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Jugar a la política en una cancha cada vez más inclinada

Enfoques

El poder en la Argentina no sólo no desgasta sino que, muy por el contrario, mejora las chances electorales de los oficialismos de turno, una ventaja que se acentúa y que explica, por ejemplo, por qué la alternancia a nivel provincial es la excepción y no la regla y por qué el reeleccionismo es una obsesión nacional

Por   | LA NACION

Ni las encuestas preelectorales, ni los programas televisivos que cuentan votos en directo, ni el diario del día siguiente a una elección parecen demasiado relevantes en muchas provincias, donde el suspenso electoral se reduce casi a cero. Cuando se elige gobernador en muchos distritos del país, el candidato oficialista gana. Casi siempre. O, para usar datos más precisos, desde 1983, en ocho de cada diez intentos. Y si aspira a la reelección, el destino es aún más favorable: de todos los gobernadores que se postularon para seguir en su cargo en los últimos 30 años, el 95% lo logró.

¿Será una contagiosa epidemia de buenas gestiones provinciales, a las que la población responde con sus votos? ¿Será la singularidad argentina de que estar en el gobierno, lejos de producir desgaste, asegura en promedio un piso de 30 puntos de diferencia con el que sigue? Hay datos para pensar distinto. Investigaciones que muestran, por ejemplo, que el empleo público es una herramienta clave para explicar el éxito en las urnas, y que las provincias que permiten la reelección tienen oposiciones más débiles y poderes más concentrados. Por eso, cuando el kirchnerismo coquetea con cambiar las reglas para establecer la re-reelección presidencial, o cuando lo impulsa el gobernador de Mendoza, Francisco "Paco" Pérez, para su provincia -por ahora con poca suerte-, no sólo mueven el tablero para una elección, sino que pueden dañar el juego electoral por mucho tiempo.

Constatar que en muchas provincias, a la hora de votar, la cancha está inclinada para el que juega de local es reveladora del estado de salud de nuestro sistema democrático: sin competencia electoral no hay reparto de poder, ni motivación para rendir cuentas ni políticas públicas de calidad.

Más aún, como efecto dominó, un caudal de votos mayoritario para el gobernador suele implicar mayorías en las Legislaturas -hoy, 16 de los 24 Congresos provinciales están dominados por el Poder Ejecutivo local- y control en la designación y remoción de jueces. ¿Cómo ser oposición cuando en la Legislatura, de 40 bancas, 39 le responden al gobernador?

El año pasado, 22 de las 24 provincias argentinas eligieron mandatarios: el gobernador en ejercicio fue elegido en 13 casos y el oficialismo con otro candidato ganó en otros siete. Sólo Río Negro y Catamarca tuvieron cambio de signo político. Desde 1983, 58 gobernadores se postularon para ser reelegidos y sólo siete de ellos no lo consiguieron.

Los datos provienen de un ambicioso estudio que realizó este año el Programa de Política y Gestión de Gobierno de la ONG Cippec, en el que se recopiló información estadística de las elecciones para gobernador en todas las provincias desde 1983 y hasta 2011, con el objeto de analizar la ventaja electoral asociada al mero hecho de estar gobernando. Por eso, los investigadores -en conjunto con Luis Schiumerini, un colega argentino que está haciendo su doctorado en Yale sobre el tema- midieron la diferencia entre el primero y el segundo, y el porcentaje de votos que sacó el ganador, y combinaron esos resultados con datos institucionales y socioeconómicos.

"Observamos que efectivamente hay una ventaja apreciable de los oficialismos, que su magnitud varía según las provincias y que esa ventaja en promedio ha aumentado desde 1983, en particular en la última década", apunta Marcelo Leiras, profesor de la Universidad de San Andrés e investigador principal de Cippec. En efecto, la distancia entre quien gana y quien le sigue se ha ido ensanchando. En Misiones, la UCR ganó la gobernación en 1983 con el 50% de los votos, mientras que el PJ obtuvo un cercano 47%. En 2011, el ganador obtuvo el 75,7%, y el segundo apenas un 6,2%. En La Rioja, en 1983 el PJ se impuso con el 56,5% de los votos y la UCR obtuvo el 39,9%. El año pasado, el Frente para la Victoria obtuvo el 67,1% y una alianza opositora, el 16,9%.

