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Editorial II

México, unido ante el futuro

Opinión

Será necesario que el país enfrente a importantes intereses creados y refuerce la capacidad institucional para resolver los conflictos actuales y los por venir

El tradicional Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha recuperado el poder político en México. Su representante, Enrique Peña Nieto, es ya el 57° presidente del país hermano y conduce los destinos de su país. Camino a la presidencia, Peña Nieto prometió realizar importantes reformas, que México necesita para modernizar su economía, impulsar su crecimiento económico por encima de la modesta tasa del 2 por ciento lograda en los últimos años y mejorar, aún más, su competitividad.

México pasa por un momento muy especial, particularmente atractivo y se halla ante la gran oportunidad de dar, unido, un salto cualitativo importante. Lo cierto es que México crece más que Brasil, exporta manufacturas por un valor equivalente al de todo el resto de América latina y es una potencia industrial de primer nivel -entre otras cosas, es el cuarto productor mundial de automóviles-, y su economía ciertamente no depende del precio de las materias primas. Con una inflación del 4,6 por ciento anual y reservas del orden de los 163.000 millones de dólares, procura la estabilidad.

Pese a que, por todo esto, se esperaban anuncios vinculados con sus promesas electorales, Peña Nieto sorprendió gratamente a todos en su asunción al anunciar, de la mano con los principales partidos políticos de su país, un plan conjunto denominado Pacto por México, con objetivos generales que son ahora metas comunes y fueron consensuados por todos. El propósito es poder crecer al ritmo del 5 por ciento, en una sociedad de derechos que ponga fin a las prácticas clientelares y al capitalismo de amigos.

Esto supone una saludable disposición de gobernar en un diálogo fecundo con los demás sectores políticos de su país. Todo lo contrario a lo que sucede en nuestro propio medio, donde el discurso único oficial pretende para sí el monopolio absoluto y arbitrario de la verdad y se construye opacamente en los círculos inmediatos de la Presidenta, sin consultar ni escuchar a nadie.

Porque la presidenta argentina cree tener todas las respuestas y no equivocarse jamás. Esa absurda pretensión de infalibilidad y de negación de la realidad provoca ese repliegue sobre sí misma que la caracteriza y que ha sido la causa de un sinnúmero de fracasos y de la pérdida de imagen que ha sufrido y que se ha acelerado en los últimos tiempos, generando, dentro y fuera de nuestro país, una perjudicial aura de irrelevancia. Sus colaboradores inmediatos, a diferencia de lo que sucede en México, se ufanan de su actitud de gobernar sin tener en cuenta ni escuchar a la oposición ni sentir la necesidad de reaccionar ante la reiteración de protestas masivas y espontáneas a las que simplemente se ignora.

El programa de gobierno mexicano apunta a limitar las consecuencias adversas de los monopolios que hoy operan en sus sectores de la telefonía y de la televisión. Abriéndolos simplemente a una sana competencia, lo que puede ciertamente hacerse sin intención de dañar a sus actores, ni favorecer a los amigos, ni generar corrupción, ni mucho menos reemplazarlos por monopolios oficiales aún mayores, a los que ?con el obvio propósito de disimular la verdad- eufemísticamente se califica de "públicos". Lo acordado también se propone mejorar sustancialmente la calidad de la educación, algo imprescindible para poder competir con éxito en un mundo que está y seguirá estando globalizado.

De alguna manera, frustrando las expectativas de apertura y modernización que existían en el particular sector energético (una suerte de vaca sagrada mexicana), Peña Nieto parece haber limitado, al menos por ahora, las reformas proyectadas a sólo dos capítulos, el del transporte y el de la refinación, pese a su deseo de que Pemex sea pronto mucho más como Petrobrás que como Pdvsa.

Peña Nieto debe ahora comenzar a actuar, esto es, a materializar los cambios propuestos y comenzar a recorrer los caminos acordados con la oposición. A generar hechos, en consecuencia. Lo que no siempre es fácil cuando, como en México, es necesario enfrentar a importantes intereses creados y reforzar la capacidad institucional para poder resolver los conflictos que puedan ir apareciendo a medida que las propuestas acordadas se consoliden y pongan en marcha..

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