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Humor social

País dividido: una sociedad en busca de territorios neutrales

Enfoques

2012 circuló entre los ecos del amplio triunfo electoral de la Presidenta y las movilizaciones opositoras de fin de año, y mostró una brecha ideológica que va de los reclamos por un "país normal" al "vamos por todo" del ultrakirchnerismo

Por   | Para LA NACION

 
 

Este año el ánimo político de los argentinos cambió mucho. Comenzó con los ecos del aplastante triunfo electoral de la Presidenta y termina con una seguidilla de manifestaciones de disconformidad. Se fueron sumando el estallido de una serie de problemas, algunos escándalos demasiado gruesos, un abuso de cadena nacional, alguna frase desafortunada y, sobre todo, crecientes dificultades de bolsillo, que hace un año rebozaban de billetes y de créditos. Finalmente el vaso se colmó.

Estas manifestaciones de malhumor social suelen ser pasajeras e intrascendentes. La opinión es móvil, cual pluma al viento. Pero a veces se pone en marcha y comienza a encontrar un cierto sentido a problemas que hasta entonces sólo preocupaban a Casandras agoreras o cadenas del desánimo. Varios de ellos estallaron, uno atrás del otro, como granos purulentos, y afectaron un costado estratégico del discurso oficial: la eficacia de la gestión y su relación con la corrupción. El accidente ferroviario de Once, por ejemplo, puso en evidencia la despreocupación criminal y la corrupción compartida de concesionarios y funcionarios públicos. También reveló la debilidad del modelo gubernamental de reparto indiscriminado de subsidios. La opinión no suele quejarse mucho de la corrupción, pero le presta atención cuando provoca muertes. Y comienza a sumar: trenes, colectivos, subtes, cortes de luz, inflación, cepo cambiario, inseguridad, justicia.

No se trata de discrepancias en lo ideológico, donde nuestros dirigentes concentraron sus baterías, sino de descubrir que el Gobierno gobierna mal y que algunos roban. Sobre esa base común, cada uno fue agregando su protesta: las discrepancias entre anuncios y realidades, la injerencia de La Cámpora en las escuelas, la sobreactuación de la Presidenta y, finalmente, la reforma de la Constitución y la reelección. Motivos mayores y menores se han ido sumando a lo largo del año hasta que un grupo los expresó de manera difusa, pero contundente. Eran muchos, y dijeron "basta". El péndulo del humor social había llegado al otro extremo.

Pierre Rosanvallon ha señalado que uno de los problemas de la democracia de sufragio es la cantidad de poder que se entrega a los electos. Algo similar a la "tiranía de la mitad más uno", que en el siglo XIX criticó Tocqueville. En estos diez años el Gobierno ha usado esa fuerza para licuar a las fuerzas opositoras, neutralizar a las organizaciones profesionales y sociales y someter a la prensa. Más recientemente, se suma una presión similar sobre los jueces. Este listado remite nuevamente a Tocqueville, quien encontró en Estados Unidos los contrapesos posibles para la tiranía democrática de la mitad más uno: la prensa, los jueces y las asociaciones civiles. Rosanvallon agrega otras muchas formas con las que desde la sociedad se pueden poner límites al gobierno democrático. Entre ellas, las manifestaciones en la calle, sobre todo cuando no dependen de la manipulación de los aparatos organizativos.

El festejo oficial en el aniversario de la recuperación democrática. 
 
Tal la significación de las jornadas del 13 de septiembre y el 8 de noviembre. La convocatoria fue variada y circuló por vías informales. Las consignas fueron abiertas, singulares e imaginativas. El resultado fue un poco cacofónico, pero permitió que todas las disconformidades pudieran sumarse. El 13-S y el 8-N han instalado en la opinión un ánimo nuevo y contagioso. Los manifestantes le ganaron la calle al Gobierno, material y simbólicamente: mucha gente y ni un solo ómnibus. El Gobierno, que solía copar la calle, no puede hoy competir con ellos, y sólo logró reunir un número adecuado recurriendo al aparato y a músicos populares, y bajando el perfil político.

Las manifestaciones pusieron en cuestión un punto nodal en el relato oficial: la identificación del Gobierno con el "pueblo". Es sabido que el pueblo puede ser invocado, con mayor o menor verosimilitud, pero su existencia es ideal y no real. Más allá de los votos originarios, un gobierno populista necesita volver a legitimarse periódicamente con manifestaciones masivas, presenciales o virtuales. Cuando la manifestación masiva se expresa en contra del gobierno, el discurso populista se complica. Obliga a descalificar a quienes se reunieron: no son el verdadero pueblo, son la clase media, o como solía decir Eva Perón, "la oligarquía", algo fácilmente refutable con las imágenes televisivas.

En este terreno, el Gobierno ha retrocedido mucho en este año: ya no hay consenso acerca de su representación del pueblo. Tampoco pueden aseverar que lo representan ni las fuerzas políticas opositoras ni las organizaciones sindicales, que están desafiadas a darle a la protesta un sentido político. La instalación de la reelección en la agenda los ayuda a superar sus crónicos celos y rivalidades, y les da una base de sustentación en una opinión que quiere encolumnarse detrás de un frente político mínimamente unido.

