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Atender el propio juego

No todo debe girar alrededor de Cristina

Opinión

Con una presidenta que domina la agenda, nuestra atención y reflexión están centradas en sus actos y sus dichos. Esto obstaculiza el abordaje concreto de los problemas y la construcción de un proyecto alternativo de país

Por   | Para LA NACION

Para quienes tenemos una mirada crítica sobre el gobierno de los Kirchner, unos días de relativo silencio presidencial - solo turbado por los tuits - nos han ayudado a percibir hasta qué punto nuestra reflexión está cotidianamente centrada en sus actos y en sus dichos . Amanecemos con la Presidenta , que está en los titulares de los diarios y los programas periodísticos de la radio. De ahí en más, consagramos nuestros esfuerzos a desmentir el "relato" y denunciar el "vamos por todo". Absorbidos por los estallidos luminosos y sonoros de cada día, nos olvidamos de nuestra tarea principal: ofrecer una alternativa.

Vale la pena recordar la actitud de la Generación del 37 ante el rosismo. Estos jóvenes quisieron diferenciarse de los viejos unitarios y de su monocorde diatriba antirrosista. Se propusieron entender a Rosas y a la vez diseñar el camino de una Argentina diferente y posible. Tal intento de comprensión se encuentra, en estilos diversos, en el Fragmento preliminar, de Alberdi, y en El Matadero, de Echeverría, lo mismo que en el Facundo, donde, sin escatimar la crítica y la diatriba, Sarmiento hace un ensayo de comprensión de la Argentina profunda.

Pero no se quedaron allí. Echeverría y Alberdi plasmaron su propuesta en el Dogma socialista. En la segunda parte de Facundo, Sarmiento formuló un programa para la Argentina posrosista, fundado no tanto en las miserias heredadas como en las posibilidades de un país por hacer. Y en los años siguientes se consagró a estudiar problemas concretos, como la educación. Lo hizo estudiando, mirando el mundo y ensayando en Chile. No abandonó la pasión ni el ojo crítico, pero los puso al servicio de la construcción de un país diferente.

Muchos nos hemos dedicado en estos años a polemizar con el kirchnerismo. Sin duda, fue necesario cuestionar un relato vigoroso, que hablaba a las pasiones más escondidas de los argentinos. También fue necesario confrontar con un aparato de difusión poderoso y eficiente. Había que mostrar, caso por caso, la discrepancia entre lo dicho y lo hecho; las intenciones de los dichos y los problemas reales de lo hecho.

Quizá lo más importante ya está logrado. La realidad confronta al relato de modo cada vez más elocuente. La inflación -aceptada hasta en el discurso presidencial-, la tragedia ferroviaria de Once, el déficit energético, todo prueba que, más allá del relato, hubo una gestión gubernamental muy mala y muy corrupta, aunque la Justicia no lo haya probado. Una buena parte de la opinión que acompañó a la Presidenta en 2011 parece dispuesta a probar con otra alternativa. En cuanto al núcleo duro del kirchnerismo, mi impresión es que no hay argumento que conmueva una convicción amasada, en proporciones diversas, con pasión y con interés.

Nuestro problema consiste en que, en realidad, no estamos pensando en la alternativa. El kirchnerismo nos mueve a la indignación, la ironía o la sátira. Perezosamente, nos conformamos con habitar un espacio de fácil identificación, y nos parece que ir más allá puede alterar la cómoda armonía. Advertía Francisco Ayala -con referencia a los ambientes antiperonistas anteriores a 1955- que contemplar fascinados la estupidez es una forma de estupidizarse. Algo imperdonable para quienes tienen como oficio pensar.

