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Los empresarios no podemos mirar para otro lado

Opinión

Por   | Para LA NACION

Nosotros los empresarios no podemos seguir callados y pasivos o mirando para otro lado, mientras la Argentina sigue rumbos peligrosos y pierde oportunidades día tras día.

¿Qué esperamos para actuar? ¿Más inflación? ¿Más infraestructura destruida, más confiscaciones? ¿Más inseguridad física y jurídica? ¿Más presión impositiva, ya agobiante? ¿Más intervención de funcionarios en nuestros negocios fijando precios, cupos de exportación o importación? ¿Más restricción cambiaria? ¿Más pérdida de competitividad frente a la proliferación de conflictos, aprietes, multiplicación de feriados y fomento oficial de un consumismo no sustentable?

Hasta ahora, salvo excepciones, el silencio o las medias palabras han sido lo corriente. La autocensura es uno de los primeros escalones hacia el totalitarismo. Nace del temor a la represalia, pero también del intento de negociar mano a mano para obtener un trato preferencial por parte del Gobierno.

Los empresarios sabemos lo que está sucediendo en nuestro país y las pruebas más evidentes son las bajas tasas de inversión genuina de largo plazo, la fuga de capitales, el intento de bajar el perfil y, si es posible, evitar expresarse públicamente. Una excepción en este sentido es el sector agropecuario y algún empresario industrial corajudo. Todo esto sucede en un país con enormes recursos que podría estar aprovechando al máximo el viento a favor de los últimos años para generar trabajo, bienestar y progreso genuino.

El retraso argentino frente al mundo viene de lejos, de alrededor de 80 años atrás, y si bien en algunos años de las últimas dos décadas se registraron buenas tasas de crecimiento, la fragilidad de nuestra economía y de nuestras instituciones se hace cada día más evidente. La facilidad en las comunicaciones lo hace visible. Hoy deberíamos ser líderes en producción de energía y agro alimentos, pero no es así. Además, se nos ignora o desprecia por nuestros recurrentes y variados conflictos con distintos países y organismos internacionales.

Vemos con preocupación la caída en el nivel educativo y la "fuga de cerebros", primero para estudiar y luego para trabajar en el exterior. Muchos tratan de volver, pero no encuentran cómo reinsertarse en una sociedad crispada y confundida, que no prioriza el mérito, la capacidad y los valores morales sino el "sálvese quien pueda".

Últimamente ni siquiera sabemos los verdaderos resultados ni el valor de las empresas porque la moneda está debilitada por la inflación, los múltiples tipos de cambio, la imposibilidad de amortizar correctamente los bienes de uso, etc.

Estamos privilegiando la rentabilidad de corto plazo frente a la caída de valor de las empresas y el deterioro del contexto general. Nuestro mercado de capitales casi no existe; la Justicia ha perdido credibilidad y el Congreso ha resignado a favor del Ejecutivo facultades que le son propias.

¿Qué hacer? Ante todo, reconocer la realidad, no mentir ni mentirnos.

Nuestras instituciones representativas deben hacer una profunda introspección y asumir posiciones concretas y constructivas aun a riesgo de sufrir represalias. La actual agonía es peor que permanecer callado y, por otra parte, si somos muchos los que hablamos, el riesgo de represalias disminuirá.

Los empresarios necesitamos y debemos demandar y ejercer la imprescindible libertad de expresarnos, decidir qué vender, a qué mercados y a qué precios, aceptando la competencia interna y externa, y prescindiendo de subsidios o dádivas particulares. Así crecerá la inversión genuina y se crearán puestos de trabajo verdaderamente productivos. Pero también se necesita un marco que sí debe proveer el Estado: moneda sana, una Justicia rápida y confiable, y un Congreso que discuta, legisle y controle la marcha de los negocios públicos.

Si empezamos a recorrer este camino seguramente nuestros hijos podrían encontrar más y mejores oportunidades de volcar su esfuerzo y conocimiento en el país; volverá la inversión genuina y las obras de largo plazo que generen trabajo digno y bienestar para todos.

En tiempos de tanta confusión, los empresarios tenemos una responsabilidad social como dirigentes: encender las luces altas y ampliar el horizonte, aprendiendo de lo que las dirigencias de otros países, muchos con menos recursos que la Argentina, hicieron por su progreso.

© LA NACION.

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