Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan

El derecho al silencio

Opinión

El sábado 15 de diciembre se celebró en Buenos Aires una especie de Silent Day: Día Silencioso. Por algún motivo, todas estas cosas se dicen en inglés, de manera que seguiremos la corriente para no quedar out con respecto al mainstream. Cientos de jóvenes bailaron en los jardines alrededor del Planetario Galileo Galilei, sin que se oyera ninguna música. Era una forma de festejar la aprobación de una nueva ley de la ciudad (presentada por los legisladores Daniel Lipovetzky del PRO y Maximiliano Ferraro de la CC, y luego debatida durante cuatro meses) que prohíbe escuchar música sin auriculares en los colectivos y subtes porteños.

De esta forma, las personas pueden deleitarse durante horas, en un mundo de notas, compases y acordes, sin que los demás se enteren.

¡Por fin suena un tiro para el lado de la Justicia!

En los últimos veinte años, se ha generalizado en la Argentina la manía de producir ruido. Un ruido ensordecedor, tanto es así que los jóvenes van en camino de quedarse sordos, según los otorrinolaringólogos. Pero además, nos están aturdiendo a todos los demás.

Esa es Buenos Aires. Una ciudad donde no puede suceder el milagro de un instante de silencio, una conversación a solas, una pausa

Un pobre Cristo (padre de familia, empleado de clase media, esforzado pagador de impuestos) ahorra todo el año para alquilar un departamentito en San Bernardo. Primera quincena de enero. Se instala, contento y feliz, con su mujer y los dos chicos, decidido a pasar dos semanas de playa y aire libre. Pero a las pocas horas descubre que en el departamento de al lado hay cuatro adolescentes de 19 años que prenden el equipo de sonido a todo volumen, cada noche, sin falta, a las 23.30 y hasta las 8. Suenan potentes, haciendo temblar las mesas y las camas de todo el piso, Lady Gaga, Justin Bieber, Las Pelotas y La Mancha de Rolando.

Algunos vecinos se atreven a golpear la puerta para protestar, en medio del batifondo. Un chico descalzo, con el torso desnudo y una copa en la mano, asoma al rato.

- Nos estamos divirtiendo. Estamos aquí para pasarlo bien. Tenemos derecho a pasarlo bien.

El vecino intenta discutir pero, finalmente, al ver que la fiesta sigue y el baile no cesa, renuncia y vuelve a su departamento. Otra noche sin dormir.

En las plazas, campitos y baldíos de muchos barrios, se instalan grupos de bombistas todos los sábados a las dos de la tarde. Con gran energía baten sus parches. Suenan la tumbadora, el redoblante, el bongó y sobre todo el impetuoso bombo. Los pájaros huyen, espantados. Los perros se meten bajo la cama. Es como si la Lutwaffe bombardeara la zona. Se acabó la siesta para los humildes obreros de la barriada, pero también para los habitantes del exclusivo country. Unos y otros llaman a la policía, desesperados, pero la policía ya sabe la consigna de estos tiempos: "Lo más importante es que los chicos se diviertan, todo lo demás viene después". No tiene sentido discutir.

Habituados a este sistema, los jóvenes hablan a los gritos. Al salir del colegio se llaman a los alaridos, tanto varones como señoritas

En todos los restaurantes, incluso algunos bastante caros y de aire gourmet, hay música a buen volumen. En los gimnasios también: música y un televisor encendido, de manera que los atletas jamás puedan concentrarse para llevar la cuenta de sus series y repeticiones. A los quince minutos se retiran, agotados.

Habituados a este sistema, los jóvenes hablan a los gritos. Al salir del colegio (vivo frente a uno nacional, bendito sea el Señor) se llaman a los alaridos, tanto varones como señoritas. Por la noche (detalle inquietante) están los alumnos del nocturno, que tienen su entrada, su salida y sus horas de "hacer puerta". Siempre de manera estruendosa. A veces se sientan en el cordón de la vereda, con su porro y su cervecita, gritando cosas y metiéndole pata al acelerador de su moto, hasta las dos o tres de la mañana. No hay policía, celador, guardián de plaza ni rector que los contenga.

Los salones de fiestas esquivan todas las reglamentaciones porque no son discothéques, sino casas particulares. Las fiestas de quince, de dieciocho y de egresados son el boom absoluto del ruido. Lo están pasando bien.¡Y son jóvenes, tienen derecho, el sacrosanto derecho a divertirse! Animadores con micrófono y parlantes anuncian a todo el planeta que Thiago es el mejor compañero, que Sabrina es la ganadora del concurso de belleza, que Ceci preparó con sus propias manos una torta deliciosa. Y al final, a máximo volumen, "La gallina Turuleca" por Gabi, Fofó y Miliki.

Dado este panorama, la tarde de los bailarines silenciosos en el Planetario cayó como una gota de agua fresca en el desierto

Las motos, los cuatriciclos, los camiones, los trencitos de la felicidad, los parlantes y los autos con escape libre y el equipo a full componen el resto. Esa es Buenos Aires. Una ciudad donde no puede suceder el milagro de un instante de silencio, una conversación a solas, una pausa, un rato de sosiego para leer, pensar o contemplar los árboles, los pájaros y el cielo. Nada de eso está en el menú de nuestra vida.

Dado este panorama, la tarde de los bailarines silenciosos en el Planetario cayó como una gota de agua fresca en el desierto. Bienvenida sea la ley del auricular obligatorio en todas partes, incluidos los bares, restaurantes, terminales de tren, avión o colectivos. No está todo perdido..

TEMAS DE HOYJorge MejíaPresupuesto 2015Elecciones 2015Torneo Primera División