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Eterna magia de los días junto al mar

Próximo a celebrar su centenario, el Viejo Hotel Ostende mantiene un fructífero diálogo con su pasado, como bien lo demuestra el juego entre fotos de época y obras contemporáneas que ilustran estas páginas

Domingo 09 de diciembre de 2012
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Hace unos 100 años, sólo las dunas se enseñoreaban en la vasta costa bonaerense. Como una réplica del océano que se mecía a su lado, extendían su presencia rústica, por momentos hostil, siempre desprovista de lo humano.

Salvo en un incipiente paraje, el germen del actual Ostende. Allí, con algo de heroico, una construcción –sólidas 80 habitaciones, pequeña torre con mirador, elegante vajilla europea y esmerado servicio de comedor– ofrecía alojamiento a los viajeros ávidos de aire marítimo.

Veranito de antaño. Una anónima veraneante de principios del siglo XX posa en uno de los médanos que rodeaban al complejo.
La misma esencia. En sus intervenciones, la artista Rosalba Mirabella logró construir climas impregnados de misterio.
A pleno sol. Las dunas eran amas y señoras del lugar.
Doble de cuerpo. Misma pose, igual actitud, pero en epoxi, cartón y piedritas.
Alta sociedad. Huéspedes e instalaciones, pendientes de las buenas formas.
Desayuno en familia. Mirabella recrea con tierna ironía las costumbres de la época.
Rumbo a la costa. Para llegar, se iba del tren a la volanta y, luego, otro tren.
Como en aquella estación. Sombrerito, tapado y todo el estilo, cerca del mar.

Se cuenta que había que sacar la arena con pala para entrar al bar del hotel. Que una temporada, incluso, las dunas casi lo sepultan. Que si los misterios, los pasajeros hechizados por una naturaleza casi virgen y la trágica, intangible, presencia de Felicitas Guerrero, antigua poseedora de aquellas tierras que falleció en 1872, víctima de un sonado crimen pasional. El Viejo Hotel Ostende, con todo, resistió. Se apronta a celebrar su centenario el año entrante, impregnado de ese sabor a vacaciones sin estridencia y tocado por la pequeña magia que tan bien ha sabido traducir la artista Rosalba Mirabella en las imágenes que se muestran en estas páginas. En 2007, durante una residencia de artistas realizada en el hotel, Mirabella se dejó cautivar por algunas fotografías de anónimos veraneantes de principios del siglo pasado, muchas colgadas en el hall y en los pasillos del lugar. Recreó las situaciones con muñecos de masilla epoxi y cartón, los fotografió y luego, subrepticiamente, fue reemplazando las fotos originales por sus burtonianas escenografías. Ni los otros participantes de la residencia artística ni los actuales dueños del hotel o los eventuales visitantes notaron, a primera vista, la diferencia. Cuentan, sí, que algo extraño había en los pasillos, pero nadie se detenía a mirar qué pasaba con las fotos que pendían de las paredes. Como si la atmósfera del lugar coincidiera más con las tiernas fantasmagorías de Mirabella que con la precisión de los documentos históricos.

No obstante, la historia pura y dura también tiene lo suyo para decir. Los integrantes de Eternautas, historiadores especializados en proyectos turísticos y culturales, están abocados a repasar los hechos que fueron dejando su impronta en el desarrollo del Viejo Hotel.

En un primer avance de su investigación, los Eternautas señalan que, a fines del siglo XIX, Mar del Plata era el único balneario de todo el litoral marítimo de la provincia de Buenos Aires. Construida a la vera de un puerto ballenero, auspiciada por las pocas rocas que interrumpían el continuo de arena y acantilados, la ciudad pronto recibió los beneficios del tendido del ferrocarril y el desarrollo de la hotelería. En épocas donde la noción de lo vacacional era, para la gran mayoría, un exotismo, los sectores más acomodados de la sociedad porteña fueron trasladando sus experiencias de las playas europeas a la flamante geografía marplatense. Después, la nada: ningún desarrollo urbanístico ponía coto al desierto costero entre el nuevo centro turístico y la capital del país. Hasta que, alrededor de 1908, dos jóvenes belgas, Fernando Robette y Agustín Poli, llegaron al mar argentino –más exactamente, a campos costeros de la familia Guerrero– con la idea de construir un balneario similar a los que ornaban las costas flamencas.

