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Se llaman Maradona o Fidel Castro, pero son ilustres desconocidos

Sociedad

Comparten el nombre y el apellido de personajes famosos pero viven en el anonimato: son obreros, economistas, peones, comerciantes; las ventajas y dificultades de ser el homónimo

Por   | LA NACION

 
 

Son iguales, pero también son opuestos. Se llaman Maradona, Mussolini, Borges, Fidel Castro, Mariano Moreno, Diego Torres, pero no tienen nada que ver con sus homónimos famosos. Los benefició en el amor, con sus maestros o para conseguir trabajo. Pero también los expuso más de lo que hubieran querido, los volvió tímidos, anónimos, casi una sombra.

Fidel Castro tiene 35 años, vive en General Cabrera, un pueblo del sur de Córdoba, y trabaja en un lavadero de autos con su padre. Se refiere a él como "el hermoso loco" que le eligió el nombre. Cuenta que su papá tenía como compañero en el lavadero a un fanático de El Che y de Fidel. Le habló tanto de esos personajes, le contó tantas historias para él desconocidas, lo encantó de un modo que él le prometió: "Cuando tenga un hijo varón le pongo Fidel. Vas a tener a un Fidel Castro en el pueblo así te sentís bien".

 
Fidel Castro con sus dos hijos, uno de ellos Alejo Fidel Castro. 
 

Poco tiempo después nació su hijo y pese a las resistencias de la empleada del registro civil de Cabrera (tía del recién nacido) él cumplió su promesa. "Entonces cayó todo el peso del nombre sobre mí", dice el joven Fidel Castro al otro lado del teléfono, desde el corazón de la zona manicera del país. No condena a su padre, que tuvo un gesto de camaradería. "Mi papá no sabía nada de historia ni de política. El no tiene estudio ni ideología. Como yo tampoco tengo. Empecé el secundario pero era tan revoltoso que no dejaba trabajar a nadie. Un día mi papá se cansó y me sacó del colegio".

Fidel sueña con conocer al otro Fidel Castro, "el original, el grande". Dice: "Nunca me subí a un avión; soy nacido y criado en Cabrera, nunca salí de acá. Pero me animaría a ir y hablar con él, preguntarle por su historia, contarle la mía, la cantidad de veces que me dijeron: "Te falta la barba, Fidel", o "pase al frente el presidente de Cuba"; también podría contarle que siempre creen que hago un chiste cuando digo mi nombre y que nunca ando sin el DNI". El también sueña con que su hijo de ocho años lo acompañe a la isla: el pequeño se llama Alejo Fidel Castro. "Se lo puse para sentirme menos solo".

Diego Torres

Su familia es bostera. Cuando nació, hace 30 años, le pusieron Diego por Diego Maradona. El detalle es que su apellido es Torres. Es el Diego Torres versión futbolista. "Vivo con eso todo el tiempo", dice el jugador de Arsenal. "En la hinchada me gritan: "Cantáte un tema, Diego", "Tratá de estar mejor". Para los relatores de fútbol es "el chico color esperanza". Tampoco faltan las referencias del tipo: "Ojalá Diego cante mejor, cuando en un partido anterior no jugué tan bien".

 
Diego Torres. Foto: Archivo 
 

-¿Te molesta?

-No. Al principio uno quiere ser uno, el único, entonces te jode un poco. Pero después me fui acostumbrando y me fui dando cuenta de que ese nombre me ayudó a ser más conocido. Aún sin haber jugado en clubes grandes -pasó por Quilmes y Newels- me recuerdan porque me relacionan con el cantante. Y es lindo también que él opine de uno.

-¿El opina de vos?

-Una vez, en la radio Metro Andy Kusnetzoff le estaba haciendo una entrevista a Diego Torres. Le preguntó si sabía que había un jugador con su mismo nombre en la Argentina. Dijo que sí. Creo que ayer hizo un gol, también dijo y me felicitó.

Sonríe, lo disfruta. El futbolista ahora está casado, pero no se olvida de que su nombre también sumaba siempre en el chamuyo con las chicas. "Decía Diego Torres y llamaba la atención; pero ahora tengo a mi señora", aclara. Tiene una nena y un bebe por venir. Su mujer ya le dijo que ni se le ocurra: "No se va a llamar Diego. Estoy multado".

Jorge Mussolini

El librero Jorge Mussolini le adjudica a su apellido su introversión extrema. Compartir parte de su nombre con el dictador italiano, dice, incluso le impide participar de algunos foros donde con sólo registrarse lo agravian. "Siempre me llegan invitaciones por Internet de agrupaciones neonazis italianas para alabar al Duce. Todo en italiano, me doy cuenta cuando uso el traductor de Google. Entonces las elimino", cuenta. Tiene un poco de bronca, también resignación ya a sus 39 años.

 
Jorge Mussolini en su libreria. 
 

Lo peor, cree él, es que su apellido lo limitó para el amor. Aún recuerda que cuando era chico, tendría unos siete años, estaba perdidamente enamorado de Andrea, una vecina suya de familia judía. "A esa edad no sabía mucho del amor ni de la historia pero ya pensaba que mi apellido iba a caer mal. A mí me gustan las mujeres judías porque muchas tienen esa belleza de Europa del este; pero sé que son mujeres que nunca voy a poder abordar desde lo romántico", dice Mussolini.

Mezcla melancolía y algo de gracia. Sigue con sus reflexiones: "Me imaginaba siempre cuando ella le dijera a su papá Samuel que había un chico del barrio que le gustaba y que se lo quería presentar. Cuando él preguntara cómo se llama el afortunado, ahí yo estaba totalmente caput". Mussolini sigue soltero y busca "la mujer ideal".

