó el hincha, un instante de libertad en el medio de esa, cómo se llama, locura." La ESMA, el mayor centro de detención, tortura y exterminio de la dictadura, por el que pasaron unas cinco mil víctimas, era símbolo del horror a sólo 700 metros de la fiesta de River. Hoy puede sonar insólito. Entre los pocos que sí lo sabían durante el Mundial había periodistas europeos, sin información censurada. Algunos, en el partido inaugural, caminaron a lo alto de la tribuna para ver si divisaban la ESMA. En 2008, en el trigésimo aniversario de la conquista del Mundial, organismos de derechos humanos marcharon de la ESMA al Monumental a modo de abrazo al fútbol, para eximirlo de supuestas culpas. El plantel campeón mundial, aún desconfiado, asistió al acto con representación mínima, pero los organizadores quisieron dejar claro que Kempes era el "Matador" y que Videla fue el asesino.

El deporte, eso sí -escribió el periodista Fernando Ferreira en el libro Hechos pelota -, sirvió de refugio para muchos en los años oscuros. "Sobrevivir sin mirar, sin oír, sin saber y, sobre todo, sin querer entender." Algunos pueblos, necesitados de volver a levantarse sin mirar horrores pasados, apelaron en su momento al "derecho al olvido". No es una fórmula que interese a la democracia argentina, empeñada en seguir reparando el daño causado por el terrorismo de Estado. Desde el primer histórico juicio a las juntas hasta la reapertura de las causas en los últimos años. Según registros oficiales, ya hay 339 condenados -sólo 50 con condena firme- y 971 procesados por las violaciones de los derechos humanos de Videla y compañía. Juicios que en 2012 se han extendido a todo el país y alcanzan a civiles también obligados a rendir cuenta de un pasado que se reabre todo el tiempo, incluso desde el arte, como el film con posible destino de Oscar Infancia clandestina , una mirada distinta, menos romántica, sobre la militancia de los 70. "Olvidar -recuerda Manfred Osten en el libro La memoria robada - perdió la inocencia." Y dice que quien quiera olvidar deberá estar preparado a responder una pregunta acaso dolorosa: "¿Por qué?". Osvaldo Ardiles, uno de los grandes campeones del 78, cuenta que, años más tarde, cuando ya no hubo forma de seguir mirando hacia otro lado, se preguntó muchas veces para qué podrían haber servido en el 78 los triunfos del Mundial. Porque, por un lado, el torturador de la ESMA, acaso alegre después de cada triunfo, podía "ablandar" entonces el tormento. Pero, por otro, pensaba Ardiles, esa misma victoria podría haberle dado más tiempo de permanencia a la dictadura. Ardiles dice que jamás tuvo la respuesta..

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