Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

El dolor de no haberlo conocido

Por Alfredo Parga Especial para La Nación Deportiva

Jueves 23 de septiembre de 1999

Recorría aquel sábado intrascendente el camino tantas veces estéril de la TV, acumulando imágenes de colores que no representaban ni decían absolutamente nada.

De repente, una cámara de vida filmaba un coche de carrera escapando de la pista para ir a perforar el techo de la pantalla, y luego, saltar del otro lado, enloquecido.

Como si una cámara de muerte hubiera estado esperando con su carga de angustia para recibirlo, el auto se agitaba primero en una cabriola con espasmo, se tumbaba después sobre un piso declinante de indiferente verde y quedaba inmóvil, al fin. Definitivamente inútil. El paisaje se había roto.

Gonzalo Rodríguez, Gonchi, había muerto llevándose su entusiasmo de siempre. Apresuradamente; sin tiempo para desprenderse del casco ni quitarse los guantes. Con la bota derecha hundida presionando hasta el absurdo sobre una pedalera incorregible.

La voz monocorde que llegaba desde lejos confirmaba lo que no necesitaba de palabra alguna. La presencia de la muerte. Y todo pasaba a ser distinto, aun siendo igual. El sábado se había vuelto estúpidamente lúgubre. Apagué el televisor, como correspondía.

// // //

Yo no lo conocí a Gonchi. La imagen de su auto escapando de la pantalla para ir a correr a cualquier parte volvía a relampaguear una y otra vez en mi memoria. Y me repreguntaba lo que nadie podía contestarme; aquél pasaba a ser un tiempo de silencios, de mudos asombros.

Después sería el tiempo de sumar postales acoplándose a recuerdos deshilachados que capitalizaba casi sin advertirlo. La declaración de su padre repitiendo el párrafo principal de la última conversación con su hijo, cuando éste le exponía los problemas técnicos que se habían presentado aquel fin de semana en el complicado circuito de Laguna Seca.

Todo inútil. El coche seguía escapando de la pantalla para penetrar en un lugar de alguna parte, mientras sumaba las declaraciones de quienes habían corrido alguna vez con Gonchi. La de los que lo habían tratado. Comenzaría la acumulación de obituarios que se encimaban, ocupándose, de paso, por evitar en el futuro la repetición de lo que inexorablemente volverá a repetirse, porque no hay forma de impedir lo que no se impedirá nunca.

Las carreras de autos tendrán la muerte siempre. Aunque todo el mundo se propusiera que la muerte no apareciera más. Ocurre que la muerte es una presencia que nadie convoca, pero que acude por sí misma y sólo espera.

Tiene una paciencia infinita. En su persecución sin sentido, desconoce la misericordia, no entiende de razones. Se burla de quien cree, ingenuamente, haber tomado todos los recaudos para que ella no se acerque.

// // //

Repito. No conocí a Gonchi. Me conmueve no hallar una sola nota distinta entre los recuerdos que sobre su personalidad se acumulan. Esto me da la impresión de que era un elegido de Dios para que su recuerdo fuera el mejor.

Por mi cabeza continúa deslizándose aquella película maldita de infeliz final. Mi desconsuelo martilla con la misma tenacidad que no conocí a Gonchi. Y todo lastima más...

Te puede interesar