En principio, estar en el gobierno es, por definición, correr con ventaja de cara al electorado. "Implica tener decisión propia sobre el uso de los recursos y sobre el empleo público. Y tener una ventaja informativa: los medios te prestan más atención porque informás sobre políticas públicas y la información que ofrecés es más rica y fácil de interpretar. Como oficialista, vos actuás. Como opositor, prometés, opinás, criticás, pero lo que decís es más difícil de juzgar. Y en un contexto de crisis de representación, esta incertidumbre es más complicada de manejar", dice Leiras.

Según el estudio de Cippec, además, hablar de "las provincias" como un todo indiferenciado es, al menos desde el punto de vista político, un error. "La política provincial en la Argentina es muy relevante para la política nacional y a la vez muy autónoma de ella", anticipa Leiras. Y muy diversa. Los investigadores diferenciaron tres grupos de provincias, según su estado de salud electoral: Tierra del Fuego, la ciudad de Buenos Aires y Mendoza son las más equilibradas, con oposiciones que razonablemente pueden disputar el poder, controles y contrapesos. En un término medio se ubican Córdoba, Santa Fe, Jujuy y Río Negro, mientras que las menos competitivas, con el poder más concentrado y menor competencia, son Formosa, San Luis, Santa Cruz y Neuquén.

¿Qué tienen en común estas provincias menos competitivas? Aunque destacan que hay otras variables que no midieron -la visibilidad mediática o las culturas políticas provinciales, que demandan otro tipo de trabajo de campo, por ejemplo -, del estudio surgen dos elementos recurrentes. Por un lado, en las provincias con más empleo público la ventaja oficialista es mayor. "Esto admite una interpretación directa: que la gente empleada por el Estado le agradece o no quiere correr el riesgo de cambiar. O que el empleo público es un símbolo de un gobierno que se ocupa de ciertos sectores de la población", dice Leiras.

"Pero también puede estar hablando de cierta discrecionalidad en el uso de los recursos", apunta Julia Pomares, directora del Programa de Política y Gestión de Gobierno de Cippec, que coordina María Page.

Lo contrario sucede en Brasil, donde estudios similares muestran que ese país se mueve en el sentido perfectamente inverso al de la Argentina: los gobernadores estaduales pierden porcentaje de votos y mayorías legislativas desde los años 80. "Al revés de lo que ocurre en la Argentina, allí el mayor predictor de votos es el gasto público en educación, salud y programas sociales. Para lograr mayorías y gobernar hay que hacer coaliciones con otros partidos y la cercanía con el partido presidencial no es relevante", apunta Lucas González, investigador del Conicet y profesor en la Universidad Nacional de San Martín y en la Universidad Católica Argentina. "En la Argentina, el hecho de ser aliado del presidente significa más poder partidario. En Brasil, la distribución del gasto social desde hace algunos años pasó al nivel de los municipios y eso resta influencia a los gobernadores", explica.

Según Cippec, la posibilidad de la reelección es la otra variable de peso: las provincias donde la reelección no está permitida casi no tienen ventaja oficialista, y en las que la reelección es indefinida, la ventaja oficialista es muy pronunciada. Las reglas del juego han ido modificándose para profundizar esta concentración del poder. En 1983, ninguna provincia permitía la reelección; hoy hay sólo dos que no la contemplan (Mendoza y Santa Fe) y tres la permiten de manera indefinida (Catamarca, Formosa y Santa Cruz; San Luis y La Rioja la redujeron a una sola reelección en 2011).

Los investigadores -que ahora están realizando estudios de casos in situ en Misiones, Entre Ríos y Neuquén- no encontraron que la desigualdad o la pobreza tuvieran relación con la ventaja del oficialismo, pero tienen la hipótesis de que la estructura económica puede explicar alguna vinculación. "Sobre una economía simple, la inversión pública o la influencia de los gobernadores sobre la inversión privada hace una diferencia muy grande -dice Leiras-. En una provincia compleja, no."

Pomares suma un dato: "Dos provincias sin reelección y con menor ventaja de los oficialismos, como Mendoza y Santa Fe, son economías más complejas. Mercado económico competitivo y mercado electoral competitivo parecerían estar relacionados".

Todo el poder

El voto también puede verse como el producto de un complejo entramado de percepciones y experiencias. Para Alberto Föhrig, docente e investigador de la Universidad de San Andrés, que ha trabajado sobre los partidos políticos en las provincias, "los gobernadores son extremadamente poderosos porque no sólo son dueños del poder político, sino del económico y del mediático. Con sus familias, son cabeza de grupos económicos provinciales muy fuertes, y a través de testaferros o hijos son dueños de concesionarias de servicios públicos que les dan una caja infinita de dinero. Tienen control de los bancos provinciales y de los medios. La ventaja oficialista es infinitamente mayor de lo que los politólogos rigurosa, pero pobremente vemos a través de las estadísticas", señala. Hablar del "feudalismo provincial" modelo Saadi en Catamarca, o imaginar "caudillos" que manejan el poder como en el siglo XIX parece al menos desactualizado.

