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La otra cara del Delta, en canoa y bajo las estrellas

Un recorrido nocturno por ríos y arroyos de Tigre permite redescubrir un lugar único

Sábado 08 de diciembre de 2012
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LA NACION
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Nunca había remado. Hasta ahora prefería las embarcaciones de motor. Y la propuesta me llevaba otra vez al Delta, pero esta vez en canoa. El delta del Paraná es una región única, de una vegetación fulgurante que siempre atrapa. Conmigo lo hizo hace varios años, cuando descubrí veranos (y algunos inviernos luego), en una pequeña casa alquilada junto con amigos, a orillas del Caraguatá.

Pero ya hacía tiempo que no lo visitaba, y por nada iba a perderme aquella salida nocturna a la que había sido invitada: navegar por canales y arroyos solitarios en la oscuridad de la noche, bajo la luz de la luna y en una canoa canadiense construida íntegramente a mano.

El día anterior a la salida no podía dejar de pensar cómo no había hecho esa experiencia mucho antes. Había pasado días, semanas enteras en la isla (esa primera sección que el río Luján separa del cemento, de Tigre continente, como lo llaman los isleños). Pero ésta era una travesía secreta. Eso pensé, una pequeña aventura que me había sido destinada con un propósito especial. Después de la salida, logré comprender que no era una experiencia más, sino más bien un redescubrimiento. Creemos conocer algún lugar hasta que aparece una cara oculta. La del Delta de noche, en este caso. Eso sí, sin ayuda ni ruido de motores.

El responsable fue Lucas Miguez (39), casi arqueólogo, isleño por algunos años, luthier y guía de turismo, al frente de Selk'nam canoas. "Así se denominaban los onas en su lengua nativa", responde Lucas al preguntar por el origen del nombre. Como estos aborígenes, este artesano tigrense también se desplaza todos los días en sus canoas de madera. Vive en la ciudad, pero su refugio está en el Delta, sobre el arroyo Gambado. Sus dos hijas, contará luego, también van a la escuela en la isla. "Nadie le quitará esa experiencia maravillosa", dice.

Un libro que llegó inesperadamente a sus manos fue el responsable de su destino. Bajo el obvio título de Cómo construir canoas, la vida de Lucas hizo foco allí. La primera fue sólo con la intención de salir a remar. Pero desde hace unos 15 años se dedica a este oficio (a punto de perderse para siempre) y construye estas piezas únicas de madera, ligeras, resistentes y de bajo mantenimiento. "Son perfectas para el Delta", asevera. Cada una le lleva unos dos meses de trabajo, y la que abordamos esa noche junto con un grupo de cinco personas era del tipo esquimal, para cazar focas. Pero nosotros salimos a navegar a remo en una noche estrellada. Nada de objetivos heroicos ni de supervivencia.

El encuentro pautado con Lucas era en la bajada del Club Hispano, unos quince minutos antes de las 21. No fue difícil reconocerlo. Estaba junto a su canoa, brillante, de proporciones perfectas. Imposible no reparar en ella, como lo hacían todos los que caminaban por la rambla del Paseo Victorica. Nosotros éramos simples turistas aquella noche, pero subir a bordo de esa canoa que tanto llamaba la atención me envanecía un poco. Éramos los privilegiados.

Las instrucciones de Lucas antes de zarpar son breves. Aconseja acomodar las mochilas en bolsas impermeables y recordar dos directivas, nada más. "Remen, no remen." Para un grupo de inexpertos en su mayoría, la cosa parecía bastante fácil. Y resultó así apenas la canoa comenzó a deslizarse por el Luján. Al principio, debo confesar, costó sincronizar la cadencia de las paladas. Luego pensé que el trabajo en equipo daba sus resultados, hasta que advertí el ímpetu de Lucas instalado en la popa, dirigiendo todo bajo su empuñadura de madera.

Después de cruzar el Luján, bastante concurrido esa noche, remontamos el Fulminante, y allí el paisaje comienza a cambiar. Los ojos atentos no pueden con la densidad nocturna. La brisa se siente más plena en la cara, el olor de la tierra y el aroma de los tilos se percibe de a ráfagas, y Lucas identifica el canto de las aves. "No remen", dice Lucas, y la canoa flota en medio de un silencio oscuro, casi fantasmagórico.

Avanzando por el Fulminante, y casi sin darnos cuenta, llegamos de pronto a una laguna, sin nombre oficial, pero conocida como "Del aprendiz". Así la llaman porque los jóvenes vienen a practicar con sus tablas y motos de agua. Pero hay detrás otra historia, una de las miles de leyendas que habitan en la región con su halo de misterio, y es la que Lucas elige contarnos esa noche. La canoa se detuvo en medio de la laguna... "El Fulminante debe su nombre a un buque de guerra que estuvo fondeado aquí, y donde funcionaban los talleres de mecánica de la Marina. Un mediodía de 1877 una violenta explosión incendió el barco, y el estallido fue tan grande que algunas esquirlas del buque fueron encontradas en San Fernando. El motivo certero de la explosión nunca se supo, pero el incendio dejó 12 personas muertas y una gran conmoción en todo el pueblo."

De repente, como de la nada misma, una lancha fondeada cerca de un pajonal, que yo no había visto, aunque varios de mis compañeros sí, encendió el motor. Estaba algo lejos y no llegué a saltar de la canoa, pero me estremecí un poquito. "¿La habían visto?", consultó al grupo Lucas, con una sonrisa irónica. Pero la historia sigue. En los años 20, un dragado para mantener el río abierto encontró la caja de caudales del buque. Las leyendas llegaron detrás del hallazgo. "Algunos remeros cuentan que, de noche, un personaje invisible tira de los remos cuando alguien pasa en su embarcación. Le dicen el jalador, y más de uno jura haberlo sentido."

Nos vamos de allí, bromeando con el jalador, pero atentos a las paladas. Pasamos por la casa de Haroldo Conti, ya convertida en museo, y llegamos al refugio de Selk'nam, donde en el muelle se vislumbra una mesa, copas, botellas de vino y una picada. Todo, exquisito, y responsabilidad de Inés, la mujer de Lucas. Ése es el momento ideal para conocer al grupo. Una instructora de yoga y su esposo y un vendedor de seguros y su mujer. Todos, fascinados con la experiencia.

Ya pasaron casi tres horas desde la partida y es hora de desandar el camino. Embarcamos y remamos por un inusualmente desolado río Sarmiento. La luna no está llena, pero su luz de cuarto menguante es esclarecedora. Flotamos, nadie rema, nadie habla. El más absoluto silencio. A sólo dos kilómetros de la ciudad la lejanía parece eterna. El riesgo que temía se cumplió: sabía que lo más difícil sería volver.

Un viaje por canales solitarios

La experiencia de viajar en una canoa de madera artesanal tiene dos variantes: de día, cuando los turistas europeos copan las embarcaciones, y en las noches de luna llena, una propuesta más para locales. Selk'nam canoas es la responsable, y el precio por persona es de 200 pesos, que incluye guía y picada.

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