Uno de los puntos fuertes de esta oposición en gestación es el cansancio generalizado de la excepcionalidad, los golpes de timón, los exabruptos verbales, la épica discursiva y la violencia desbordada, que asoma amenazante tras las barras bravas, los "vatayones militantes" o las huestes de Milagro Sala. Hay una aspiración general a "un gobierno normal" para "un país normal". Una gestión razonable, sin exaltaciones. No es pedir demasiado. Pero no parece ser lo que anuncia el Gobierno.

Como en 2009, el Gobierno está hoy a la defensiva, pero prepara el contraataque. Ha sacrificado algunas piezas importantes, como la CGT, pero conserva su poder de fuego y mantiene un control tenso sobre autoridades subordinadas y organizaciones corporativas. Sobre todo, mantiene el respaldo de sus principales baluartes: los convencidos y los pobres.

No es fácil conocer la magnitud de los convencidos. Algunos se limitan a pensar que las cosas marchan bien, y otros creen estar participando de la revolución largamente soñada. Algunos agregan una gratificación personal o profesional, y nada hay más dulce que combinar las dos cosas. Para quienes han llegado al compromiso completo, no hay retroceso digno posible. Su postura parece inconmovible, y están dispuestos a acompañar a sus dirigentes en su huida hacia adelante.

El otro respaldo fuerte está en el mundo de la pobreza. Está en el conglomerado del Gran Buenos Aires y de otros conurbanos, y se prolonga en fragmentos menores en el resto del país, cuyo mapa ha mostrado este año Jorge Lanata. En muchos aspectos, es una Argentina completamente distinta de la que salió a las calles a protestar. Esa escisión social es una de las lacras del país, y uno de los grandes fracasos de un gobierno que desaprovechó la oportunidad de comenzar a cerrar la brecha. Quizás interesadamente, prefirió limitarse a contener el fuego con subsidios. La máquina electoral, montada por funcionarios gubernamentales y punteros, ha sabido transformar la pobreza en votos o en manifestantes. Lo hace de manera eficaz y admirable.

Pero no es seguro que el Gobierno coseche allí lealtades. Al menos, no aquellas incondicionales que lograron Eva y Juan Perón. En el voto de los pobres hay una relación más objetiva: doy para que me des. Por otro lado, es una relación mediada por redes políticas y agentes, con sus propias preocupaciones por la supervivencia, que van más allá del presente inmediato. Cuando el futuro del gobierno actual esté definido, los que manejan estas redes contemplarán otras alternativas, sin ira y con estudio. " Only business ."

Todo esto concluirá presumiblemente en 2015. Pero es mucho tiempo, y existen dudas razonables de que el Gobierno pueda transitar estos tres años pacíficamente. Hacerlo no está en su naturaleza o, al menos, en la del sector más radicalizado, claramente destituyente, que "va por todo". Hoy quiere derribar al Poder Judicial; más adelante puede intentar una revolución mayor, desde dentro de las instituciones y en contra de ellas, como lo hicieron en su momento Luis Napoleón Bonaparte y otros personajes más célebres en el siglo XX. No faltan ejemplos de grupos que, sin retroceso posible, optaron por la política de tierra arrasada.

Sin embargo, el derrumbe catastrófico no es la única alternativa. Hay otro escenario posible para la transición, que es pacífico. En el Gobierno y en su periferia hay muchos que tienen otras alternativas, que desean cuidar lo que queda y que, como el arquitecto Speer, pueden desobedecer la orden de la destrucción total. Las fuerzas opositoras, sobre todo, son las más convencidas defensoras del orden institucional, y las que más van a hacer para llegar sin sobresaltos a la próxima elección presidencial. Unos y otros auscultan el ánimo de la opinión. Quienes salieron a la calle el 8 de noviembre no se parecen a las multitudes iracundas de 2001 y 2002. Quieren paz y no guerra.

Para que la haya, no basta con que los extremistas sean neutralizados. En esos diez años se ha formado en la sociedad una formidable brecha ideológica, que transformó diferencias en alternativas polares y liquidó los espacios de diálogo. No hay territorios neutrales, no hay principios compartidos, no hay siquiera coincidencia en la información, en los datos duros con los que pueda comenzar a construirse un razonamiento común. Se cree en el Indec o no se cree. Por cierto esto sólo afecta a una parte de los argentinos; en el medio hay muchos otros, pero son una masa neutra, que no pesa en el debate.

Estamos lejos de tener una generación del 37, que supere la antinomia entre unitarios y federales. Estamos bastante cerca del pésimo antecedente de 1955. Como en esas ocasiones, hoy las posiciones enardecidas aumentan el riesgo de un final catastrófico. No sería el primer caso en el que una minoría violenta envuelva a una mayoría pacífica. Este debería ser, quizás, el primer objetivo de quienes trabajan para dar forma al espíritu del 8 de noviembre: crear una mayoría activa y constructiva de hombres de buena voluntad, sensatos y pacíficos..

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