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El terror de que no haya 7-D

Política
 
 

Una pesadilla trastocó los preparativos de la fiesta. Ahora que el 7-D es mañana, el Gobierno se topó, espantado, con la posibilidad de una derrota épica en la batalla política en la que invierte energías y recursos ilimitados desde hace meses.

El temor a que la Cámara Civil y Comercial extienda la protección para Clarín en la causa de la ley de medios desató la reacción más feroz del kirchnerismo sobre la Justicia en sus nueve años de tensiones cotidianas con los jueces. Atormentado, el ministro Julio Alak jugó la carta del conflicto de poderes.

Alak puso la cara para salvar del fracaso la estrategia que el Gobierno había desplegado para coronar el desguace de Clarín. Recusó a todos los jueces del tribunal, pidió anular los fallos de los últimos días que dejaron el terreno preparado para decidir sobre la medida cautelar y llegó al extremo de advertir que otra sentencia que proteja a la empresa ahora "será un alzamiento".

No se preocupó siquiera de enmascarar que se trataba de una movida desesperada. Si mañana resultara ser al final un viernes cualquiera, la presidenta Cristina Kirchner se enfrentaría a una frustración mayúscula para terminar un año poco pródigo en buenas noticias para el oficialismo.

Alak ahondó en la estrategia de atemorizar. Sólo así se entienden las denuncias y amenazas sobre los jueces a los que el Gobierno, como parte en el juicio, se propone convencer. ¿Se animarán esos camaristas a fallar a favor de Clarín cuando los principales referentes del kirchnerismo advierten que eso equivaldría a un golpe de Estado? ¿Continuarán con la vorágine de fallos de los últimos días o preferirán, como parecía anoche, la cautela de pedir a otros que resuelvan las recusaciones que plantea el Poder Ejecutivo? En síntesis: ¿dejarán o no que el Gobierno tenga su 7-D en paz?

La incertidumbre atragantaba a los principales referentes del kirchnerismo ayer. Creían que la presión inicial sobre los camaristas alcanzaría para evitar cualquier decisión judicial antes de la fecha que la Corte Suprema fijó como límite para la medida cautelar que impide la aplicación a esa empresa de los artículos de la ley de medios que la obligarían a reducir su negocio y a vender medios.

Algo empezó a cambiar en el humor kirchnerista desde el fallo de la Corte de la semana pasada, en el que se negó a intervenir a favor de la empresa, pero ordenó una actuación urgente de las instancias inferiores.

En primera instancia, el juez que debe decidir si son o no constitucionales los artículos de la ley que cuestiona Clarín difícilmente llegue a emitir sentencia hasta el año próximo. Pero los camaristas, un grupo de gente irritada por las acusaciones oficialistas, acataron sin dilaciones el pedido de la Corte y parecían encaminarse a resolver cuanto antes el pedido de Clarín para extender la cautelar que ampara a la empresa. Rechazaron una tras otra las recusaciones que había interpuesto el Gobierno contra los jueces que deben entender en el caso y dejaron un tribunal listo para decidir.

Fue todo demasiado rápido, según la Casa Rosada. Dio vuelta el argumento que había usado hasta hace días, cuando acusaba a la Justicia por la lentitud con la que tramitó la causa Clarín.

El estrés del 7-D desnudó ciertas impericias de Alak y del resto del equipo dedicado en público a la estrategia legal del Gobierno -el consejero Hernán Ordiales y el senador Marcelo Fuentes-. No consiguieron torcer el juicio en su favor sólo con la presión furibunda que ejercieron contra los jueces. Y se expusieron ellos mismos a denuncias penales por parte de la oposición, que consideró "un atentado contra la democracia" el tenor de sus advertencias.

En sectores del oficialismo llegaron a temer incluso que el alegato de ayer de Alak y su gente terminara por convencer a los camaristas de que debían votar contra el Gobierno antes del 7-D.

Más temprano que tarde el conflicto aterrizará en la Corte Suprema. Los siete ministros dieron hasta ahora señales de equilibrio que reflejan las tensiones entre ellos. Nadie se atreve a vaticinar hoy cómo saldría una votación en el tribunal sobre el fondo de la cuestión en el caso Clarín. En la previa a lo inevitable, ellos negocian cada palabra que escriben y votan minuciosamente en bloque.

Lejos de buscar un acercamiento, el Gobierno también puso explosivos en los puentes hacia el tribunal. Las presiones a los camaristas ponen a los miembros de la Corte en una posición incómoda. Por más que lo intenten, no pueden desoír la preocupación que invade a un grupo importante de magistrados. Al menos no sin erosionar su prestigio.

En medio de esto, ayer mismo el Gobierno volvió a mostrarse poco dispuesto a acatar las órdenes del tribunal relacionadas con los juicios por jubilaciones.

¿Aceptaría, entonces, detener la ofensiva del 7-D si la Cámara extendiera la medida cautelar que protege a Clarín? En despachos oficialistas se analizaba ayer la posibilidad de apelar de urgencia a la Corte o hasta organizar una movilización de protesta hacia los tribunales para mañana mismo si se cristalizara ese escenario.

Sería paradójico. Es el drama que el propio Gobierno creó. Con su millonario despliegue de propaganda estatal, construyó el mito del 7-D. Llegó al punto de decir que ese día marcaría el verdadero inicio de la democracia en la Argentina. La Presidenta puso a todo su gabinete a trabajar en la construcción de esa fantasía.

¿Cómo ocultaría el Gobierno su derrota si no consigue imponer su voluntad en la fecha señalada? ¿Cómo podría mostrarse triunfador en la convocatoria popular que hizo para el domingo, con la intención de celebrar al mismo tiempo los cinco años de Cristina Kirchner en el poder y el fin de Clarín tal como se lo conoció?

El poder peronista mira la película desde una butaca lejana. Gobernadores y dirigentes de peso evitaron deliberadamente sumarse a la batalla en los días previos al 7-D. Ellos vislumbran que el desguace de Clarín es la gran apuesta del Gobierno para mostrarse poderoso y reflotar la idea de una posible sucesión eterna de Cristina Kirchner, un plan que se desinfló día tras día en los últimos meses.

Esa debilidad creciente es la que agiganta el drama del 7-D y explica por qué el Gobierno ve sólo dos caminos para las próximas horas: fiesta o crisis..

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