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¿Cuánto nos amamos los argentinos?

Opinión
 
 

Cuando Ortega y Gasset definió a la nación como "un proyecto sugestivo de vida en común", no hizo hincapié en el pasado, sino en el futuro. No se refirió tanto a la memoria, a la tradición, que nos liga con lo que nosotros o nuestros padres hicimos antes, sino con nuestros deseos, con nuestro horizonte vital. Los argentinos de hoy, ¿queremos lo mismo? ¿Estamos empeñados en un mismo "proyecto sugestivo de vida en común"? ¿O circulan sobre nuestra tierra proyectos disímiles, contradictorios, que chocan entre sí? En suma, ¿estamos unidos o divididos?

La semana que pasó mostró al menos que estamos "irritados", que vivimos en tensión. Que ocasiones en principio festivas como la celebración del Día del Hincha de Boca no dieron lugar a abrazos, sino a embestidas y puñetazos; que incluso la intervención de la Justicia, cuya función es calmar las aguas por dirimir los conflictos, agudizara la indignación popular cuando los jueces sembraron toda clase de dudas al absolver a los acusados por el secuestro y la desaparición de la joven tucumana Marita Verón mostraron los aspectos más recientes de esta irritación.

Se podrá alegar que también esta semana hubo indicios reconfortantes en la verdadera fiesta, civilizada y popular, que rodeó la visita de Roger Federer al país bajo los auspicios del ascendente jefe comunal de Tigre, Sergio Massa, pero el Poder Ejecutivo aprovechó el caso Verón para ir por los jueces, a quienes no les perdona que protejan los derechos de Clarín, en lo que, según su perspectiva, se ha convertido en la madre de todas las batallas. Y así fue como el propio presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, creyó necesario salir en defensa del Poder Judicial contra los embates de la Presidenta, quien había sostenido por cadena nacional que los jueces no deben responder a las "corporaciones", un fantasma al que nunca se le pone nombre propio, sino a la "voluntad popular", es decir, a ella.

Un día, el presidente uruguayo, José Mujica, nos dio un consejo a los argentinos: que nos quisiéramos más. Que esta relación de recíproca amistad existe entre los uruguayos basta confirmarlo con cruzar el charco. También los argentinos queremos a los uruguayos. Pero ¿nos queremos a nosotros mismos? Ésta es, a lo mejor, la verdadera cuestión. No hace falta aquí recordar la historia de nuestros desencuentros. Cuando Perón dijo que "para un peronista no hay nada mejor que otro peronista", ¿no insinuaba también que no hay nada peor que un antiperonista, o sea que al lado de una relación de amor hay una relación de hostilidad? Esta pregunta quedó superada cuando el propio Perón, ya viejo y sabio, dijo mientras se abrazaba con Balbín, que "para un argentino no hay nada mejor que otro argentino". Pero después vendrían nada menos que los años setenta, una década de incomparable hostilidad. ¿Renace hoy la hostilidad, esta vez entre el "vamos por todo" de la Presidenta y sus acólitos, todavía empeñados en la re-reelección, y aquellos que en las calles del 8-N, en los estrados judiciales y en los medios de prensa independientes que aún subsisten quieren salvar el pluralismo?

Quizás habría que convertir esta pregunta en otra a la vez más abstracta y más profunda: ¿cuál es la relación destinada a prevalecer entre los argentinos, una de concordia u otra de hostilidad ? Aclaremos que una relación de "concordia" no supone una unión total porque detrás de esta utopía nos internaríamos en la selva del "totalitarismo", sino la decisión de vivir un proyecto de vida en común, con todos los matices y los debates a que dé lugar la irrenunciable vigencia de la libertad. Así, en una relación de concordia, viven hoy nuestros vecinos como Uruguay, Chile o Brasil, cuya estabilidad democrática y cuyo progreso económico y social dentro de ella parecen asegurados.

