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Editorial I

Los gobiernos autoritarios y la libertad de prensa

Opinión

Cuando los medios dicen lo que el Estado quiere que digan, no cumplen con su función de permitir que la ciudadanía pueda oír y ver para fiscalizar al Gobierno

Uno de los más respetados ministros de nuestra Corte Suprema de Justicia, Carlos Fayt, recuerda en una de sus obras que Napoleón Bonaparte -que un día después del golpe de Brumario había exclamado ante sus cómplices que temía más a una gaceta que a un ejército fue el primer tirano que utilizó en su provecho la fuerza de la prensa, procurando transformarla en secuaz de su opresión, llegando a limitar los diarios y a señalar cuáles debían ser las materias de sus editoriales y noticias, a su solo y exclusivo arbitrio. No fue ciertamente el último tirano que actuó de ese modo. La historia nos enseña, por lo demás, que los gobernantes autoritarios siempre procuran limitar la libertad de expresión.

Tanto es así que recientemente otro gobernante autoritario en este caso, uno de los que hoy abundan en nuestro propio vecindario-, el presidente de Ecuador, Rafael Correa, está proponiendo no sólo aumentar lo que él denomina los "controles democráticos", esto es, la censura sobre los medios, sino convertir la libertad de expresión en una "función del Estado".

De esa manera, su gobierno tendría lo que seguramente ambiciona: el control sobre lo que se divulga en los medios. Podría entonces reforzar su reconocida arbitrariedad, instalar sin competencia su discurso único, eliminar las críticas, desterrar el pluralismo e instalar un clima de impunidad total en su favor, sin tener que rendir jamás cuentas debidamente.

Para un político torcido, poder controlar a los medios supone, además, estar en condiciones de dirigir en su favor la discusión política e influenciar a los votantes al tiempo de los sufragios, razón por la cual el doctor Fayt recuerda que "no puede haber sufragio consciente sin prensa libre".

Y es efectivamente así. Sin prensa libre e independiente no sólo peligra la información veraz, sino que el debate democrático queda enseguida empobrecido. Por todo esto, la libertad de prensa es absolutamente indispensable en las democracias reales. Porque es a través de ella que la ciudadanía puede ver y oír para poder fiscalizar la acción de gobierno; denunciar y prevenir la corrupción, y asumir el imprescindible rol de centinela de sus propias libertades.

Consciente de lo dicho, el mencionado ministro de la Corte sostiene que en una democracia la negación de la libertad de prensa es un absurdo. Y agrega, con precisión, que la libertad de prensa ampara a todo el conjunto de operaciones indispensables para el funcionamiento y la gestación de los diarios y revistas. Desde la preparación de sus contenidos y su libre selección hasta la búsqueda de la información, la redacción, la impresión, la disponibilidad del papel, la tinta y los demás elementos necesarios, así como la distribución, el transporte, la circulación y hasta la venta de los respectivos ejemplares.

Cuando la libertad de expresión está amenazada como pocas veces en la historia de nuestra vida democrática, es tiempo de resaltar las verdades precedentes. Porque cuando los medios dicen lo que el Estado quiere que digan, la libertad de expresión ha desaparecido.

Ocurre que, como señaló Rafael Bielsa, "las restricciones a la libertad de prensa son el error más caro, el acto más inepto y poco inteligente de un gobierno. Y el monopolio oficial de la prensa, mucho peor".

Por eso nuestra Constitución Nacional confiere a la libertad de prensa una posición de privilegio y contiene una norma sabia: aquella que claramente prohíbe al Congreso de la Nación dictar leyes que, de cualquier manera, la limiten. Sólo una prensa libre del control del gobierno puede ser instrumento de la verdad y asegurar que el pueblo todo pueda disponer de la información que necesita para ser y sentirse soberano..

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