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El honor no está de onda

Opinión
 
 

Los diarios de todo el mundo han comentado, el 8 de diciembre de 2012, lo sucedido en el Reino Unido con la enfermera Jacinta Saldanha, de 45 años, no- británica, presumiblemente de orígenes portugueses o angolanos.

En un evento sensacional dentro de la nobleza, el príncipe William, hijo de Carlos y Lady Di, ha dejado embarazada a su bella esposa Kate Middleton, lo que ya en sí constituye un mérito indiscutible. La joven esposa se sintió mal y los médicos decidieron internarla en observación, en el Hospital King Edward VII.

Todo el mundo anglo estuvo, durante unas horas, pendiente de la situación. Esto abarca desde los rudos granjeros de Australia, Nueva Zelanda y Tasmania, hasta nuestra colonia galesa de Gaiman, pasando por la inmensidad humana de los Estados Unidos y Canadá, Jamaica y Hong-Kong, India y Pakistán. Pues todos ellos, cada cual a su manera, son británicos.

Una jefa de piso muy asustada comunicó a la "reina" que Kate estaba compensada, que la habían alimentado con líquidos como caldo y jugos, y que ya no presentaba vómitos ni náuseas

Entra en la liza una emisora australiana llamada Sidney 2Day FM, que cuenta con un atrevido programa satírico conducido por los locutores Mel Greig y Christian Michael. La muy dúctil Greig se hizo pasar por Isabel II y llamó por teléfono a la clínica, desde Sidney. Allá en Inglaterra, no había nadie en el conmutador, de manera que atendió la enfermera Jacinta Saldanha. Cuando una voz cascada de anciana le dijo que hablaba la reina Isabel, Jacinta respondió: "Por supuesto, Majestad, ya le comunico con el piso donde están atendiendo a la duquesa de Cambridge". E inmediatamente la puso al habla. Todo estaba saliendo en vivo por la radio australiana.

Una jefa de piso muy asustada comunicó a la "reina" que Kate estaba compensada, que la habían alimentado con líquidos como caldo y jugos, y que ya no presentaba vómitos ni náuseas.

- Si esto funcionó como parece, hemos hecho la broma telefónica más grande de la historia de la realeza - exclamó, imitando la voz del príncipe Carlos, el locutor Christian Michael, luego retransmitido a todo el mundo anglo.

Con esta sencilla triquiñuela, habían informado a medio planeta sobre el estado de salud de la princesa, asunto apasionante para todo el Commonwealth, que tiene con la monarquía inglesa una relación mucho más íntima que nosotros, los peruanos, los mejicanos, los filipinos y los catalanes (¡Ni hablar!) con las testas coronadas del mundo hispano. Entre nosotros no existe ningún Commonwealth. Lamentablemente.

Nadie dijo una palabra contra Jacinta. Finalmente, no había divulgado ningún secreto de Estado. No había colaborado con un crimen de lesa humanidad

Todo muy divertido salvo que, al cabo de dos días, la enfermera Jacinta Saldanha se suicidó.

No la habían sancionado. Nadie la consideraba responsable. Sólo había sido víctima de una broma radial, en la cual todos podemos caer. Digamos, una "cámara traviesa" de Tinelli. Nadie dijo una palabra contra Jacinta. Finalmente, no había divulgado ningún secreto de Estado. No había colaborado con un crimen de lesa humanidad. Nada. Simplemente, la habían sorprendido en su buena fe y su cándido afán de colaborar.

Al día siguiente llegaron los mensajes de los lectores del Daily Mirror, el Daily Mail y el Daily Telegraph. También una avalancha de cartas a los sitios Facebook de la emisora australiana. Y otros a las cuentas personales de los dos locutores.

"Espero que la broma mereciera la pena, ustedes tienen sangre en las manos", escribió una señora en el muro de Facebook.

"Una enfermera británica murió por unas carcajadas fáciles, qué vergüenza", escribió la señora Kem Wilson en el mismo sitio.

Un usuario llamado Ole B. Stoler apuntó lo siguiente: "Ustedes asesinaron a una persona amable, a una madre de familia, a una abnegada enfermera. Ustedes destruyeron el futuro de toda una familia. Ella les creyó y ustedes la mataron. Malditos sean para siempre".

Tal vez la pobre señora Saldanha pensó que, por ser una inmigrante, debía cumplir las reglas de discreción, decoro y reserva, propias de la civilización británica, más que los propios súbditos de la isla. Tal vez, simplemente, se abatató ante la llamada trascendental, y respondió lo primero que le vino a la mente.

Pudo haberlo pensado de otro modo, a la progre-criolla, por ejemplo:

- ¡Qué se embromen los príncipes, al fin y al cabo son cerdos explotadores capitalistas!

- ¡Agradezcan que agarré el teléfono, no había nadie en el conmutador: hablen con mi delegado gremial del sindicato de paramédicos!

- Me están discriminando porque soy inmigrante, y no una blanca, protestante anglosajona. Los denunciaré al Inadi.

- Yo no fui.

- No sé nada, hablen con el consulado, yo soy pobre y no hablo buen inglés. Para colmo, tengo un hijo drogadicto.

En realidad, nadie la acusó, nadie la molestó, nadie la denunció.

Sencillamente, Jacinta sintió que había faltado a su deber. Que no había prestado suficiente atención a lo que estaba ocurriendo.

Dicen que, después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, al rendirse Japón tras la II Guerra Mundial, cientos de generales y almirantes japoneses cometieron hara-kiri. Es decir: se aplicaron la pena de muerte a sí mismos, por haber atraído la tragedia sobre miles de compatriotas. Nadie los estaba acusando. Tal vez se guiaban sólo por el código samurai: humildad, respeto, honor. Punto.

Sencillamente, Jacinta sintió que había faltado a su deber. Que no había prestado suficiente atención a lo que estaba ocurriendo.

Indudablemente, las grandes naciones del mundo se movilizan durante siglos a partir de códigos simples. Por ejemplo: "Liberté, Egalité, Fraternité". o. "In God we Trust". o "Britannia Rules the Waves". Cuando un país, como el nuestro, se maneja con códigos de circunstancias como los que siguen:

- "A correr que se chocan los planetas".

- "¿Y a mí por qué me miran?"

- "A vivo, vivo y medio".

- "Yo soy medio loco, pero no como vidrio".

- "¿Qué vachaché?"

- "Hacete amigo del juez, yo sé lo que te digo..."

- "Este juego es para los vivos, no para los sonsos".

- "¿Qué querés que hagamos, si el mundo se nos cae encima.?"

- "La tentación es así, nos puede a todos".

- "Yo no soy santo, no soy perfecto, pero la culpa la tiene la sociedad. Yo de pibe sufrí mucho".

...Entonces, digamos que esta civilización no es una gran civilización, sino apenas una nación de sobrevivientes que se las rebuscan en el examen, copiándose de un machete, que juegan a la víctima y se constituyen en adolescentes eternos que no asumen sus responsabilidades. Qué vachaché. .

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