El término "hostilidad" merece más atención. La palabra latina hostis quiso decir en sus orígenes "extranjero" y, en el lejano tiempo en que fue creada, cuando lo habitual era estar o haber estado en guerra con el vecino, el hostis era un concepto estrechamente ligado a lo que hoy entendemos por "hostil", por "enemigo". El "hostil" era el "extraño", el peligroso, el enemigo actual o potencial.

Y así arribamos a una paradoja argentina. Si concluimos que entre nosotros no prevalecen las relaciones de concordia, sino las relaciones de hostilidad, también tendremos que concluir que estas relaciones, propias antaño de extranjeros o de extraños, en nosotros se dan entre argentinos . Vivimos apretados unos con otros. Sin embargo, no nos queremos. ¿Cómo explicarlo?

No nos hemos querido durante largos tramos de nuestra historia. Unitarios y federales, ¿acaso se quisieron? Inmediatamente después de la ley Sáenz Peña, ¿no fue la hostilidad recíproca de conservadores y radicales la que frustró nuestro primer ensayo de democracia, desembocando en la catástrofe institucional de 1930? Ni que hablar, por supuesto, de la hostilidad entre peronistas y antiperonistas. Nuestro país se beneficia al contrario de la concordia en otros planos como el religioso y el racial. Se dice hasta el cansancio que en ellos no padecemos las tensiones, los odios, que padecen otros pueblos. ¿Qué decir empero del plano político? ¿Es en él donde se ha concentrado la hostilidad de los argentinos?

"Mi primo Francisco y yo estamos de acuerdo: los dos queremos Milán." Esta frase famosa del austríaco-español Carlos V sobre Francisco I de Francia vale a estas alturas del artículo como una advertencia: la proximidad no es garantía de concordia, sino, a veces, de hostilidad. Frecuentes violencias salpican a las barras bravas del fútbol. Pero ¿no son ellas, acaso, próximas y afines? ¿Cuál es la distancia social que separa a un barrabrava de Boca de otro de River? Menor es todavía la distancia entre dos barrabravas de Boca. Sin embargo, en ocasiones se golpean y hasta se matan. Montescos y Capuletos. Tan próximos, tan afines, que no se podían ver.

Este ejemplo, ¿se aplicará a la política? La hostilidad del kirchnerismo para con el no kirchnerismo, que ha bloqueado hasta ahora toda tentativa de diálogo entre ellos, ¿es acaso recíproca o es, al contrario, unilateral? Entre los no kirchneristas se multiplican los contactos. El Gobierno y sus seguidores están quedando, al contrario, en soledad. ¿Cómo interpretar este contraste? Según una interpretación antikirchnerista, lo que pasa es que el kirchnerismo, al no ser democrático ni republicano, va por todo y aspira al pensamiento único. Para él, "dialogar" sería "aflojar", lo cual resultaría incongruente con su fanatismo, con su épica supuestamente revolucionaria.

Pero esta "soledad del poder" en que ha caído el kirchnerismo se ha dado varias veces entre nosotros a partir de los años treinta, cuando nos quedamos sin acuerdo institucional. Mientras el rasgo común de los partidos argentinos desde el Acuerdo de San Nicolás fue el consenso unánime sobre los principios que los convocaban, la práctica enfermiza de 1930 en adelante fue que el partido en el poder pretendiera quedarse con todo, en soledad, hasta que lo volteaban. Si se mira a la Argentina de los Kirchner hoy, ella no es después de todo tan original. La única manera de superar el laberinto de la falta de consenso institucional que aún hoy nos afecta sería no sólo que la oposición venciera a Cristina, sino que por arriba de todos sus vencedores sobrevolara otra vez el consenso institucional que alguna vez tuvimos y nos hizo grandes. El problema no es por ello vencer a Cristina. El problema es superarla, viajando desde la hostilidad que ella aún encarna hasta la concordia que nos espera..

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