Martín Borges

Quien sí se jacta de hacer marketing con su apellido, que le sumó siempre para su vida, es Martín Borges. Tiene 34 años, vive en el barrio de Congreso, en la ciudad de Buenos Aires. Su nombre completo es Pablo Martín Daloia Borges, pero desde que terminó el colegio secundario prefirió explotar las virtudes del apellido de su madre, una mujer oriunda de Misiones que dice no tener ningún parentesco con el escritor argentino más reconocido en el mundo.

 
Martín Borges en su estudio de fotografía. 
 

"Lo uso como marketing. Lo uso sólo por eso", dice Martín, que se dedica a la fotografía y al diseño freelance. Aclara que lo considera un nombre artístico y que existe un prejuicio positivo cuando escuchan que es Borges, como si tuviera un talento especial. "Lo aproveché con un profe que no me quería mucho. Cuando descubrí que amaba a Borges, le dije que era pariente lejano. Fue el entre para que me empezara a querer", dice.

Lo que Martín Borges padece son las "millones de veces" que le preguntaron si es pariente del escritor; también lo presiona un poco que supongan que él sabe de su vida y de su obra. "Me hacen sentir que esperan que sepa todo de la vida de él, que haya leído todo y hasta que sepa escribir bien. Y nada que ver", se sincera. Y explica: "Borges no es un autor muy popular entre los jóvenes y lo mío es la imagen. Yo no lo leí nunca".

Poco antes de conversar con LA NACION, Martín Borges había posteado en su muro de facebook una frase de Jorge Luis Borges: "Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón". Enseguida tuvo decenas de "me gusta" y muchos comentarios. Alguien puso: "Un groso tu abuelo".

Mariano Moreno

Mariano Moreno casi no recuerda nada de quién fue Mariano Moreno. Tiene 40 años, es peón rural en la zona de Vicuña Mackenna, en Córdoba, y dice que hace memoria pero que quién puede acordarse lo que alguna vez le dijo la maestra del primario a los diez años. "Sé que era algo de la primera junta, que también estaba Paso, me acuerdo", dice. Habla desde su celular, que se entrecorta porque casi no hay señal en el campo. Son las 9 de la noche y "el prócer", como lo llaman todos, recién puede sentarse un rato afuera de la casilla que es su hogar de casa de lunes a viernes, para él y otros peones.

Moreno no pudo empezar el secundario. Se lamenta, dice que le hubiera gustado seguir pero que en la casa no podían darse esos lujos. "Desde los 16 años que estoy acá. Y la cosa está mal en el campo, no se gana nada", dice. Se levanta a las 5 de la madrugada para estar a tiempo cada lunes en el campo, pero hace años que no le alcanza para irse de vacaciones. "¡Qué se le va a hacer!".

Su tono de voz suena más alegre cuando recuerda una anécdota de joven. "Una vez me fui a hacer una revisación médica para entrar al servicio militar. Cuando un cabo me pregunta el nombre le digo: Mariano Moreno. Te vamos a atender por chistoso, me dijo. Me dio un poco de miedo. Le di el documento y ahí se convenció. Al final, me salvé por número bajo".

Soledad Maradona

Soledad Maradona dice que su apellido le trajo "problemas de identidad". Nació en un pueblo muy chico de la Patagonia y hasta que no llegó a La Plata, a estudiar periodismo, nunca nadie le había preguntado por su vínculo con el futbolista. Dice que todos sabían que no tenía parentesco y a nadie le parecía gracioso hacer chistes con esa coincidencia.

 
Soledad Maradona en un bar de Nápoles. 
 

"En la facultad empezaron mis problemas. Nadie me llamaba por mi nombre: yo era el Diego", cuenta. Para su personalidad introvertida lo peor que podían hacerle era que cuando tomaran lista, en un aula de cientos de alumnos, la mayoría se levantara, aplaudiera y vivara a Maradona. Tiene una infinidad de anécdotas en los cinco años que cursó. Cosas menores, dice ahora que ya pasaron muchos años y trabaja como corresponsal de LA NACION desde Bariloche. "Mis compañeros llegaron a anotarme con mi legajo y la inicial de mi nombre en un torneo de fútbol para tener un Maradona en el equipo", dice entre risas. "Me lo tomo con humor, pero a nivel personal me afectó mucho".

Sabe que las referencias a Diego Maradona la van a perseguir de por vida. Como figura en guía, dos por tres recibe llamados telefónicos de gente pidiéndole dinero, por ejemplo. Ella explica que no tiene nada que ver con los Maradona ricos. Discute, no le creen. Hace unos meses visitó Europa. "Estábamos comiendo en un restaurante en Italia y cuando escucharon que éramos argentinos se acercaron. Al saber que era Maradona me besaban la mano. Besé la mano de Dios, decían".

El punto más alto de popularidad en el viaje fue en Nápoles, la ciudad donde Maradona es Dios. Ella no quería, pero por insistencia de su compañero de viaje fueron hacia el sur de Italia. "Cuando presenté el documento para el pasaje me dijeron: Me paga la mano de Dios". Al llegar al bar en el que hay un altar para "el diez", mientras Soledad se sacaba una foto, se corrió la voz de que había una Maradona a los pies del altar. "Cuando el dueño del negocio vio mi pasaporte le avisó a los que estaba tomando en el bar". Todas las miradas para alguien que se llama como su Dios..

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