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Editorial

En la casa, los chicos solo deben estudiar y jugar

Comunidad

 
 

Jugar, estudiar, recibir el amor de sus padres y del resto de la familia, sí. Pero trabajar en casa como un adulto, no. Esa debería ser la norma para todos los hogares en la Argentina. Sin embargo, no lo es: lamentablemente, el trabajo doméstico de los niños es el más invisible de todos y el que todavía la mayor parte de la sociedad acepta sin siquiera cuestionárselo.

Una larga tradición pesa en este tema: antes, nunca había estado mal visto que los niños, sobre todo las niñas -aquí también se trata de una cuestión de género-, ayudaran en los trabajos de la casa: cuidar de los hermanitos menores, comprar los alimentos y hasta hacer muchas veces la comida, limpiar, planchar. Pero hace varios años que para la Organización Internacional del Trabajo (OIT) se habla de trabajo infantil doméstico (TID) cuando se realizan tareas domésticas con una duración de más de tres horas diarias o 15 semanales, en los menores de 16 años, y de más de seis horas diarias o 36 semanales entre los 16 y los 18 años.

Los padres o los abuelos que recurren a los niños de la casa para este trabajo no son conscientes casi nunca de las consecuencias que tienen para ellos: riesgos en la salud, retraso o abandono escolar, pérdida de la posibilidad de jugar y tener momentos de recreación acordes con su edad, y la carga psicológica de verse obligados a sumir responsabilidades adultas que no les corresponden.

Por supuesto, esta realidad, que en nuestro país está empezando a documentarse tanto desde el ámbito estatal como del privado, está estrechamente relacionada con el nivel económico y social de los hogares. Según datos del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina, son 701.695 los menores de 18 años que realizan trabajo doméstico intensivo (el 7,8% del total).

La mayoría de las niñas que realizan trabajo infantil doméstico intensivo tienen madres que deben salir a trabajar a su vez en labores domésticas y no pueden estar junto a sus hijos para criarlos; en el futuro, estas niñas reproducirán el modelo familiar y laboral. Aunque los índices son menores para los varones, también ellos deben ayudar: en estos casos, los chicos trabajan afuera (por ejemplo, como cartoneros) y, luego, se ven obligados a hacerlo también en la casa.

La creación de la Asignación Universal por Hijo (AUH) y la jornada escolar extendida han sido instrumentos utilísimos a la hora de poder ponerle cifras a este fenómeno social tan invisible, como ya dijimos. Ahora es imposible seguir negándolo; ha llegado el momento de que, desde el Estado en primer lugar, y desde el resto de la sociedad, después, se aúnen esfuerzos para terminar con esta situación que no sólo es injusta, sino que predice un futuro aciago para nuestros jóvenes y para la comunidad en su conjunto..

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