"Podría decirse que los belgas aportaron la idea, el capital inicial y la empresa naviera; la familia Guerrero, la propiedad y los recursos naturales que ésta contenía, y un ramal del Ferrocarril Sud permitió acercar al desierto a una pequeña comunidad japonesa para ponerse a trabajar en el límite entre la pampa y las dunas", sigue el informe de Eternautas. Cuesta imaginar el enorme esfuerzo que, en las precarias condiciones de entonces, encerraba aquella aventura. Materiales y trabajadores llegaban por tren y por barco. Maderas, cemento, cristales y cañerías llegaban bamboleándose en pesadas barcazas, destinados a la construcción del muelle, la rambla y el hotel del futuro Ostende.

Actualmente, en los nombres de algunas de sus calles (Biarritz, Bruselas) perviven los ecos del trazado original. Lo mismo ocurre con el núcleo arquitectónico del hotel.

El pueblo y balneario quedó formalmente inaugurado el 6 de abril de 1913. Poco les duró la alegría a sus impulsores europeos. Las familias belgas convocadas para desarrollar la incipiente urbanización quedaron atrapadas en el infierno de la Primera Guerra Mundial. Además, debido a la precaria o casi inexistente forestación, las dunas fueron, durante años, una amenaza permanente. Quizá a causa de la guerra o tal vez acuciados por los diversos problemas generados por un proyecto que no había arrancado con el éxito esperado, Robette y Poli regresaron a Europa. Nunca más se tuvo noticias de ellos.

Entonces ocurrió algo parecido a un milagro. Pese a todas las dificultades, el Hotel Termas Ostende (nombre inicial del actual Viejo Hotel Ostende) se empecinó en existir.

No era demasiado fácil llegar. Un tren unía Constitución con una estación bautizada con el pintoresco nombre de Juancho. Desde allí los turistas debían subir a coches tirados por caballos que los llevaban hasta la colonia japonesa, justo al límite con las dunas. Un pequeño ferrocarril de vías móviles (decauville), finalmente, los dejaba en la playa.

La vista al mar, los cuartos provistos con agua caliente y luz eléctrica, la refinada vajilla y un menú que pronto se ganó la fama de excelente compensaban los esfuerzos. Algo tendría este hotel plantado en el medio de la nada, asolado a veces por la invasión de arena que cubría totalmente la planta baja del edificio y obligaba a saltar por las ventanas o ingresar, por medio de tablones, directamente por el primer piso. Sería la bendición de un paisaje sublime. O la decisión de aferrarse, tercamente, incluso hasta nuestros días, a esa elegancia que únicamente reside en la sobriedad. Toda una toma de posición, para la cual las estadías junto al mar significan detención, tiempos lentos, silencio.

Por allí estuvo alojado el eterno creador de El Principito, Antoine de Saint-Exupéry, cuya habitación en la torre, puede visitarse actualmente. En Los que aman, odian, policial escrito a cuatro manos por Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, se habla de un hotel junto al mar, aislado por una tormenta de arena, que se parece sospechosamente al Ostende.

En el último tiempo, el hotel ha propiciado residencias de artistas, encuentros de escritores, funciones de cine en la playa. Un film estrenado hace unos meses, Ostende, lo convierte en inspiración y eje de su trama. Mariano Llinás, el realizador de la genial Balnearios, planea hacer (¡cómo no!) un documental sobre la historia del Viejo Hotel. Mientras tanto, los huépedes, desplegados en las carpas frente al mar o arrebujados en los mil y un rinconcitos con los que el Viejo Hotel invita a la lectura o la charla, no paran de agradecer tanta inspiración. ß

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