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En la playa, todos vivimos como en Gran Hermano

El verano nos puede devolver muchas más invitaciones a la reflexión que nuestro terapeuta o analista

Jueves 10 de enero de 2013 • 09:39
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Llega al verano y la playa nos reúne y expone. Todos y todas echamos al sol nuestras miserias, virtudes y estilos. Los otros son ellos y, además, espejo de quiénes somos y de quiénes podemos llegar a ser.

Así como la piel deja de estar "blanca" por haber estado todo un año bajo la ropa; nuestra "psicología" (nuestras conductas, comportamientos, ideas, sentimientos, emociones…), que durante los últimos once meses hemos mantenido a puertas cerradas; queda al desnudo y es difícil dejar pasar por alto nada; sobre todo en una sociedad como la nuestra que vive conectada a las 24 horas para no perderse detalle de la vida de los otros.

Es que la playa es un reallity show para el asombro, la duda y la contemplación; pilares filosóficos fundamentales. Ahora habrá que ver qué es eso que nos asombra, que nos hace dudar o que gana nuestra atención para quedarnos detenidos frente a su presencia, a punto de olvidarnos de nosotros mismos.

Ahí la vemos bajar a Marisa con sus prótesis nuevas, se la ve jovial, radiante, segura. Ahí están las vecinas de carpa, boquiabiertas, murmurantes, envidiosas... deseosas de hacerse el implante en 2013 y, definitivamente, sorprender el próximo verano. Ahí están ellos, cómplices del silencio, refugiados bajo los anteojos negros, pidiendo "un aplauso para el asador".

¿Qué sentiste vos al verla pasar a Marisa?

Juan tuvo un año agotador. Hace meses que piensa en este instante. A punto de meter un gol de media cancha, se echa en la reposera, se pone los auriculares e inaugura uno de los libros que deseó todo el año. Milésimas de segundos después, el nene de al lado revolea arena con la pala sin que su madre le ponga límite o advertencia alguna. Ella también quiere descansar. ¿Y el padre de la criatura?: juega al truco con amigos y gritan "flor" a lo bruto, como si toda la playa jugara con ellos. Por suerte en unos días llegan las madres de ambos para hacerse cargo del nieto.

¿Qué haríamos con ese niño y, sobre todo, con esos padres?

No es que uno quiera que todos los vecinos de playa sean como la obsesiva de dos sombrillas atrás que acomoda las reposeras como si fuera un living y prepara el almuerzo como si estuviese por llegar Mirtha Legrand; pero...

Laura y su hija adolescente no pierden la costumbre. La compulsividad por las compras no se detiene en la playa, haya sol o no. Todo vendedor ambulante es como el mejor de los amantes de verano. Pareos, anteojos, trajes de baño, vinchas, pulseras, collares, tobilleras... y, por la noche o en los días de lluvia, el desborde llegará a la hora de dar "la vuelta del perro" por la peatonal.

¿Qué regalarles a Laura y a su hija si ya lo tienen todo (y no tienen nada)?

Infaltable, hablado de vendedores, enfrentarse a la cruel realidad de la balanza. Facturas, churros, barquillos, helados, gaseosas… el choclo, tal vez, sería lo más saludable. En el parador, hamburguesas, pancho, rabas, cerveza, clericó… Y mientras todo eso pasa por nuestras manos, hablamos de qué vamos a cocinar o a dónde vamos a ir a comer esta noche.

"No vivamos como enfermos para morir sanos", celebra una mujer la inteligente reflexión de una nutricionista que aparece en una de esas revistas femeninas. Si la nutricionista lo dice, adelante...

¿Para qué habremos hecho dieta desde septiembre si en marzo, además de retomar la rutina, vamos a padecer, un año más, el tener que esconder todo los kilos recuperados y algunos más?

"Este año va a ser distinto -le dice ella a su marido- no hacemos más dieta, vamos a cambiar nuestros hábitos de alimentación: frutas y verduras cinco veces a la semana, mucho líquido y actividad física...". Él la mira y le recuerda que eso viene diciendo desde que se conocen y ya tienen 3 hijos adolescentes.

Uno de ellos se queda en remera bajo la sombrilla, mientras odia a su hermano que pasea los músculos como hámster en rueda. La menor, con sus 15, tiene la botellita de agua y el mate adosado como suero.

¿Para qué habrá invertido en un viaje al Caribe si sólo tiene ojos para su celular y su iPad?

Mauricio es uno de los que no puede despegarse del trabajo y la conexión WIFI con la vida. Algo aprendió su hijo que está sentado a su lado descargando cuanto juego le proponga el Android. La esposa, resignada, toma sol como lagarto a pocos metros del bañero que le recuerda lo que nunca tomará como propio, por pudor, porque se debe a su marido, aunque él lo engañe con la rubia virtual.

Todos y todas, y los que no entraron en este primer capítulo del reallity del verano.

¿Quién sos: Marisa, Mauricio, Laura y su hija, Juan...?

Sin ánimo de prejuicio ni valoraciones más allá del sentido del humor, este verano puede ser que la playa nos devuelva muchas más invitaciones a la reflexión que nuestro terapeuta o analista. Habrá que estar atento a lo que nos trae o nos devuelve el mar.

Eso sí... cuidado con los rayos ultravioletas. Siempre hay que tener a mano un protector y un espejito (para no dejar de reírnos de nosotros mismos).

*Eduardo Chaktoura es psicólogo y periodista. Twitter: @echaktoura

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