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Estudios culturales

La tolerancia social de los argentinos a la infidelidad... ajena

Sábado

¿Un affaire sexual podría arruinar aquí una carrera, como ocurrió con el jefe de la CIA?; especialistas analizan los diversos escenarios

Por   | LA NACION

Si el ex director de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA), David Petraeus , hubiera desarrollado sus funciones en la Argentina, muy probablemente nadie hubiera osado exigirle su renuncia. Tampoco se le hubiera apagado la carrera política al ex gobernador de Carolina del Norte Mark Sanford, un republicano presidenciable hasta que se conoció su affaire con la argentina María Belén Chapur, con quien hoy está formalmente comprometido.

Más sintonizada con la moral europea que con la norteamericana, de raíz puritana, en la Argentina cuesta encontrar algún antecedente que hubiera empujado a la renuncia a algún funcionario público por una infidelidad. Silvio Berlusconi salió siempre indemne de su voracidad sexual mientras fue primer ministro. Al sepelio de François Mitterrand asistieron su esposa y la que era su amante mientras gobernaba los destinos de Francia.

Para los políticos argentinos, vulnerar ese deber que es la obligación de fidelidad en el matrimonio -para algunos anacrónico como lo demuestra el anteproyecto de reforma del Código Civil- no es pasible de sanciones. Ni siquiera de señalamientos.

En el más alto nivel de liderazgo político, conductas incluso cuestionadas en su ética y moral han sido aceptadas por el Estado argentino: Juan D. Perón se reblandeció cuando frecuentaba en Olivos a las adolescentes de la Unión de Estudiantes Secundarios Femeninos y se vinculó sentimentalmente con la quinceañera Nelly Rivas. Raúl Alfonsín ocupó el sillón de Rivadavia flanqueado por dos mujeres: su esposa, María Lorenza Barreneche, y su secretaria o compañera real, Margarita Ronco. Voces indiscretas revelaron incluso en un programa de chimentos la relación clandestina de un año y medio de Alfonsín con la cantante Daniela, conocida por su hit "Endúlzame que soy café", mientras éste ocupaba la primera magistratura.

Hoy la cofradía política se escuda en el artículo 19 de la Constitución Nacional que ubica a las acciones privadas de los hombres por fuera del alcance de los magistrados, mientras no ofendan la moral pública ni perjudiquen a terceros. Aunque en las infidelidades suele haber terceros perjudicados.

El legislador Federico Pinedo (Pro) es un acérrimo defensor de ese concepto. "Por suerte en la Argentina, no hay moral de Estado", señala lacónicamente a LA NACION. Otros políticos consultados se excusaron de opinar sobre el tema.

¿Cuál es el grado de tolerancia social en nuestro país para una transgresión tan común y extendida como son en los hechos las aventuras extramaritales?

La pregunta encuentra respuestas más o menos taxativas sólo por sectores. Al tratarse de un dilema vinculado con la esfera privada de las personas y estrictamente subjetivo, éstas difieren ya no sólo entre sectores y culturas organizacionales, también entre los géneros. Pero donde no hay dudas es en la condena manifiesta dentro del ámbito laboral, cuando la transgresión involucra a empleados de distintas jerarquías de una misma organización. Muchas multinacionales cuentan con estrictos códigos de ética que deben firmar sus empleados para desalentar los vínculos, incluso entre pares, según refieren los consultores en Recursos Humanos.

"De la extrema intromisión de las empresas en la vida privada de sus empleados, donde en los años 60 llegaban a alquilarles las casas de veraneo como un beneficio, hoy las organizaciones toman cada vez más distancia en esas cuestiones privadas si suceden puertas afuera: ni las aceptan ni las condenan. No se meten, ya que, si no, pasan a ser parte del problema", instruye el consultor Bernardo Hidalgo.

Tampoco se sopesan las conductas de ese tipo al momento de seleccionar a un líder o ungir a un CEO, al que no se le exige virtuosismo moral, agrega, mientras la amante, estable u ocasional no sea parte de la compañía.

"En esos casos, surge el conflicto de intereses, con sus seguras consecuencias de favoritismo, quiebre de la confidencialidad y otras conductas improcedentes que lesionan al resto de los empleados de un equipo. Pero ese tipo de relaciones tienen siempre vida corta al tomar estado público: uno de los dos será despedido. Y siempre el más perjudicado es el de menor jerarquía", señala Hidalgo.

Hay un doble discurso de raíz machista en la faz laboral, según refiere la consultora Agustina Paz. "En vez de exigirle una probidad integral, si el líder es exitoso y carismático, para el resto de sus subordinados varones, hasta es esperable que tenga amoríos.

"Eso indirectamente ratifica su estatus de líder. No se lo cuestiona por sus actos privados, mientras que no impacten en los resultados de la compañía. En cambio, una mujer de igual jerarquía será muy posiblemente denostada y su liderazgo, más vulnerable", agrega.

Desde la mirada psicoanalítica se comparte, de alguna manera, esa creencia: "La estructura masculina machista es poligámica y puede disociar entre el amor y el sexo. Para la mujer, es más difícil. En los hechos, el líder machista oscila entre su deseo poligámico y el apego a las normas y tradiciones sociales, que le exigen su investidura -dice el psiquiatra Andrés Rascovsky-. La contradicción más común es, justamente, que el lugar de poder que ocupa le abre la puerta a la permisividad. Y quien tiene poder lo usa".

El filósofo Guido Mizrahi cree que más que una evolución en los parámetros morales para la condena, tolerancia o aceptación social de la infidelidad, lo que define a esta época "es la resignación ante una conducta enraizada como algo natural, cuando no lo es".

"Hoy vivimos una crisis terminal de valores éticos y morales que producen problemas nuevos, sin referencia a una ética determinada. Por eso arrecian los malestares epidémicos: las depresiones, angustias existenciales y el desconcierto generalizado -explica-. Kant, que defendía la autonomía individual, hablaba del imperativo categórico: Cualquier acción del hombre, decía, debe ser juzgada en su aplicación universal. Por ello, me inclino por pensar que la infidelidad está muy lejos de ser socialmente aceptada o tolerada.".

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