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Empresarios & Cía

Kicillof, el primero de la clase, está en penitencia

Opinión

Por   | LA NACION

Escriben cada pelotudez! ¡Cada pelotudez...!" Axel Kicillof estaba enojado. Era el mediodía de anteayer, durante la celebración del Día del Petróleo en el hotel Sheraton, y así le transmitía a LA NACION, que lo había abordado cuando se levantaba de la mesa principal, todo lo que piensa sobre los medios de comunicación. "¡Sigan haciendo periodismo!", insistió el viceministro de Economía.

Parecía también incómodo. No era aquel Kicillof abrumador, el profesor universitario preferido de Cristina Kirchner dispuesto a llevarse la economía local por delante mediante datos y alusiones a Keynes. Hace seis meses, en el mismo hotel, durante el anuncio del plan de 100 días de YPF y mientras perduraba la euforia de la expropiación, el contacto había sido menos amable. "¡Uh, no!", se escapó entonces al ver al cronista, a quien dio la mano sin mirar.

Pero el jueves estaba distinto. Su malestar portaba sin duda un reclamo, pero no altanero. Hasta parecía querer seguir el diálogo. Acababa de sorprender a un sector petrolero que viene desde 2007 invitando sin éxito a ese foro a representantes del Gobierno. Justo él, cuadro ejemplar de una generación que llegó al poder con la premisa de que reunirse demasiado con empresarios es poco menos que pactar con las corporaciones. Era casi un eslogan en La Cámpora.

¿Lo habían mandado?, se preguntaron algunos ejecutivos. ¿Qué hacía exponiendo entre petroleros y con elogios al capital privado el autor del decreto 1277, que la industria juzgó como virtual intervención porque faculta al Poder Ejecutivo a controlar volúmenes, precios, divisas y exportaciones?

Su exposición había provocado un murmullo entre los 1100 invitados. Y alguna sonrisa oculta cuando celebró, por ejemplo, que la Argentina no tuviera energía suficiente porque estaba creciendo, dijo, en contraste con lo que pasaba en los 90, cuando las fábricas no crecían y sobraban hidrocarburos. ¿Fue así? LA NACION le hizo la objeción: "Pero Axel, el petróleo cae en valores absolutos desde el 98, independientemente de la demanda". La respuesta vino sin ironías: "Es cierto, pero el tema es por doble vía: si cayera la actividad industrial, como en los 90, nos sobraría energía".

La situación era extraña incluso en los temas planteados. Kicillof usó el atril para referirse, delante de Miguel Galuccio, presidente de YPF, a un tema que el Gobierno viene callando y del que sólo han hablado algunos diarios: su interna en la petrolera estatal. "Yo sé que ustedes se informan a través de los grandes medios. Se escriben muchas estupideces. Por ejemplo, que yo me peleé con el chairman de YPF".

Alguna vez, Chesterton planteó que un modo implacable de instalar una idea era empezar por negarla. ¿A qué se debía el cambio de estrategia comunicacional en un gobierno que, por ejemplo, ni siquiera nombra la inflación? ¿Tan importante resulta un trascendido? La otra conclusión es más sutil. Con esa referencia, Kicillof validó un reiterado reclamo de empresarios: como los funcionarios no los reciben, se informan sobre la gestión a través de los medios. Y por algún motivo siguen prefiriendo a los "hegemónicos". LA NACION lo consultó además sobre la última gran medida de YPF: "Axel, vos no estabas de acuerdo con subir el gas en boca de pozo a 7,50 dólares". El viceministro no contestó y, ahí sí, dio media vuelta y se fue.