¿Por qué la década K coincide con oficialismos provinciales que ganan por cada vez más margen? "Creo que los predominios oficialistas y el kirchnerismo representan la misma cosa. En un contexto de crisis partidaria, donde ser de un partido no dice demasiado, el riesgo de la decisión electoral aumenta mucho. Para mucha gente, es mejor el malo conocido -apunta Leiras-. El escenario electoral es poco transparente, las alianzas son difíciles de entender y las etiquetas partidarias dejan de dar información." Por ejemplo, dos candidatos a gobernador en 2007 llevaban a Cristina Kirchner en la boleta, y tres lo hicieron en Jujuy. "Las propuestas de la oposición son poco legibles para mucha gente", añade.

Que la oposición nacional esté tan astillada tampoco ayuda a los sufridos opositores provinciales. Según los datos de Cippec, la llegada al poder de la Alianza, en 1999, coincidió con el auge de las oposiciones provinciales asociadas a ella. Ahora, el Partido Justicialista alcanzó casi el monopolio de las gobernaciones: hasta 2007 había tenido un tercio, ahora son 17. De todos modos, decir PJ no es decir lo mismo en distintas provincias. Como coinciden los expertos, quien quiera pensar en una "estrategia nacional", como suele decir Pro, más bien debería pensar en 24 estrategias provinciales.

Cuando la cancha está muy inclinada, el poder se reparte poco y la oposición se desalienta. "La competencia es importante porque incide en el reparto de poder. En las provincias más competitivas, perder una elección no es quedar fuera de todo, en algo se puede influir. Y aunque pierdas hoy, podés ganar mañana -dice Leiras-. La división de poderes no es una preocupación formal. Las personas que nos gobiernan están ahí porque disputan poder y si no lo pueden disputar como está establecido en la Constitución lo hacen de modos más informales, jugando por afuera, conspirando, armando facciones. Haciendo más competitivas las elecciones no se elimina el conflicto, pero el sistema es más transparente."

"La reelección indefinida es la frutilla del postre de un esquema que ha empobrecido la cultura política. Las reglas del juego impiden que se formen partidos opositores que vayan logrando poder, como hizo el socialismo en Santa Fe durante años. Hay Legislaturas donde hay un solo opositor", apunta Föhrig.

El poder concentrado, además, puede ser una trampa mortal. Lo saben los dirigentes justicialistas que toman distancia del kirchnerismo -un ejemplo de poder casi unipersonal- cada vez que advierten signos de debilidad o cuando el proyecto de la re-reelección para la Presidenta parece condenado al fracaso. "El poder concentrado puede ser más volátil y vulnerable. Si el oficialismo es la persona que ocupa el gobierno y sus allegados más directos, es difícil que quiera cambiar las reglas de juego para repartir el poder. Pero muchas veces los oficialismos son partidos y no les sirve quedar atados a una administración -observa Leiras-. No siempre es mal negocio para el que está en el poder ir hacia reformas que lo repartan y no lo concentren."

los datos

La competitividad, en retroceso

La ventaja de los oficialismos no es exclusiva de la Argentina, pero en el país, según surge de la investigación del Programa de Política y Gestión de Gobierno de Cippec, los números sugieren que la distancia entre ganadores y los segundos es cada vez mayor, lo que debilita un rasgo esencial de la democracia: la competitividad electoral

  • 22
    Provincias contemplan hoy la reelección cuando en 1983 ninguna provincia lo hacía.Al margen quedan Santa Fe y Mendoza, pero el gobernador mendocino Francisco "Paco" Pérez impulsa una reforma que la habilite
  • 20
    Triunfos de oficialismos provinciales sobre 22 en disputa en 2011 ilustran el cada vez más acentuado sesgo oficialista. Entre ellos, el del gobernador de Santiago del Estero, Gerardo Zamora, reelegido con el 85% de los votos.
  • 7
    Provincias nunca tuvieron alternancia en casi 30 años de democracia: Formosa (con Gildo Insfrán en su quinto mandato), Jujuy, La Pampa, La Rioja, Neuquén, San Luis y Santa Cruz.
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