Pero hay algo más. En su apogeo, el kirchnerismo agitó banderas consideradas progresistas que, como trapos rojos, llevaron a la oposición a colocarse inerme ante el estoque del matador. El oficialismo la dividió; cooptó a algunos y hasta logró que el resto los apoyara en medidas que, más allá de su aspecto exterior, claramente ayudaban a la construcción de su poder. Hoy, aunque el ciclo parece estar acercándose a su fin, la Presidenta sigue dominando la agenda. Sigue agitando el trapo rojo. Entre la provocación verbal y tuitera, y la exhibición de un autoritarismo que perdió todo límite legal, nos ofrece cada día un tema nuevo y nos impulsa a contradecirla. Se dirá que sólo es un exhibicionismo autoritario compensador de otras impotencias. Quizá. Pero sus resultados son tremendamente eficaces. Es posible que ya no cautive a opositores incautos. Pero consigue otro resultado. Toda nuestra crítica, nuestra indignación, nuestra ironía -por no hablar de mucha abominable grosería circulante- no alcanza para ofrecer una alternativa.

Tenemos que concentrarnos en nuestra agenda. Y para eso tenemos que pensar un poco menos en los dichos y hechos de nuestra presidenta. Quizás hasta haya que resignarse a dejar pasar alguna provocación, a no dar lecciones cada vez que se equivoca grueso. No debemos descender al terreno que nos propone. Tenemos que elegir el que nos resulte apropiado para construir nuestra propia propuesta.

Como la generación del 37, tenemos que imaginar un país un poco diferente. Los grandes temas son claros y no debería haber disensos mayores. Tenemos que encauzar al Gobierno y a la sociedad en los carriles de la ley, y acabar con la idea generalizada de que la emergencia todo lo justifica. Tenemos que transformar la favorable coyuntura económica externa -que todos nuestros vecinos están aprovechando- en desarrollo sustentable del conjunto de la economía. Tenemos que atacar por todos los frentes el problema de la pobreza, que en realidad engloba el conjunto de cuestiones que aquejan hoy a la sociedad, pobre o no. Sobre todo, tenemos que reconstruir el Estado, la herramienta indispensable. Es fácil coincidir en esto. Simplemente son las bases para que podamos empezar a discutir sobre alternativas diferentes para el país.

El problema mayor no está tanto en este diseño general como en la coyuntura del próximo gobierno, que recibirá una multiplicidad de problemas específicos, muy difíciles de manejar. En muchos aspectos, el país sigue tan salido de madre como en 2001, con el agravante de diez años de derroche y holgura, que se convertirán en el parámetro popular para el próximo gobierno. Es claro, por ejemplo, que el sistema de subsidios es insostenible, pero no es sencillo salir de él de manera gradual y equitativa, sin provocar explosiones. ¿Cómo discutir sensatamente una ley de coparticipación fiscal? ¿Qué haremos cuando, reconstruido el Indec, exista una serie histórica de la inflación desde 2007? ¿Cómo se manejará la catarata de legítimos reclamos y juicios? Sería bueno que nos dedicáramos desde ahora a pensar cómo hacerlo. Un programa razonable para la transición hará creíbles las alternativas políticas al kirchnerismo. Quizá más que un programa de largo plazo.

Hay más para pensar. Diez años de kirchnerismo, y los que quedan, no fueron obra de la casualidad. La holgura fiscal y el relato exitoso explican algo, pero no todo. Muchos diagnósticos apuntan más a lo que falta -poca educación, poco afecto por la ley- que a lo que hay. No es de hombres prácticos limitarse a denostar lo que la sociedad argentina ha llegado a ser, y que el kirchnerismo interpeló eficazmente. No es lo que hicieron Alberdi o Sarmiento. Quizás haya que pensar, como en las artes marciales, la forma de capitalizar algunas de esas características que el populismo gubernamental supo satisfacer fácil y productivamente. Ha de haber alguna manera de potenciar el igualitarismo democrático de nuestra sociedad, el anhelo juvenil de protagonizar gestas difíciles y hasta el nacionalismo tan arraigado en nuestra cultura.

Finalmente, tenemos que volver a pensar todos juntos. Hoy la Argentina está partida por una brecha que es ideológica y política. Nada más y nada menos. Un cambio en el ciclo político puede profundizarla, si no estamos atentos y firmemente dispuestos a evitarlo. No podemos ignorar la experiencia de 1955, del antiperonismo sin futuro y el peronismo rejuvenecido bloqueándose mutuamente. También éste es un tema mucho más importante que los tuits presidenciales. Convendría entonces que, si amanecemos con Cristina, durmamos soñando con Sarmiento.

© LA NACION.

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