El momento de Kicillof no difiere en realidad del que han vivido otros funcionarios de una administración pródiga en estrellatos fugaces. Julio De Vido y Guillermo Moreno, por caso, conocieron el cielo, el purgatorio y el infierno del humor palaciego en cuestión de meses. No es antojadizo el pavor que entre todos suscita Cristina Kirchner. Para entenderlo habría que haber estado en lunes en la Quinta de Olivos, cuando la jefa caminaba las instalaciones a los gritos, muy disgustada con los dos cuestionados de turno: Kicillof y el ministro de Economía, Hernán Lorenzino. "¡Me van a fundir!", la oyeron decir.

Los motivos de un llamado de atención presidencial pueden ser múltiples. El último a Kicillof se explica acaso en errores cometidos con el sector del biodiésel, cuya política recibió entre julio y noviembre cinco correcciones: dos en las retenciones y tres en el precio. Esas medidas pusieron al borde de la quiebra a 16 pymes y 10 grandes empresas, y empujaron el cierre definitivo de cuatro que venían ya con problemas: Biocombustibles Tres Arroyos, Oil Fox, Diferoil y Ecopor.

La rectificación final se publicó hace pocos días, con la aplicación de tres precios diferenciales y decrecientes en función del tamaño de cada empresa, que fueron divididas en tres grupos: cuanto más pequeña, mejor precio. Pero el ecosistema económico argentino es frágil, y esa resolución generó desequilibrios en otras áreas. Por ejemplo entre las petroleras, grandes consumidoras de biodiésel, a las que el Gobierno les venía pidiendo que les compraran primero a las pymes. La más celosa en cumplir ese requerimiento, YPF, se vio de repente en desventaja: ¿había entonces que comprar el producto más caro? Kicillof, demiurgo del plan, terminaba así perjudicando a la petrolera de la que es director. Curiosidades y tropiezos de la gestión pública.

Se apeló entonces a un segundo parche. Se instruyó al secretario de Energía, Daniel Cameron, el hombre del Ministerio de Planificación de mejor relación con Kicillof, para pedirles a las petroleras que armaran un esquema de compensaciones mutuas: quien paga menos por el biodiésel debía darle a fin de mes la diferencia al que lo adquiriera más caro.

Fueron semanas de negociaciones. ¿Y si somos acusadas de cartelización por la Comisión de Defensa de la Competencia?, se resistieron las petroleras. "Miren que saco la medida por resolución", amenazó Cameron en uno de los últimos encuentros. Henry Nicola, representante de Axion, la refinería que los Bulgheroni le acaban de comprar a Exxon, encabezó la obediencia. Lo siguieron, pero con una condición: en 60 días, la Secretaría de Energía deberá lograr de Defensa de la Competencia un dictamen que especifique que el acuerdo no viola la ley. Habrá que convencer a Moreno, que controla ese organismo.

Estas encerronas de la Presidenta exhiben una paradoja, porque parten del propio estilo de conducción. Es Cristina Kirchner quien prefiere ponerle el cuerpo a cuanto anuncio suelto exista y, por lo tanto, también la que paga los costos. Ésa es la queja que le escuchan sus funcionarios y que, después de todo, ella misma expuso hace dos semanas, delante de su par brasileña Dilma Rousseff, en la conferencia industrial de Los Cardales.

"Lo charlábamos recién, que ningún funcionario argentino o brasilero se sienta mal, las dos presidentas decíamos que teníamos que estar corriendo siempre atrás de que las cosas se hagan, porque uno manda a hacer las cosas y tiene luego que ir a verificar y levantar el teléfono: ¿Y, lo hicieron? ¿Lo presentaron? ¿Lo llamaron? ¿Cómo lo hicieron? ¡Quiero verlo! En las empresas de ustedes debe pasar exactamente lo mismo, deben tener un gerente de ventas, un gerente de producción, un gerente de personal, un gerente financiero, pero si ustedes no están controlando una cosa detrás de las otras, las cosas no se hacen, se hacen mal o se hacen tarde."

Kicillof no estaba ese día en Los Cardales. Da lo mismo, aunque tal vez sea peor. Cualquier reto resulta más ofensivo si es difuso, en público y por la espalda.

© LA NACION.

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