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"El periodista y el asesino", o sobre los límites éticos del periodismo

Opinión

Pocos periodistas pueden jactarse de haber escrito un comienzo así para alguno de sus libros. Eso, en el caso de que realmente existan, más alla de la propia Janet Malcolm: "Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de éstas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno". Estas líneas aún generan debate, a más de veinte años de ser publicadas como primer párrafo del libro El periodista y el asesino. Y si en algún lado se sigue discutiendo la pertinencia o no de esta afirmación es porque se trata de una de las situaciones moralmente más delicadas en el trabajo de un escritor de no ficción (Malcolm se refiere a los periodistas de largo aliento, los que escriben reportajes que muchas veces se transforman en libro, o a los escritores de novelas reales, un género muy difundido en los Estados Unidos desde el A sangre fría de Truman Capote). ¿Pero cómo llegó Malcolm, periodista y crítica literaria checa nacionalizada estadounidense, colaboradora de The New Yorker, a arrojar esta provocación en el comienzo de su libro más conocido, considerado uno de los cien mejores del siglo XX en lengua inglesa por The Modern Library?

El 17 de febrero de 1970 la mujer embarazada y las dos hijas de un médico del ejército de los Estados Unidos llamado Jeffrey MacDonald fueron violentamente asesinadas. MacDonald declaró que un grupo de hippies al estilo Charles Manson lo habían abatido y llevado a cabo la masacre, y más tarde fue encontrado inocente en un juicio militar. Pero nueve años después la justicia criminal lo declaró culpable de las muertes, por lo que todavía sirve las tres cadenas perpetuas de su condena, que finalizarían en el 2071. Poco antes del juicio, MacDonald conoció a un periodista y escritor de bestsellers llamado Joe McGinniss y lo convenció de contar su historia. McGinniss se asoció con MacDonald en las futuras ventas del libro, cobró un generoso adelanto de la editorial, tuvo libre acceso a la causa (incluso integró el equipo de la defensa, para tener un conocimiento más profundo del caso) y estableció una suerte de amistad con el acusado. Luego de que MacDonald fuera condenado, su trabajo siguió, y los dos (periodista y supuesto asesino) siguieron conversando, encontrándose y mandándose centenares de cartas.

El libro se interroga todo el tiempo sobre los límites éticos del trabajo de investigación y reporteo periodístico

Lo que sucedió al final fue que sin advertir de nada a MacDonald, McGinniss terminó confeccionando un despiadado retrato de su socio, escribió una historia en la que lo señalaba como un "narcisista patológico", un frío asesino, creyó haber descubierto las causas del asesinato y publicó la historia sin mostrarle antes al preso (su fuente de información fundamental) una sola página. MacDonald se enteró de todo esto en vivo, durante la primera entrevista que dio en la televisión por la aparición del volumen, llamado Fatal Vision, y que fue un éxito. Traicionado en su confianza, llevó entonces a juicio a McGinnis en 1984, proceso en el que el periodista fue públicamente humillado hasta que aceptó pagar un resarcimiento de más de 300 mil dólares.

Esta es la historia con la que se topó Malcolm mientras el proceso por calumnias e injurias se llevaba a cabo. Y la que le sirve para escribir un libro (El periodista y el asesino) sobre otro libro (Fatal Vision), pero sobre todo acerca del proceso de investigación periodística y la relación personal y profesional que suele establecerse entre autor y entrevistado: un complejo e involuntario tratado de periodismo. "Algo extraño le ocurre al individuo cuando conoce a un periodista, y lo que sucede es exactamente lo contrario de lo esperado", escribe. "Cabría imaginar que se impondría la extrema cautela, pero en realidad la confianza e impetuosidad infantiles son mucho más comunes. El encuentro periodístico parece tener el mismo efecto regresivo sobre el sujeto que el encuentro psicoanalítico. El sujeto se convierte en una especie de hijo del escritor, a quien ve como permisiva madre, tolerante e indulgente, y espera que sea ella quien escriba el libro. Por supuesto, quien lo escribe es el padre estricto, riguroso e implacable", agrega Malcolm, para ejemplificar por qué no existe un solo entrevistado que al leer sus palabras impresas en una nota quede conforme con el resultado.

El libro (en el que la autora se pone en contacto y habla durante meses con todos los implicados en el proceso) se interroga todo el tiempo sobre los límites éticos del trabajo de investigación y reporteo periodístico, sobre cómo debe tratarse a los entrevistados y acerca de si es lícito ocultarles información, o directamente mentir, con la finalidad de obtener una mejor historia o una nueva revelación que la haga más completa y verdadera. Escribe Malcolm: "A diferencia de otras relaciones que tienen un fin determinado y están claramente delineadas como tales (dentista-paciente, abogado-cliente, profesor-alumno), la relación de autor y persona a la que entrevista parece depender, para perdurar, de una especie de oscuridad, de encubrimiento de sus fines. Si todo el mundo pone sus cartas sobre la mesa la partida se acabará. El periodista debe realizar su trabajo en un estado de anarquía moral deliberadamente producido". Se cuenta que esa especie de obsesión por el trabajo realizado y esa licencia moral del autor fue la que llevó al propio Truman Capote a confesar que deseaba ver la ejecución en la horca de los dos asesinos de su libro para poder escribir el final, y verlo publicado de una vez por todas.

¿Dónde están, entonces, los límites a la hora de trabar relación con un entrevistado, cuánta fidelidad se le deben a sus palabras y a su persona a la hora de escribir una historia como ésta?

¿Dónde están, entonces, los límites a la hora de trabar relación con un entrevistado, cuánta fidelidad se le deben a sus palabras y a su persona a la hora de escribir una historia como ésta? ¿Existen esos límites? ¿Son morales o éticos? ¿Son normas cuya infracción es judicializable? Para empezar, dice Malcolm, "lo que le da al periodismo su autenticidad y vitalidad es la tensión que hay en la ciega entrega de la persona entrevistada y el escepticismo del periodista. Los periodistas que se tragan por entero la versión de las personas entrevistadas son no periodistas sino publicistas". Y en el epílogo, donde cuenta cómo ella también fue demandada por el personaje de uno de sus libros al que no le gustó la manera en que lo retrató, afirma que sí, que el del periodista es un oficio que tiene sus normas: "El autor de una obra de no ficción está sujeto a un contrato con el lector y por ese contrato se limita a tratar sólo acontecimientos que realmente ocurrieron y personajes que tienen sus réplicas en la vida real; pero no puede embellecer la verdad de esos acontecimientos o de esos personajes (.) La idea de un periodista que invente, en lugar de informar, es repugnante y hasta siniestra".

Pero el dilema moral que es el centro del libro, y que trata la relación entre el cronista y su entrevistado, queda abierto. Es una lástima que El periodista y el asesino, que tiene traducción al castellano desde 2004 y va por su tercera edición en España, no pueda conseguirse en las librerías argentinas. Como se ve, hay otro tipo de debates que también valen la pena dar sobre el oficio..

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