Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Embarcados en pasiones nacionalistas

Eduardo Fidanza

SEGUIR
PARA LA NACION
Sábado 12 de enero de 2013

Que la política se alimenta de mitos y sabe manipular las emociones colectivas no es ninguna novedad. Siempre ha ocurrido así, desde las democracias ejemplares hasta las dictaduras más crueles. En este sentido, el caso de la Fragata Libertad es emblemático: más allá de las diferencias políticas, nadie que no haya blindado su corazón pudo sustraerse a la emoción del regreso del barco, a su belleza y porte, a las ceremonias y rituales característicos de los hombres de mar. Es que acaso la náutica resulta una metáfora de la vida, que la literatura y el cine proyectan una y otra vez sobre nosotros, estilizando nuestra sensibilidad.

Así, estar embarcados evoca emociones intensas, universales: la decisión de aventurarse, el riesgo de avanzar; la determinación de enfrentar las dificultades, se trate de una tormenta despiadada o de una exasperante calma chicha, como en la inolvidable La línea de sombra, de Joseph Conrad. El que se embarca arriesga irremediablemente. No le queda otra que llegar a puerto o naufragar. De allí la célebre sentencia pascaliana: "Estáis embarcados, hay que apostar". Finalmente, la náutica empalma con el dificultoso regreso de los héroes, del que Ulises es arquetipo: su vuelta se hizo esperar por la furia de Poseidón, el dios del mar.

En el caso de la Fragata Libertad, ese riquísimo material simbólico converge con la pasión nacionalista, otro vector emocional que atraviesa la cultura política moderna. De este modo, mitología marítima y nacionalismo parecen las coordenadas adecuadas para interpretar el episodio. El querido Carlos Floria, que acaba de dejarnos, escribió páginas insustituibles sobre el ethos nacional, en su magistral libro Pasiones nacionalistas. Lejos de condenarlas livianamente, como tantos ofendidos del populismo, las aborda en sus diversas y complejas variantes, distinguiendo racionalidades políticas y tradiciones históricas. Podríamos preguntarnos con Floria: ¿cuál de todos esos nacionalismos encarnó la presidenta de la Nación con la mise-en-scène y el discurso de recepción de la Fragata? ¿Qué se puede rescatar de todo eso, qué desechar, considerando las perspectivas de un país a la vez inorgánico y vital, que oscila entre oportunidades y defectos sin poder diseñar un destino común?

Aventuro algunas respuestas. Mi impresión es que en cierta forma la interpretación presidencial condensó logros, contradicciones e insuficiencias de la actualidad nacional. Es un acierto el regreso del barco emblemático y parece lógico que se celebre la recuperación de un bien público momentáneamente enajenado. Con variaciones, otros gobiernos hubieran hecho lo mismo. Resulta destacable también que se haya aprovechado la circunstancia para reafirmar la vocación del Estado de cumplir con sus compromisos externos. Por último, no está de más enfatizar el restablecimiento económico del país y su menor vulnerabilidad, después de haber sufrido a principio de siglo la caída de un gobierno constitucional, sentenciado por las entidades financieras internacionales. Es parte de la tradición y de la actualidad del discurso político regional recordarle al mundo desarrollado la autodeterminación y la dignidad nacional. Aunque les pese a algunos, la nueva riqueza en materias primas y alimentos permite esta revancha retórica y política.

Podríamos decir, usando las herramientas de Floria, que tal vez haya aquí componentes de un nacionalismo idiosincrásico, que encaja con nuestra cultura política: la reivindicación del Estado nación, enfatizando su vertiente comunitaria, convenientemente aderezada con mitos y memorias. Más allá de eso aparecen en el discurso presidencial los arcaísmos que tan bien describe nuestro apreciado historiador: la conciencia conspirativa, el partido de los puros, la distinción reaccionaria entre país legal y país real. La invención de enemigos para afirmar la identidad.

La pasión nacionalista, concluyo con Floria, es como una rama doblada, que cuando se suelta retorna y castiga. La imagen, extraída de Isaiah Berlin, sirve para mostrar que se trata de un fenómeno ineludible que es preciso comprender y reinterpretar, no combatir.

En esa línea, podría concebirse la nación no solo como hecho ancestral, sino como voluntad de entendimiento, según una sana tradición política. Adosarle a la comunidad, la sociabilidad. Es imposible navegar en medio de una disputa constante. Quizás el caso de nuestra Fragata ayude a entender que, para progresar, el viento y la buena convivencia deben soplar en el mismo sentido.

© LA NACION

Te puede interesar