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La denuncia del cuerpo ausente

Enfoques

Por   | LA NACION

SAN MIGUEL DE TUCUMÁN, 11 DE DICIEMBRE. Entre todos los rostros, el suyo. Estoico, contenido, impenetrable en un puntual fragmento del tiempo: el momento en que se anunciaba que todos los imputados por el secuestro y sometimiento a prostitución de su hija, Marita Verón, habían sido absueltos. Qué pensaría Susana Trimarco durante aquellos interminables minutos; qué imágenes desfilarían por su mente. O qué vacíos, cuánta ausencia de palabras frente a lo que para muchos acontecía como escena inverosímil y, para otros, como crónica de una decepción anunciada.

Difícil saber cuándo se forja un destino. En qué momento una mujer como tantas cruza la línea y se instala en el centro de la batalla pública. Un periplo conocido en este país tan propenso al Estado ausente, donde las Antígonas surgen y se reformulan y vuelven a surgir. Como si sólo la voz de la sangre pudiese gritar allí donde las conveniencias indican callarse; el vínculo primario erigido en el único capaz de encarnar las acciones que todo un entramado social fracasa en promover.

Y allá está ella: escuchando, ya no la monótona enumeración de nombres, sino la confirmación de que la herida está muy lejos de cerrarse. Lo que pudo haber sido un alto en el camino, convertido en brutal constatación de que no hay descanso posible. El rostro de Marita, su cuerpo ausente, devenidos en la denuncia de mucho más que un caso de la crónica policial. Porque nada es más abrumador que la inagotable crueldad humana. Y nada más deleznable que uno de sus productos: la esclavitud, que hoy no viaja en infames galeones, sino que se llama trata, abarca todo el planeta y escoge sus víctimas preferentemente entre las mujeres y las niñas. Cada vez que Trimarco blande la foto de su hija, el cono de sombra donde padecen miles de víctimas se hace menos compacto. Su esperanza también es voluntad férrea. La misma que, aun el día en que escuchó el último de los fallos que seguramente pretendía oír, supo endurecer el rostro público y reservar las lágrimas para la estricta intimidad..

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